Colaboraciones    Profesores: José Luis Castro Pérez


Colegio Diocesano San Ignacio

 

 

 EL DOMINGO

Día del Señor

Pascua semanal

Núcleo del Año Litúrgico

Fiesta primordial de los cristianos

ÍNDICE:            

Introducción

Redescubrir y revitalizar el domingo como día consagrado a la alabanza del Señor y al compartir festivamente en la fe y la solidaridad con los hermanos es una de las preocupaciones pastorales en las que con más ahínco viene insistiendo el magisterio la Iglesia en los últimos años. El programa pastoral para los primeros años del nuevo milenio, expresado en la Carta Apostólica de SS.Juan Pablo II Novo Millennio Ineunte es la más reciente alusión que se refiere directamente a este objetivo:

       El mayor empeño se ha de poner, pues, en la liturgia... dando un realce particular a la eucaristía dominical y al domingo mismo, sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana (Dies Domini 20)... el milenio que está comenzando... permanecerá firmemente en las manos de Cristo... y precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada generación «lo que constituye el eje central de la historia...». (Dies Domini 2)

      ... La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los cristianos como familia de Dios en torno a la mesa de la Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más natural contra la dispersión. Es lugar privilegiado donde la comunión es anunciada y cultivada... A través de la participación eucarística el día del Señor se convierte también en el día de la Iglesia (Dies Domini 35), que puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento de unidad[1].

Pero el punto de arranque de esta solicitud pastoral por el domingo y de las investigaciones y reflexiones que numerosos estudiosos en todo el mundo han dedicado al día de Señor hay que situarlo en el Concilio Vaticano II. Cierto es que el domingo tiene muchas implicaciones antropológicas, sociales y pastorales. Pero lo que más lo caracteriza y le confiere una verdadera impronta sacramental es su dimensión teológico-litúrgica que le reviste de un carácter pascual y actualizador del Misterio salvador de Jesucristo. Por eso el Concilio reflexiona sobre el mismo en su Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, dentro del capítulo que dedica al Año Litúrgico, del cual considera al domingo fundamento y núcleo.

El número 106 de esta Constitución conciliar puede ser en verdad considerada el punto de partida y referencia ineludible de los modernos estudios y exhortaciones sobre el domingo cristiano. Dice así: 

La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón «día del Señor» o domingo. En este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía, recuerden la Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den gracias a Dios, que los "hizo renacer a la viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos" (1Pe., 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.

La reflexión sobre el domingo, en particular, participa desde entonces del proceder moderno de la reflexión teológico-litúrgica, en general: retorno a las fuentes, interdisciplinariedad teológica, consideración celebrativa  y consecuencias pastorales.

El domingo, según todo esto, se presenta hoy a nuestros ojos con el rostro que lo contemplaron las primeras comunidades cristianas. Es el día de Señor, la Pascua semanal que tiene su origen en la Resurrección de Cristo y en la praxis de la comunidad cristiana naciente. Es el día de la Eucaristía y de la comunidad que celebra el memorial del Misterio Pascual de Cristo reunida en asamblea litúrgica. Es el día del descanso y de la fiesta que permite al creyente dedicar su tiempo y su oración a Dios y a los hermanos.

Esta es también la contemplación que hace del domingo cristiano la Carta Apostólica Dies Domini[2], verdadero documento síntesis de los estudios y reflexiones postconciliares sobre el tema, donde, tras recorrer pormenorizadamente los diversos aspectos del mismo, Juan Pablo II concluye:

Grande es ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo, tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo, considerando globalmente sus significados y sus implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué la observancia del día del Señor signifique tanto para la Iglesia y sea una verdadera y precisa obligación dentro de la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita profundamente en la existencia cristiana. Es de importancia capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea eucarística dominical...[3]

 Os exhorto, pues, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio a actuar incansablemente, junto con los fieles, para que el valor de este día sacro sea reconocido y vivido cada vez mejor. Esto producirá sus frutos en las comunidades cristianas y ejercerá benéficos influjos en toda la sociedad civil.[4]

En nuestro acercamiento al domingo procederemos abordando la triple perspectiva que configura la totalidad del mismo: historia, teología y pastoral. En todas ellas, como no puede ser de otro modo, la connotación litúrgico-celebrativa que lo caracteriza estará siempre muy presente. Finalizaremos aludiendo a una forma celebrativa dominical de plena actualidad: las Asambleas dominicales y festivas en ausencia del presbítero.

 

I. El Domingo, Día del Señor

Origen y desarrollo histórico del domingo cristiano

                                   La celebración del misterio pascual está en el centro de la memoria que la Iglesia hace de su Señor en las festividades del año litúrgico. Esta memoria se celebra desde el principio semanalmente en el día llamado domingo.

            Las raíces más hondas que sustentan y nutren de contenido el domingo cristiano son bíblicas y las encontramos en los relatos evangélicos sobre las apariciones del Resucitado (Mt 28,1; Mc 16,2; Lc 24,1 y Jn 20,1.19) que mencionan tales acontecimientos como acaecidos “el primer día de la semana” o “a los ocho días” (Jn 20,26) y que son una referencia dominical clara, si bien todavía en un plano no cultual. Además en algunos de estos relatos la aparición se prolonga en el marco de una comida del Resucitado con sus discípulos (Mc 16,14; Hch 1,4 y 10,41). En el caso de los discípulos de Emaús, el encuentro de Jesús se produce “aquel mismo día” de la Resurrección (Lc 24,13) y tras referirle ellos los acontecimientos de la muerte en cruz y del sepulcro vacío (Cf. Lc 24,20-24) reciben una explicación del Maestro de las Escrituras (Cf. Lc 24,25-27) antes de compartir juntos una comida (Cf. Lc 24,29-31).

            Sin embargo, los testimonios más antiguos acerca de la existencia del domingo, como día específico de culto cristiano, los encontramos en tres pasajes del Nuevo Testamento[5]:

·        1Cor 16, 2: es el texto más antiguo aunque lo que nos refiere no se trata probablemente de una reunión litúrgica sino sólo de una colecta privada en casa. El versículo dice:

Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas cuando llegue yo.

