Colaboraciones: César Gavela: "LA CIUDAD DE LA MEMORIA"


      Colegio Diocesano San Ignacio

LA CIUDAD DE LA MEMORIA

Hace ahora treinta y un años actué por primera y última vez al aire libre ante el público de Ponferrada. La última vez hasta hoy, hasta esta noche. Fue delante del castillo, también durante las fiestas de la Encina. Se representó allí una función basada en la novela El Señor de Bembibre, y a mí me tocó ser el conde de Lemos. Mi madre me hizo para la ocasión una túnica negra de tela brillante cubierta por una capa roja, y con aquel atuendo actué, y morí.


Poco después de aquella muerte, de aquel teatro y de aquellas fiestas, me fui de la ciudad. Viví en otras tierras, conocí otras personas, otros acentos, otros climas. Pero creo que nunca dejé de ser un niño de Ponferrada, y sospecho que por ello esta noche estoy aquí, delante de ustedes, muy agradecido al señor Alcalde y a los demás miembros de la corporación municipal. Para decirles que soy un ponferradino que procede de un hogar formado pos un viajante de comercio del barrio de la Puebla que era muy bondadoso y muy lector, muy amigo de recorrer aldeas y ciudades; y por una mujer que vino de Asturias y que tuvo cinco hijos bercianos. Una mujer que nos decía muchas veces que la vida era tan hermosa como triste, y del todo insoportable sin la amistad, sin el sentido del humor, sin la generosidad, sin el amor a las raíces. También sin la cercanía de la naturaleza y del arte.


Hace muchos años que vivo lejos, junto al Mediterráneo. Pero siempre esté conmigo la ciudad de Ponferrada. No es una nostalgia lo que siento, en absoluto. Se trata de una presencia íntima, antigua y silenciosa. Por eso nunca eché de menos la ciudad. Ponferrada, sencillamente, está conmigo. Nunca me falló ni nuca yo, tampoco, la abandoné. Y me basta con cerrar los ojos para regresar a la ciudad donde nací, donde hice amigos que lo siguen siendo, donde conocí los libros y los periódicos, la nieve y el agua, la vida y el tiempo. La ciudad donde quise ser misionero y futbolista, viajero y narrador. La ciudad donde fui un modesto conspirador que redactaba panfletos que luego imprimíamos en el sótano de un colegio de monjas de Flores del Sil. La ciudad desde la que exploré el Bierzo, tierra que recorrí tantas veces, sin cansarme nunca. La ciudad donde publiqué mi primer artículo; la que humildemente mora en mis libros. La ciudad que me hizo seguidor irreductible de la Deportiva.


Siempre me he llevado bien con Ponferrada, nos entendemos. Tal vez por ello la ciudad fue revelando poco a poco su memoria. Y yo quería hoy, en este pregón, hablar de eso. Les propongo que la memoria de Ponferrada sea nuestra complicidad aquí, ahora. De una Ponferrada que es muchas ciudades a la vez.
¿Cuál fue la primera de todas? Tal vez un castro celta situado en la loma donde luego se levantó el castillo. Un castro cuyas ruinas pudo contemplar alguna vez San Genadio, camino de Peñalba. O quizá la primera Ponferrada fue el poblado jacobeo que fundó el obispo Osmundo cuando mandó construir el puente de hierro, o el puente de piedra con barandas de hierro que dio nombre a la ciudad. ¿Quién sería aquel Osmundo? No lo sabemos, pero sí sentimos que no debe andar muy lejos de aquí. Es más, yo creo que si ahora fuéramos a la calle del Rañadero, por allí sorprenderíamos a Osmundo, con su bácula y con su fé, a punto de esconderse detrás de una puerta, muy cerca de la casa donde vive el pintor Andrés Vitoria.


También está aquí la Ponferrada de os templarios, aquellos hombres enigmáticos que incorporaron nuestra ciudad a la literatura fantástica. Y después de los templarios, y de los primeros peregrinos a Compostela, viene la Ponferrada renacentista, la patria de Álvaro de Mendaña, descubridor en el Pacífico, y tras ella el tiempo barroco de la basílica de la Encina y de esta casa Consistorial, que dio paso al siglo XVIII, con sus hidalgos y sus clérigos ilustrados; la ciudad que visitó Jovellanos.


