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Este cuento narra la historia de una aldea.
Era un pueblo entre tantos, no tenía nada en especial.
Se situaba en la ladera de una montaña, y sus habitantes
vivían del bosque. Cazaban sus animales, pescaban
en el lago pero, sobretodo, recogían la leña,
ya que tenían una antiquísima tradición
carpintera. Esta tradición se remontaba más
allá de la Edad Media, y estaban realmente orgullosos
de ella. No era para menos: hasta el mas torpe de los vecinos
era todo un experto tallista. Incluso los niños más
pequeños aprendían, ya en la escuela, a trabajar
la madera, con la que fabricaban sus propios juguetes.
Si bien he dicho que era una aldea sencilla,
sin nada en especial, no se puede decir lo mismo de su Navidad,
a la que daban mucha importancia. Cada año, las aldeanas
escribían una historia navideña, normalmente
basada en las antiguas leyendas que se iban transmitiendo
de forma oral (porque los habitantes de esa aldea todavía
tenían tiempo de cantar y escuchar historias).
Estos cuentos eran luego recitados y representados
el día de Navidad; y muchos vecinos de otros pueblos
o de la ciudad acudían a escucharlos. También
iba mucha gente a comprar las figuras de Belén que
los aldeanos tallaban, que eran auténticas obras
de arte.
De esta manera, se habían ganado
la vida desde mucho tiempo atrás. Nunca tuvieron
grandes riquezas, pero no les hacían falta. Tenían
lo necesario para vivir, y la mayor fortuna de todas: la
felicidad.
Pero, poco a poco, la situación
empezó a cambiar. Cada vez iba menos gente a escuchar
sus historias y comprar sus figuras. El restaurante, el
hostal y varias carpinterías tuvieron que cerrar.
Mucha gente se quedó sin trabajo; y los que aún
tenían, se veían con serios problemas para
mantenerlo.
Alarmados deciden ir ellos a la ciudad,
a ver que sucedía; y enviaron a un grupo de personas.
Regresaron a los pocos días muy abatidos, la gente
ya no estaba interesada en historias, ahora tenía
la televisión, que la podían ver sin moverse
de casa. Y las figuras de Belén ya no estaban de
moda. Lo que ahora se llevaba eran unos abetos, que la gente
colocaba en sus casas y los adornaba; y que, cuando acababa
la Navidad, los tiraban.
Estas extrañas costumbres sorprendieron
muchos a los aldeanos. No comprendían porque había
vuelto la costumbre de decorar el árbol; que venía
de un rito muy antiguo pero que no tenía nada que
ver con la Navidad, sino con la llegada del invierno. Pero
esta nueva costumbre les favorecía: ya podían
tener una nueva ocupación. Árboles había
muchos en el bosque, no pasaría nada porque talaran
unos cuantos.
El negocio de los árboles de Navidad
fue todo un existo. Los leñadores ganaban tanto dinero
que los aldeanos abandonaron sus profesiones para vender
árboles. También les iba que no se dieron
cuenta de que el bosque había comenzado a desaparecer.
En pocos años, donde antes había un bosque
inmenso ahora solo quedaban unos cuantos matorrales, y poco
más.
Los aldeanos ya no tenían nada que
hacer. Sin el bosque, no tenían árboles para
vender, ni madera para tallar, ni animales para cazar. En
el pueblo ya no podían vivir. Tuvieron que abandonar
sus casas e irse a vivir a la ciudad. Crearon un nuevo barrio
a las afuera que era, probablemente, el más pobre
de todos. Alguno de ellos encontraron trabajo, e intentaron
ayudar a los demás. Pero lo más admirable
de estas personas es que no han dejado, en ningún
momento, de ser felices.
No han perdido la ilusión e intentan como pueden
mejorar su situación. Todavía escriben sus
historias y siguen recitándolas. Cada vez más
personas van a escucharlas, tal vez algún día
vayan tantas como antes.
Este cuento bien podría ser una
de estas historias. Espero que les haya gustado.
CRISTINA MORO MURCIEGO 4º
E S O – B
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