·        Hch 20, 7-11: este texto sí que nos narra una celebración estrictamente cultual, pues se refiere a una reunión en una casa privada con la proclamación de la Palabra y la celebración eucarística. El pasaje dice así:

El primer día de la semana, estando nosotros reunidos para la fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día  siguiente, conversaba con ellos y alargó la charla hasta la media noche. Había abundantes lámparas en la estancia superior donde estábamos reunidos. Un joven, llamado Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un profundo sueño le iba dominando a medida  que Pablo alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del piso tercero abajo. Lo levantaron ya cadáver. Bajó Pablo, se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: «No os inquietéis, pues su alma está en él.» Subió luego; partió el pan y comió; después platicó largo tiempo, hasta el amanecer. Entonces se marchó.

·        Ap 1, 9-10: La importancia de este texto radica en el hecho de ser el único pasaje del Nuevo Testamento en el que el primer día de la semana es llamado “día del Señor” (en griego hemera kyriaké), expresión de la que resultará más adelante en nombre cristiano de domingo (en latín dominica dies). El adjetivo kyriakós hace referencia al Kyrios o Señor Resucitado, exaltado como Mesías e Hijo de Dios. El texto dice así:

         Yo, Juan,… me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, que decía: «Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias...

            Llegados a este punto conviene decir algo acerca de la relación entre el sábado judío y el domingo cristiano, pues se declara fundamental para entender los orígenes y primera evolución del día cultual de los cristianos[6].

Para los primeros cristianos provenientes del judaísmo no fue un problema conciliar la práctica del primero (Hch 13,14. 44; 17,2; 18,4) con el segundo, porque el domingo nace, según hemos visto, como día de culto y no es contemplado primigeniamente como día de reposo, característica ésta más propia del Sabaht judío. Será en las comunidades provenientes de la gentilidad donde se producirá con más rotundidad el abandono del sábado para observar un cumplimiento exclusivo del domingo, tanto como día de culto como de descanso de los trabajos para poder reunirse. Esta práctica con el tiempo influirá mucho en los judeocristianos. La idea teológica que sustenta el cambio es que Cristo “Señor del sábado” (Mc 2,28) cumple las expectativas mesiánicas y escatológicas que expresaba la celebración del sábado judío y las sublima con su Resurrección, por lo que es necesaria una celebración nueva que supere los tiempos mesiánicos e introduzca a los creyentes en los nuevos tiempos escatológicos inaugurados con la Muerte y Resurrección de Cristo..

En la primitiva tradición patrística correspondiente a Siria, Asia Menor, África del Norte, Alejandría y Roma[7] emerge durante los tres primeros siglos un cuadro variado y rico respecto a la celebración y significado del domingo en las primeras comunidades cristianas[8]:

Es el día en el que se reúne la asamblea cristiana (Ignacio, Justino, Tertuliano).

Para que esta asamblea pueda reunirse, es un día que tiene al menos un poco de tiempo libre (Tertuliano, Didascalia).

Es un día para conmemorar el primer día de la creación (Justino, Clemente) y el primer día de la nueva creación, es decir la Resurrección de Cristo (Pseudo –Bernabé, Justino, Tertuliano, Cipriano, Orígenes). También en algún caso se alude a la conmemoración el día de Pentecostés (Tradición Apostólica).

Es un día para la iniciación cristiana (Justino, Clemente, Tradición Apostólica).

Es un día para escuchar la Palabra de Dios (Justino, Orígenes, Didascalia) y para celebrar la Eucaristía (Didajé, Justino, Plinio, Tradición Apostólica, Orígenes, Didascalia).

Es un día para la ordenación episcopal (Tradición Apostólica).

Es un día para la reconciliación (Didajé, Didascalia).

La consecuencia de todo ello es que el domingo es un día de alegría para el fiel cristiano (Pseudo-Bernabé, Tertuliano, Didascalia).

            Tanto de los textos bíblicos como de los testimonios de la primitiva tradición cristiana podemos deducir que los elementos más específicos, más característicos y repetidos de la naciente fiesta del domingo son:

La celebración memorial de la Pascua.

 • La celebración vespertina de la Eucaristía como acontecimiento actualizador de la Pascua.

La lectura de la Palabra de Dios.

La reunión de toda la comunidad cristiana.

            Pero hay otros elementos que con el paso del tiempo se fueron introduciendo en la práctica dominical. Algunos como la praxis de la vigilia dominical (oficio dominical con salmos y oraciones como, por ejemplo, el de Jerusalén que nos narra Egeria[9]) o la asamblea eucarística matutina junto a la oración de vísperas por la tarde (impronta característica del las celebraciones del domingo en las liturgias de Oriente y Occidente a partir de los siglos III-IV) se integraron sin muchos problemas en la celebración secular del día del Señor. Otros, como el descanso dominical[10] y la obligación de asistir a Misa, siguen siendo cuestiones con problemática pastoral de gran actualidad. A estos últimos nos referiremos ofreciendo un pequeño bosquejo histórico.

·        El descanso dominical

            Al comienzo del cristianismo el problema del descanso dominical sencillamente no existe. En el Imperio romano el domingo o dies solis (día del sol) era un día laborable para todos (judíos, griegos y romanos). El comienzo del descanso dominical, es decir, un día en el que se suspendían los trabajos y negocios no urgentes, es una ley que no procede de la autoridad religiosa sino de la autoridad civil[11], en la época de la paz constantiniana (hacia el 321). Cuando el cristianismo pasa a ser declarada y consolidarse religión oficial del Imperio (hacia el 392) al descanso dominical se le otorgará también un valor religioso como día de culto.

            La decisión imperial fue, lógicamente, muy bien recibida por los cristianos que vieron en ella una oportunidad para depositar en este día exento de trabajos las crecientes necesidades del culto por el aumento a ritmo intenso de la conversiones. Será, pues, a partir del siglo IV cuando se produzcan por los Santos Padres y los Concilios llamamientos y preceptos a la santificación del domingo con el descanso, además de con el culto, y cuando se siente la necesidad de crear una teología del descanso dominical, atribuyendo al domingo la espiritualidad del sábado madurada en los primeros tiempos cristianos.        

            En la Edad Media, con una mentalidad todavía reflejo de la Antigua, se distinguirán entre trabajos serviles y liberales para aquilatar la obligación del precepto y se completa la trasposición legalista del sábado al domingo. Moralistas y canonistas estudiarán las condiciones mínimas para cumplir el precepto, desgraciadamente sin ninguna alusión al día del Señor, sino sólo al tercer mandamiento del decálogo, contribuyendo así a hacer que se olvide el sentido original pascual, eclesial y eucarístico del domingo y del descanso que le acompaña.