Todas esas Ponferradas están aquí, unidas a la real, a la que ahora vivimos. Confluyendo en este día cuatro de septiembre del 2003, cuando comienzan las fiestas de la Encina. Todas las ciudades atentas, dentro de nosotros. Ciudades que están aquí porque las imaginamos entre todos. Porque es fácil hacerlo así, ahora que somos muchos y que esperamos el inicio de las fiestas. Porque respetando la memoria de Ponferrada somos fieles a nosotros mismos, honramos a nuestra sociedad. Recordamos a tantos vecinos que pasaron, e incluso intuimos a los que vendrán. Estamos en medio de un río de personas y de anhelos, de sonidos y de sombras. Estamos en el porvenir a cada segundo y el futuro más cercano son las fiestas, el ruido, la alegría, el fuego, la trasgresión y la noche.


Pero volvamos de nuevo a la historia. Para recordar que entre nosotros permanece, muy particularmente, la ciudad romántica de Enrique Gil y Carrasco, ese gran villafranquino que vivió en Ponferrada, en esta plaza. Aquí mismo, a la derecha de ustedes en una casa que todavía existe. Detrás de esas ventanas soñó y escribió Enrique Gil y Carrasco. Por esta plaza tuvo amores y tuvo penas. Y desde esa casa se marchó: a Valladolid primero, a Madrid después y por último, joven aventurero y ambicioso, a Berlín, viajando en los primitivos trenes de Centroeuropa. Y en Berlín murió el berciano más querido. Murió solo y pálido, llena su memoria del Bierzo y de Ponferrada. Y parece como si nosotros, ahora, entráramos en aquella memoria suya de la ciudad. Le contáramos que estamos aquí, delante de su casa.


Después de Enrique Gil y Carrasco vino la Ponferrada de los alcaldes ilustrados que hicieron posible el bello parque del Plantío, el instituto de segunda enseñanza, el teatro, que tanta pasión despertó en los ciudadanos, y el ferrocarril que nos puso definitivamente en el mapa; que nos salvó de ser una pequeña villa comarcal. Ponferrada le debe mucho a don isidro rueda y a sus contemporáneos. Don Isidro Rueda, que también se asomaba a este balcón.


Y llegó el siglo XX, con la fiebre del carbón y del hierro, con aquel don Julio Lazúrtegui que quiso inventar una Vizcaya en las orillas del Sil, lo que en buena medida se logró. La Ponferrada de los mineros, del primer ensanche de la Puebla, del tren de Villablino. Ponferrada ruidosa, ciudad a dos velocidades: lenta en la zona altea, donde vivían los vinateros y los mercaderes, los hidalgos y los burócratas, y veloz en la zona baja, llana y desaforada, con sus campos de piedras, sus talleres y fraguas, sus barrios modestos, su bravura y se desarraigo.


También está aquí la ciudad de la República, con sus esperanzas rotas. La ciudad, luego, de la guerra con su terrible batalla de Ponferrada, donde tantas personas murieron. Y la oscura ciudad de la postguerra, avasallada por los vencedores. Ponferrada triste de la victoria, también la ciudad donde los guerrilleros del maquis tenían amigos y aliados que se jugaban por ellos heroicamente la vida.