            Esta línea juridicista-moralista se mantendrá prácticamente hasta el Concilio Vaticano II, pues también el Código de Derecho Canónico de 1917 se expresa en semejantes términos. El CIC actual de 1983 ya no distingue entre trabajos serviles y liberales, como hacía el anterior, y, aunque trata la cuestión del descanso dominical relacionándola con la obligatoriedad del precepto de la Misa, lo centra en los motivos teológicos fundamentales, anticipados someramente en la Constitución conciliar sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (1963)[12], y que son: encontrar el tiempo material para participar en la Eucaristía y favorecer con ello su condición de día del Señor, celebrado desde la alegría, tributando sin que otras cosas lo impidan el debido culto a Dios. El canon 1247 que trata este asunto dice así:

El domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa; y se abstendrán además de aquellos trabajos y  actividades que impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del día del  Señor, o disfrutar del debido descanso de la mente y del cuerpo.

            El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) remarca estas ideas y añade la idea de la plenitud del domingo cristiano sobre el sábado judío y la perspectiva escatológica del descanso. El número 2175 lo expresa así:

El domingo se distingue expresamente del sábado, al que sucede cronológicamente cada semana, y cuya prescripción litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba algún rasgo relativo a Cristo.

El Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica sobre la santificación del domingo Dies Domini (1998), documento de referencia más reciente sobre el tema, trata la cuestión del descanso dominical situándola en el Capítulo IV titulado: «Dies hominis. El domingo es día de alegría, descanso y solidaridad», poniendo así de relieve su perspectiva antropológica. El Papa destaca la necesidad individual y social de la alternancia entre trabajo y descanso, imitación de la acción de Dios en la obra creadora en la que el hombre es colaborador[13]. También alude al valor espiritual del descanso y las posibilidades que ofrece de enriquecimiento espiritual, mayor libertad, contemplación y comunión fraterna[14].

·        El precepto dominical

La costumbre de reunirse en asamblea eucarística el día del Señor ya hemos visto que es una costumbre que se remonta a los tiempos de la Iglesia naciente. El domingo se posiciona rápidamente como día de culto y hasta el siglo IV se encuentran diversos llamamientos a no dejar de celebrar la Eucaristía en este día[15].

Esta recomendación empieza a tomar cuerpo normativo a partir del siglo IV en algunos sínodos provinciales, como por ejemplo el concilio de Elvira (306-313), aunque con bastante margen de tolerancia[16].

Como en el caso del descanso dominical a partir del siglo VI la legislación sobre el tema del precepto se hace mucho más concreta[17]. Numerosos concilios locales e incluso decretos imperiales, como el de Carlomagno, establecen jurídicamente la obligación de asistir a la Misa dominical para todos los fieles[18]. Estas leyes locales irán adquiriendo progresivo reconocimiento para toda la Iglesia universal, no sin ciertas dificultades, durante la Edad Media[19].

Pero la posibilidad de que la autoridad eclesiástica pudiera dispensar a algunos de tal obligación y el distanciamiento evidente entre jerarquía y pueblo, entre el cura que “dice” la Misa” y el fiel que la “escucha” o simplemente “asiste” a ella, convierten poco a poco el precepto dominical en algo individual cada vez más desconectado de la vida comunitaria y del sustrato teológico que originalmente motivaba la asamblea eucarística del domingo, que era la celebración de la Resurrección del Señor.

En el siglo XV los teólogos empiezan a presentar la asistencia la Misa dominical como un precepto que obliga bajo pena de pecado mortal. Esta obligación individual, que hasta entonces los fieles debían cumplir en la propia parroquia, la oficializa el Papa León X en el siglo XVI como norma a seguir por todos los fieles de la Iglesia, aunque desde ahora podrán ya cumplirla en cualquier parroquia[20].

El CIC de 1917 refrenda esta norma en su canon 1248 y el actual CIC de 1983 habla, como ya vimos, en el canon 1247 de “la obligación de participar en la Misa el domingo y los demás días festivos de precepto”. La Constitución Sacrosanctum Concilium recupera como razonamiento el sentido pascual de la celebración dominical y por eso en este día, dice, “los fieles deben reunirse”[21]. El Catecismo de la Iglesia Católica confirma la obligación del precepto, señala las condiciones para su dispensa y reitera su incumplimiento injustificado como falta grave. Lo vemos en el n. 2181:

La Eucaristía del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana. Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o dispensados por su pastor propio. Los que deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave.

  La justificación al precepto que da el Catecismo la expone así en el n. 2182:

La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el Espíritu Santo.

La Carta Apostólica Dies Domini trata la cuestión el Capítulo IV titulado «Dies Ecclesiae. La asamblea eucarística, centro del domingo», resaltando su dimensión eclesial. Lo justifica apoyándose en el carácter originario del domingo como día para la reunión de la comunidad en asamblea eucarística[22], en la importancia que el domingo tiene para la vida cristiana para celebrar y renovar el recuerdo actualizado del Misterio Pascual y  como celebración distintiva de los cristianos que ofrece la oportunidad de dar testimonio de su fe en un ambiente secularizado[23].

·        Conclusiones respecto a la consideración histórica del domingo:

  – Confrontando los textos neotestamentarios que nos dan referencias cultuales del domingo con los primeros textos patrísticos al respecto, tenemos elementos suficientemente fundados, aunque no del todo seguros, para establecer el origen apostólico del domingo como día de culto.

         – El domingo nace en el clima eucarístico y espiritual (pneumático y escatológico) de las manifestaciones del Resucitado en Jerusalén y de ahí se va extendiendo a las nacientes comunidades cristianas, como, por ejemplo, las paulinas. Esto nos indica su profunda conexión con los acontecimientos salvíficos más decisivos de vida de Jesús,. Se puede decir, por tanto, que el origen del domingo como día de culto está estrechamente vinculado, como la Eucaristía o el Sacerdocio, al núcleo mismo de la fe cristiana, el Misterio Pascual de Cristo con estrechísima proximidad histórica y teológica.

          – Con el paso del tiempo, en las comunidades del cristianismo primitivo de los diferentes lugares los nombres que designan al domingo –con rico sustrato teológico– y las actividades cultuales que en él se realizan –sobre todo sacramentales– , se diversifican mucho enriqueciendo el significado teológico y litúrgico de este día, convirtiéndose para la vivencia de la fe y actividad secular de los cristianos en una referencia temporal, teológica y celebrativa de primera magnitud que ha llegado hasta nuestros días.

          – El domingo, como día de culto al Señor y de descanso semanal, según todo lo anterior, está sólidamente enraizado en la Escritura y en la Tradición, erigiéndose como una celebración específicamente cristiana que se desmarca del Sabath judío y llena de contenido de fe el día del sol pagano. Es, pues, una fiesta semanal que identifica a los cristianos y su culto frente a otros usos y creencias.

           – La Iglesia a lo largo de los siglos ha mantenido con fidelidad más o menos explícita los elementos originarios y tradicionales de la praxis dominical, que son: la memoria de la Pascua de Cristo, la celebración de la Eucaristía, la lectura de la Palabra de Dios y la reunión de toda la comunidad cristiana. En base a ellos, para garantizar su específica identidad cristiana y su debido cumplimiento, ha ido estableciendo normas que regularan la adhesión individual y comunitaria de los fieles a los mismos y así pudieran manifestaran externamente un testimonio cristiano ante el mundo.

 

2. El Domingo, Pascua Semanal

Teología del domingo y su dimensión sacramental

            El domingo es el núcleo primitivo de todo el año litúrgico. La tradición de la Iglesia lo ha ido llenando de múltiples significados teológicos que hacen que en cada domingo del año puedan destacarse matices diferentes, que a su vez forman todos juntos el rostro distintivo de un día muy especial y significativo para los que profesan la fe cristiana.

El domingo es ante todo una fiesta, y una fiesta cristiana, que nace como tal al mismo tiempo que el propio cristianismo y éste lo ha ido colmando de referencias divino-humanas que lo convierten en un verdadero sacramento de la salvación que Dios ofrece a los hombres. Esta salvación nos es ofrecida en Cristo Jesús, verdadero origen y centro de la fiesta dominical, que con su muerte y Resurrección (su Misterio Pascual)[24] y el don de su Espíritu Santo inaugura un nuevo tiempo para la humanidad (el tiempo de la gracia y la alegría), un nuevo pueblo (la Iglesia), una nueva alianza (significada en la Eucaristía) [25].

El domingo resume en sí toda la economía salvífica pasada, presente y futura[26]. Su celebración es

Memoria del pasado, pues es punto de llegada de la economía veterotestamentaria que recuerda la primera creación, la antigua alianza de Dios con su pueblo y la nueva alianza inaugurada en Cristo.

Actualización del presente: el domingo se presenta, ante todo, como una anámnesis del “Kyrios”, el día de la presencia actual y actuante del Misterio Pascual de Cristo por el que Padre a través del Espíritu renueva y otorga la salvación en la Iglesia.

 – Profecía del futuro: el domingo tiene una clara dimensión escatológica, ya que anuncia y en cierto modo anticipa la vuelta gloriosa del Resucitado cuando venga a celebrar con los elegidos la pascua eterna. La liturgia terrena es siempre anticipo de la liturgia celestial de la Nueva Jerusalén, adonde nos dirigimos como peregrinos guiados por la fe[27] y a la cual esperamos llegar para celebrar allí “el domingo sin ocaso” en el que la humanidad entera contemplará el rostro de Dios y alabará por siempre su misericordia[28].

En la celebración del domingo confluyen todos los elementos citados que le erigen en el día más significativo e identificador de los cristianos, tal y como hemos visto que sucede desde los albores del cristianismo: en el día del Señor se reúne la comunidad cristiana en la alegría y el descanso para conmemorar y celebrar la Resurrección de Jesucristo con la Eucaristía.

Los nombres con los que desde los primeros siglos se ha ido designando al domingo ponen de relieve las diversas dimensiones del Misterio Pascual del cual el domingo hace memoria semanal. A través de un recorrido por los mismos podemos descubrir los diversos aspectos teológicos que llenan de razón de ser y contenido a este día[29] y que le dan un verdadero carácter sacramental, pues en él intervienen los tres protagonistas típicos de todo sacramento: Cristo, la Iglesia y el hombre.

Día de Cristo

·        Primer día después del sábado – Primer día de la semana

Es la denominación más antigua que se dio al domingo, con una clara conexión con la terminología judía. Aparte de su evocación al primer día de la creación, cuando Dios crea la luz (Cf. Gn 1,3-5) es, sobre todo, una clara referencia cristiana a la Resurrección de Jesucristo, que aconteció, tal y como nos relatan los evangelios, “el primer día después del sábado” (Cf. Mc 16,2 y paralelos). El paralelismo creación – nueva creación, luz –Resurrección es una constante de interpretación del domingo en los escritos de los Padres.

En conclusión, la expresión «primer día de la semana» referida el domingo pone de relieve el tema de la Pascua (semanal) como paso de las tinieblas a la luz en la creación del mundo, como paso de la muerte a la vida en la Resurrección de Jesucristo.

·        Día del Señor

La expresión «día del Señor» la encontramos, como vimos, en el libro del Apocalipsis (1,10). Tiene varios significados. Evoca el día en que actuó el Señor (Sal 117), el día de la manifestación del Señor para juzgar a los hombres (Is 2, 12), el día de la Pascua de Resurrección en la que Jesús se ha constituido como Señor de vivos y muertos (Kyrios) sentado a la derecha del Padre en la gloria celeste.

El día del Señor remite, por tanto, a Cristo glorificado, exaltado a la derecha del padre, Mesías e Hijo de Dios en el sentido que estas expresiones tienen para la fe cristiana. El domingo es el día que celebra al Señor como el único que puede salvar. No es sólo, según esto, un mero recuerdo de la Resurrección, sino el día en el que se hace presente el Resucitado y su gracia en medio de los suyos reunidos en su nombre mediante la Eucaristía, día en el que Cristo se nos da a nosotros más que nosotros a Él. De esta concepción surgiría, por ejemplo, la prohibición de ayunar y orar de rodillas en el domingo, pues el ayuno y la genuflexión se entendían como signos de la ausencia del Señor.

·        Octavo día

Se trata de una expresión que parece fundarse en el Nuevo Testamento, pues puede derivarse del relato de la apariciones del Resucitado en Jn 20, 26: “ocho días después estaban los discípulos...”. La literatura cristiana de los primeros siglos llama así al domingo en varias ocasiones.