Y así arribamos a la Ponferrada de uno, la que yo viví en la infancia, la que más perdura. La ciudad del Dólar, que tenía un encanto áspero y de frontera. Ciudad que era un reino de las locomotoras de vapor; de los vagones del Far West; de las fondas de paso; de los almacenes de coloniales; de los prostíbulos apartados; de las mercerías donde se cogían puntos a las medias; de las mujeres humildes que ofrecían mantelerías por las casas; de otras mujeres que forraban botones; de las que vendía arena del río. Ponferrada de las escuelas tumultuosas; de los caballos atados en las anillas de la tiendas del ultramarinos; de los mineros heridos que traían al hospital. La ciudad de los paseos con mi abuelo por Compostilla y la Fuente del Azufre. La ciudad del río Sil desbordado en un diluvio de invierno. La ciudad de las Huertas del Sacramento con sus infinitos senderos bajo los chopos donde me gustaba perderme a solas para cultivar, sin saberlo, la extrañeza y la liberta. Ponferrada de las niñas que nos enseñaban las bragas bajo las mimosas del poblado de la Minero; la ciudad de las bicicletas que circulaban sobre la grava blanca del camino Negro. Ponferrada de los niños que iban a buscar fósiles en las laderas de la montaña de carbón; de los adolescentes que espiaban a las parejas en los bosques limítrofes. La ciudad de los huertos rodeados con empalizadas blancas; la ciudad de las sirenas nocturnas de los trenes expresos que iban o venían de la orilla del Atlántico. Ponferrada de los empresarios vertiginosos y de los sindicalistas perseguidos; la ciudad de los ingenieros de postín que tomaban gambas a la gabardina en los bares de la avenida de España. Ponferrada de las oficinas bancarias, del modesto prestigio de la contabilidad. Ponferrada de mi abuela, que nos enseñó ese complejo arte que consiste en saber disfrutar de la melancolía el Campo de la Cruz, donde entonces estaba el real de la feria. Camiones nuevos, largos, venían de Viena. Eran los camiones de un circo. Aparcaron por aquí cerca, y llevaban en sus vientres de madrea y metal todo lo que nosotros ansiábamos, lo que iba a convertir nuestras vidas en un sueño del que no querríamos salir: los payasos, los trapecistas, las mujeres hermosas, los hombres atléticos, los magos, los equilibristas, los tragasables, los domadores, al fondo los leones, los tigres, las panteras, los fabulosos elefantes. Esos camiones no se fueron del todo. Continúan llegando, tan blancos, recortados sobre la ciudad. En las fiestas y en los demás días. Porque ahora vuelven en los libros, en la palabra, en la memoria.


Este viaje por el tiempo, este homenaje de todos a la ciudad del pasado, llega ahora a la Ponferrada de hoy, tan desarrollada y moderna, pero que no pierde su identidad principal, la que le aportó el siglo XX: ser una ciudad hija de muchas sangres. Urbe construida por los bercianos, pero también por los gallegos, los cabreireses, los asturianos, los andaluces, los vascos, los castellanos, los extrememos, los demás leoneses. Ciudad que ahora, también, construyen los inmigrantes extranjeros. Ciudad mestiza, que es un privilegio. Ciudad de ciudadanos porque aquí no vine ninguna tribu que vigila la pureza de su sangre. Ciudad libre porque aquí no hay esencia inmaculada y violenta. Somos gozosamente impuros. Pura sociedad impura y democrática.


Yo quería pedirles que no olvidaran nunca esta ciudad, su pasado; la Ponferrada que les tocó vivir. Que cultiven la memoria, que es donde la imaginación mejor florece, y donde tan profundamente somos nosotros mismos. Donde la vida se ordena, aunque ese orden sea precario. No digo que tengamos que vivir hacia el pasado. Sería ridículo y además imposible. Lo que digo es que no debemos olvidar de dónde venimos.


Y ahora que empiecen las fiestas. Que nazca esa que dentro de muchos años se convertirá en memoria. Memoria de cada uno de nosotros, memora de la ciudad, que todo lo guarda. Que empiecen las fiestas; donde el tiempo se para. Porque necesitamos salir de la vida real, tan incómoda a veces, tan exigente, tan rutinaria, para alcanzar ese tiempo solar de la fiesta. Un tiempo que se parece al del amor y al del arte. Porque también el amor y el arte, que siempre han de acompañarnos, son capaces de detener el tiempo. Y los hombres y las mujeres necesitamos detener el tiempo. Volvernos niños. Niños que se van de fiesta.

  Autor: César Gavela

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