Con este nombre se quiere subrayar su dimensión profética y escatológica, poniendo de relieve no sólo su condición de un recuerdo del pasado de la Resurrección de Cristo, sino el presente de la misma (Cristo resucitado presente entre los suyos) y el futuro como anuncio de la segunda venida del Señor y como prenda y anticipo de la vida eterna y de nuestra propia Resurrección.

·        Día de la Trinidad

Esta denominación es respecto a las anteriores bastante reciente, pues se empieza a utilizar a partir del siglo IX, porque en esta época figura en los libros litúrgicos de las oraciones para la Misa el formulario para la Misa de la Santísima Trinidad colocado siempre en domingo.

No cabe duda que el domingo es también el día de la Trinidad, porque la obra de la salvación es común a las tres personas divinas. Dios nos salva por medio de Cristo en el Espíritu. Todo viene del Padre por medio del Hijo encarnado, con la presencia en nosotros del Espíritu, el mismo Espíritu que “resucitó a Jesús de entre los muertos”[30]

Partiendo de los tres nombre principales que hemos visto antes referidos al domingo y recordando su significado, podemos advertir la dimensión trinitaria de la celebración dominical: el primer día de la semana recuerda la obra creadora de Dios Padre; el día del Señor ilumina la obra salvadora realizada por Cristo; el octavo día recuerda la renovación del Espíritu insuflado sobre los apóstoles.

Día de la Iglesia

·        Día de la Eucaristía

El domingo ha sido, desde la época apostólica, el día en el que la comunidad cristiana se reunía en asamblea litúrgica para celebrar la Eucaristía. Esta praxis, que la Iglesia ha querido y quiere a toda costa, tiene una motivación teológica: la razón de ser del domingo es celebrar la Pascua del Señor, su Resurrección gloriosa, centro de la nueva economía de la salvación, cuya memoria ininterrumpida desde el comienzo de la Iglesia se ha hecho en este día de la semana. Y esta memoria siempre se realiza celebrando la Eucaristía, por lo que «día del Señor» y «misterio eucarístico» son dos realidades inseparables en las que se produce una clara identidad teológica.

Por la Eucaristía, los cristianos se encuentran semana tras semana con el Resucitado, escuchan su Palabra y reciben de sus manos el pan de su Cuerpo para participar realmente de su misma vida y ser fieles testigos suyos entre los hombres[31].

La Eucaristía es algo fundamental para la vida cristiana. Su celebración en domingo pone aún más de manifiesto su estrechísima vinculación con el Misterio Pascual y especialmente con la Resurrección de Jesús. Renunciar a ella sería traicionar el propio designio salvífico de Dios, que quiso quedarse entre nosotros para conducirnos a Dios.

El precepto dominical, visto desde esta perspectiva, ayuda  todos los cristianos a no renunciar a este don maravilloso que Dios hace de sí mismo y a expresar con toda la comunidad la fe en la Resurrección de Cristo, sin la cual “vana sería nuestra fe”[32].

·        Día de la comunidad cristiana

La presencia del Cuerpo glorioso de Cristo en la Eucaristía dominical exige y reclama la presencia del Cuerpo Místico, es decir, la Iglesia unida a su Cabeza. Los dos Cuerpos, el eucarístico y el Místico, han “nacido” de la Pascua de Cristo y son, por ello, inseparables[33].

Por otra parte, la presencia eucarística del Resucitado para compartir con sus discípulos la mesa del Pan y de la Palabra, comporta una llamada a la que es preciso responder con la gratitud de la presencia.

El domingo, desde el comienzo de la Iglesia, ha sido el día de la asamblea litúrgica[34], el día en el que los salvados, dejando momentáneamente sus trabajos y quehaceres cotidianos, se reúnen en comunidad para compartir juntos su fe celebrando la Eucaristía y escuchando la Palabra.

Domingo y reunión comunitaria son también realidades inseparables, pues ambas actuando conjuntamente manifiestan visiblemente lo más central del cristianismo la fe en la Resurrección y son un testimonio semanal de los creyentes unidos y reunidos para un mundo tan secularizado e individualista como el nuestro.

·        Fiesta primordial de los cristianos y núcleo del año litúrgico

El domingo es la principal fiesta cristiana desde el punto de vista histórico y teológico.

  En efecto, hasta bien entrado el siglo II, lo que hoy llamamos año litúrgico no era otra cosa que la conmemoración semanal del domingo. Cuando a la pascua dominical se añadió la celebración solemne de la pascua anual, ésta no fue sino una derivación del domingo, pues celebraba el mismo misterio y contenía los mismos elementos celebrativos: la reunión de la comunidad, la Palabra de Dios y la Eucaristía[35].

Asimismo, los diferentes tiempos litúrgicos que con el tiempo se fueron añadiendo al año cristiano no son sino explicitaciones y desarrollos de la síntesis que encierra el domingo: el Misterio salvador de Cristo, cuyo núcleo es su Misterio Pascual, es decir, su Pasión, Muerte y Resurrección.

Desde el punto de vista teológico, el año litúrgico es un domingo continuamente actualizado, puesto que la Eucaristía, que es su elemento más característico, resume y contiene todos los méritos de la Redención[36].

El domingo es bien llamado, por tanto, «fiesta primordial»[37] de los cristianos, ya que por historia, identidad cristiana y contenidos de fe es un resumen perfecto de todas las fiestas que un cristiano pueda celebrar a lo largo del año y que, en su caso, tiene la virtud de la fidelidad de hacerse todas las semanas.

Esta primacía comporta que el domingo prevalezca sobre cualquier otra fiesta, aunque pueden existir razones pastorales muy graves que permitan excepciones.

Día del hombre

·        Día del descanso y la santificación

Ya hemos visto que el descanso no pertenece como tal a la esencia del domingo, puesto que éste fue un día laboral hasta los tiempos de la paz constantiniana. Pero es innegable que el descanso dominical crea un ambiente que favorece lo cultual y lo humano. Así el descanso beneficia a la comunidad y al individuo porque aprovecha para  :

            - la participación en la Eucaristía. alma del domingo cristiano.

            - la participación en otras acciones cultuales, caritativas y apostólicas,

            - la ayuda a reparar fuerzas físicas y psíquicas

            - el testimonio del señorío y la dignidad del hombre respecto al trabajo y al tiempo.

  - la atención a los valores espirituales para el propio enriquecimiento personal, dejando momentáneamente la preocupación y el enriquecimiento de las cosas temporales.

Desde el punto de vista teológico, el descanso es una consecuencia lógica de la participación del hombre en la vida de Dios. Si el trabajo es una participación en la obra creadora de Dios, el descanso es una participación en el reposo que Dios mismo se otorga al final de la creación para ver que definitivamente que “cuanto había hecho todo estaba muy bien”[38]. Ese último día que Dios santifica con el descanso el hombre también lo santifica con su propio descanso. “La alternancia entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es querida por Dios mismo, tal y como se deduce del pasaje bíblico de la creación”[39].         

De todos modos, la especificidad del descanso cristiano reside, como no, en su carácter pascual: los cristianos, liberándose del trabajo conmemoran y celebran el nuevo descanso instaurado por la Resurrección de Jesucristo –nueva y definitiva creación– y participan en primicia del descanso definitivo del cielo. El descanso es sinónimo de liberación de toda servidumbre temporal y esclavitud espiritual que no dejan al ser humano acercarse a Dios y tratar sin prisas con Él, dándole el culto debido.

·        Día de la alegría y la solidaridad

La Constitución del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium y el vigente Código de Derecho Canónico resaltan el aspecto festivo del domingo cristiano denominándolo como el «día de la alegría»[40]. Numerosos testimonios de la antigüedad cristiana aluden a esta característica y resaltan algunas actitudes externas que deben de manifestarlo como el no ayunar o el orar de pie como signo de Resurrección.

Esta alegría es de tipo pascual, pues brota del misterio de Cristo muerto y resucitado, es decir, del hecho de sentirnos salvados y destinados a la alegría plena e imperecedera de la gloria. La conciencia de que el Resucitado está vivo, presente y actuante en la celebración eucarística y en la entera existencia con su fuerza salvadora, llena de gozo a quienes se sienten incorporados a Él por el Bautismo.

La alegría dominical es un signo profético y escatológico. Manifiesta a los demás el reconocimiento de las maravillas que Dios obra en cada uno, lo cual es motivo de gozo y gratitud. Al mismo tiempo anuncia la alegría festiva del Cielo, donde se celebra la liturgia celeste en la plena alegría junto a Dios.

Pero esta alegría festiva del cristiano en el domingo no es individualista, como si fuera sólo un simple sentimiento personal e interior de contento. El domingo, como dice la Dies Domini, “debe ofrecer también a los fieles la ocasión  de dedicarse a las actividades de misericordia, de caridad y de apostolado. La participación interior en la alegría de Cristo resucitado implica compartir plenamente el amor que late en su corazón:¡no hay alegría sin amor! ”[41].

Desde el principio la reunión dominical fue para los cristianos un momento oportuno para compartir con los necesitados. En esta reunión se hacían una colecta para remediar las necesidades de los más pobres y para expresar la igualdad y la solidaridad de todos.

La Eucaristía dominical “es acontecimiento y proyecto de fraternidad”[42], escuela de caridad, de justicia y de paz, oportunidad propicia para que el corazón de cada creyente se abra a toda la Iglesia, para poner en práctica junto a la comunidad creyente la cultura del compartir como signo del valor de la solidaridad con el que el creyente ha de conducirse en el mundo. Esta idea la expresa muy bien la Carta Apostólica Dies Domini en el n. 72:

 

Si éste es día de alegría, es preciso que el cristiano manifieste con sus actitudes concretas que no se puede ser feliz "solo". Él mira a su alrededor para identificar a las personas que necesitan su solidaridad. Puede suceder que en su vecindario o en su ámbito de amistades haya enfermos, ancianos, niños e inmigrantes, que precisamente en domingo sienten más duramente su soledad, sus necesidades, su condición de sufrimiento. Ciertamente la atención hacia ellos no puede limitarse a una iniciativa dominical esporádica. Pero teniendo una actitud de entrega más global, ¿por qué no dar al día del Señor un mayor clima en el compartir, poniendo en juego toda la creatividad de que es capaz la caridad cristiana? Invitar a comer consigo a alguna persona sola, visitar enfermos, proporcionar comida a alguna familia necesitada, dedicar alguna hora a iniciativas concretas de voluntariado y de solidaridad, sería ciertamente una manera de llevar en la vida la caridad de Cristo recibida en la Mesa eucarística.

 

3. El Domingo, Fiesta primordial de los cristianos

La celebración y vivencia del domingo hoy: aspectos antropológicos, celebrativos y perspectivas pastorales

El domingo, ante todo, es un día de fiesta. Los contenidos teológicos que el cristianismo le ha ido atribuyendo a lo largo de los siglos no oscurecen el alcance antropológico y expresión cultural que supone la fiesta en la vida de los hombres.

El domingo cristiano, pues, participa de las experiencias individuales y sociales que presenta toda fiesta humana[43]:

– Es una celebración extraordinaria, que se distingue de lo ordinario y representa una alternativa a la vida cotidiana e incluso expresa cierta ruptura con ella. Su característica es la diversidad de lo normal, pero no lo rechaza sino que trata de regenerarlo para hacerlo cada vez más eficiente.

– Es recuerdo y presencia, y así cuando una comunidad celebra una fiesta recuerda con alegría un acontecimiento significativo para su vida y se conecta a él ritualmente para presencializarlo.

– Es rito tradicional y fantasía creadora, su celebración aparece normatizada e institucionalizada, pero siempre hay un espacio para la creatividad y la espontaneidad individual y para expresar los sentimientos del momento concreto por el que pasa la comunidad.

– Es alegría y seriedad, hay espacio para el festejo, para el optimismo, para la afirmación del gozo de la existencia, pero al mismo tiempo se entremezcla la melancolía, los recuerdos de los seres queridos y la ansias cotidianas que angustian. La fiesta no suprime la tragedia de la vida sino que trata de asumirla y ordenarla.

Todos estos elementos humanos de la fiesta están presentes en la fiesta cristiana, pero toda ella está transida del acontecimiento salvador de Cristo, que es lo que le da sentido y condiciona su desarrollo ritual.

Pero el domingo cristiano rompe el esquema más tradicional de las fiestas humanas: no es una fiesta estacional o anual, sino semanal, asociada a la continuidad de los días en el breve y repetido ritmo semanal. Esto la hace original, pero también vulnerable en el momento socio-laboral presente, en el que lo religioso ya no tiene tanta importancia ni mucho menos goza de privilegios en orden económico-político.

En este sentido hoy comprobamos que una sociedad que da prioridad a resultado económico las fiestas han dejado de estar al servicio del hombre a favor de la producción. El hombre así minusvalora en su vida su vocación transcendente y su autonomía personal. El espacio que le deja libre el negocio lo ocupa en el ocio personal y familiar, concebido también hoy por la cultura dominante como una industria de diversión[44].

Lo más grave, no obstante, se centra no tanto en los fenómenos del cambio social en sí y la complejidad de la vida de hoy, sino la progresiva secularización de las costumbres y la pérdida de los valores morales y religiosos[45].

Hoy no es muy difícil constatar deficiencia en la vivencia del domingo. Algunas causas parecen claras[46]:

La reducción de la fe y su celebración al ámbito personal

  Esto viene motivado por el debilitamiento de la conciencia eclesial y la poca predisposición a la celebración religiosa comunitaria ante la preferencia de una piedad individual de tipo devocional-tradicional.

La reducción del Misterio y su celebración al interés particular de los grupos

  Éste es un viejo problema en la Iglesia, ya la Didascalia habla de él en el siglo III. Y no cabe duda de que las épocas de mayor decadencia litúrgica han coincidido con los individuos y grupos que han individualizado la celebración. La asamblea dominical es disminuida no sólo por quienes no acuden, sino también por quienes, rehuyendo la celebración común, reivindican la propia autonomía en celebraciones cerradas de grupo. El domingo es un día para experimentar la Iglesia en su celebración, y es en la Iglesia local donde subsiste la Iglesia una, santa y católica[47].

La reducción «secular» de la fe cristiana

  La secularización de la sociedad moderna ha hecho mucho daño a la vivencia cristiana del domingo. Algunos factores que han relegado a la religión, a la liturgia y, por extensión, al domingo, a un segundo plano entre las prioridades de muchos cristianos son:

  - La suficiencia material que prescinde de lo espiritual.

  - El fin de semana y la múltiple oferta de entretenimiento que lo acompaña, en forma sobre todo de deporte y ocio.

  - El relativismo religioso-celebrativo.

  - La concepción de los sacramentos como algo desfasado u ocasional.

  - La catequesis orientada sólo al plano antropológico y moral.

Además muchos confiesan buscar en la celebración un sintonía de sentimientos casi al modo de un espectáculo. El resultado es que se buscan a sí mismos y no el encuentro con el Misterio, con el Señor. Es difícil que se perciba el Misterio si no se he enseñado, catequizado a percibirlo. Cuando no encuentran su “diversión”, su satisfacción personal, entonces se suelen escuchar frases como que “la Misa no me dice nada”, “lo importante no es ir a Misa sino ser buenos cristianos”, “este cura es muy pesado”, etc.

  Ante este panorama a los cristianos nos surgen muchos interrogantes: ¿tiene hoy sentido seguir celebrando del domingo? El alejamiento efectivo de vivencia eclesial de la fe, que hoy constatamos, y la propia pérdida de la identidad cristiana ¿tienen alguna solución?

  No cabe duda que hoy resulta muy necesaria una revalorización del domingo[48]. Para reacreditarlo es preciso antes redescubrirlo y amarlo como la Iglesia hacía en sus orígenes. Se pueden ofrecer algunas propuestas que ayuden en esta tarea revalorizadora[49]:

Recuperar la importancia central del domingo y su liturgia en la pastoral

El domingo y su celebración cristiana han de colocarse en la pastoral como una de las opciones prioritarias en la misma. Si la Liturgia es fuente y culmen de toda la actividad de la Iglesia[50], la liturgia dominical ha de ser fuente y culmen de la vida diocesana.

Todos sabemos que hay un cierto número de sacerdotes y fieles que no consideran la Liturgia como una acción prioritaria en sus planes y actividades pastorales. En ello influye sin duda un conocimiento equivocado y lleno de prejuicios sobre la misma, al contemplarla con una visión juridicista (rúbricas), exteriorista (pura ceremonialidad), tradicionalista (sacramentalismo) o “desencarnada” (pastoral de sacristía). Sin embargo, de forma paradójica, celebran y participan constantemente en las acciones litúrgicas de la Iglesia, sin caer, tal vez, en la cuenta de que toda esta actividad celebrativa, que reúne semanal u ocasionalmente a gran cantidad de fieles, merece ser considerada y trabajada como un campo magnífico de evangelización.

Evangelizar y formar a los fieles con la Liturgia, sobre todo la que se celebra en la asamblea dominical, es un reto que en los momentos actuales es de capital importancia para la revitalización de la vivencia cristiana del domingo. Esto exige una paciente y continua labor catequética y formativa en los fieles, sobre todo en los niños y adolescentes, privilegiando el proceso catecumenal junto al sacramental en la Iniciación cristiana. Aprovechar la homilía[51] como medio de evangelización de la vida a la luz de la Palabra proclamada es otra realidad que en nuestras celebraciones es necesario potenciar. También se precisa hoy una seria labor de formación litúrgica de los fieles, ayudándoles a descubrir la presencia del Misterio en las diversas partes y signos de la celebración y a poner de manifiesto la conexión de ésta con los aconteceres de su existencia humana. 

Mejorar el estilo de la celebración

Las celebraciones deberían ser decididamente más pascuales y festivas, mucho más desclericalizadas y no centradas en un discurso ético-moral. La celebración dominical no debe reducirse a acentuar intereses más o menos sentimentales o propagandísticos. No se debe caer en la pura formalidad de que el pueblo pueda cumplir el precepto y el sacerdote con su obligación de atender esa comunidad.

Tal es vez se hace necesario reorganizar la pastoral del domingo. Los pastores han de atender a la calidad de su función presidencial[52], debidamente preparada y explicitada con los elementos propios del día, sin prisas por las múltiples Misas que hay que celebrar. Su preocupación ha de ser la de tener celebraciones verdaderamente evangelizadoras, no multiplicadas. Esto no significa que por sistema las Misas han de ser más largas sino más participativas y precisas, centradas en la relación y vivencia del Misterio que se celebra. 

Aquí tienen un inmenso campo de posibilidades los Equipos de Animación Litúrgica[53] en las parroquias, con religiosos y laicos bien formados y preparados a los que se le cancha en este campo. El Equipo litúrgico no tiene como función “secularizar” la liturgia, sino darle el carácter festivo que le es propio, insuflándole al mismo tiempo frescura a las celebraciones para que no caigan en la rutina y el encorsetamiento.

Concienciar a los fieles sobre el verdadero significado del domingo y el sentido del precepto

Es importantísimo hacer entender a los fieles que ambos, domingo y precepto, tienen una dimensión pascual, eclesial y escatológica. El protagonismo es de Cristo resucitado que actúa unido a su Cuerpo que es la Iglesia. Cristo nos da infinitamente más de lo que nosotros le podemos dar a Él con nuestro culto dominical.

A la celebración del domingo vamos a recibir más que a dar. Y lo que recibimos lo necesitamos para poder seguir adelante en nuestra vida cristiana y en nuestro seguimiento del evangelio. Quien percibe que recibe de Dios se mostrará contento y revitalizará su fe. Quien, por el contrario, vaya a buscar en la Misa dominical lo que le puedan dar los hombres, saldrá la mayor parte de las veces decepcionado y desencantado y, posiblemente se buscará otros “espectáculos” y actividades que sacien sus necesidades interiores.

Hemos de hacer un esfuerzo todos, pastores y laicos, para acentuar la conciencia de que el domingo es la fiesta de los cristianos, una de nuestras más importantes señas de identidad, la celebración primordial en la que nuestras vidas recuerdan y actualizan el Misterio Pascual de Cristo, que es centro de nuestra fe.

Para redescubrir y revalorizar el domingo, en conclusión, hemos también de nosotros los cristianos de hacer una pascua en la vivencia de este día, un paso de las realidades que lo están cercenando y ahogando a otras que le puedan dar el esplendor y la importancia que le corresponde. Así hemos de pasar en el domingo:

De la rutina celebrativa a la imaginación pastoral.

De una visión cuantitativa (número de misas) a un enfoque cualitativo.

De la mera evasión del trabajo a la necesidad de hacer fiesta para recuperar las fuerzas y la esperanza.

De las apetencias individualistas y consumistas al gozo de compartir la fe en comunidad.

Del sentido moral al sentido pascual.

Del precepto como carga al precepto como alimento de la fe.

De la asistencia distante a la participación activa.

De la conciencia de grupo a la conciencia de Iglesia.

 

4. Las asambleas dominicales en ausencia del sacerdote

                                                           Al igual que sucede con el domingo, el apunte que hace el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la conveniencia de que se fomenten en las diócesis las Asambleas Dominicales y festivas en Ausencia del Presbítero [= ADAP][54] marcan el punto de partida de una nueva comprensión teológico-pastoral de la vivencia y celebración dominical[55].

Los factores que últimamente han contribuido a mantener vivo el interés pastoral por este tipo de celebraciones son bien conocidos, de forma especial en las diócesis con un mayor número de parroquias rurales: escasez creciente de sacerdotes, por un lado, e imposibilidad para los mismos de llegar los domingos a todas las comunidades que tienen encomendadas para celebrar la eucaristía sin transgredir la normativa canónica[56], por otro.

Pero estas celebraciones no son nuevas en la historia de la Iglesia. En años anteriores al Vaticano II se realizaban ya a modo experimental en lugares de misión o con problemas de libertad religiosa, y la cuestión había sido abordada en varios Congresos internacionales. Anteriormente, en los siglos XVIII y XIX tenemos noticias de celebraciones de este tipo en países como Alemania, Francia y Hungría en momentos pastorales especialmente dificultosos para la Iglesia. 

            Tras la celebración del Concilio se aborda nuevamente el tema en la Instrucción Pastoral Inter Oecumenici de 1964[57] que, hablando de las celebraciones de la Palabra,  precisa mucho más que el número 35.4 de la SC el contenido de las ADAP.

Aunque los inicios de este tipo de celebraciones fueron vacilantes y aislados con el tiempo, debido a la agudización de los factores antes citados, se van haciendo cada vez más numerosas y recurridas. Esto motiva la aparición de un documento definitivo y universal que regulara las ADAP y unificara su práctica pastoral. Así, en 1988, sale a la luz el Directorio para las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero[58].

Unos años más tarde en 1997 la Instrucción Algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes firmada por diversas Congregaciones de Roma[59] sale al paso de algunos abusos detectados en la práctica y recuerda las condiciones especiales de esta celebración para los fieles.

Juan Pablo II, por último, se refiere a las ADAP en el n. 53 de la Carta Apostólica Dies Domini de 1998 refrendando su conveniencia pastoral y manifestando su referencia y orientación a la Eucaristía dominical.

            Teniendo en cuenta las aportaciones de todos estos documentos postconciliares, especialmente las del Directorio de 1988, podemos hacer una síntesis de los diversos aspectos de las ADAP que en ellos se nos indican:

1. Aspectos teológicos

Importancia y necesidad de la asamblea dominical en la vida cristiana.

Prioridad de la Eucaristía sobre cualquier otro tipo de celebración dominical.

Participación del sacerdocio común de los fieles y del sacerdocio ministerial en el único Sacerdocio de Cristo, aunque en diferente modo y autoridad.            

Vinculación del ministerio sacerdotal a la Eucaristía y a la presidencia de toda acción litúrgica.

Insustituibilidad del ministerio ordenado en su unidad y diversidad de funciones.

Posibilidad de colaborar y, en caso de necesidad, suplir de los laicos en puntuales funciones del ministro ordenado.

Carácter de suplencia y eventualidad en todo tipo de funciones ministeriales presidenciales confiadas a los laicos.

2. Aspectos eclesiológicos

La Iglesia como Pueblo de Dios que se edifica en la comunión orgánica de sus miembros según los diversos ministerios y carismas.

La Iglesia como Cuerpo Místico en el que han de participar activamente todos sus miembros.

La Iglesia como institución jerárquica en la que sus miembros participan de diverso modo de la triple misión de evangelizar, santificar y regir.

Tradición apostólica ininterrumpida de la Iglesia de reunirse en asamblea el Domingo, día del Señor, para celebrar el misterio pascual.

La asamblea dominical como signo de la identidad cristiana y elemento irrenunciable de la Iglesia.

La Palabra de Dios, la Eucaristía y el ministerio sacerdotal como dones que el Señor ofrece a su esposa la Iglesia, sobre todo en la asamblea dominical.

3. Aspectos jurídico-normativos

Salvaguardar la identidad eclesial de cada uno de los miembros.

Poner de relieve la vital comunión jerárquica.

Promover la disciplina y recto desempeño de las funciones propias y específicas.

Animar la colaboración laical y denunciar y evitar los abusos.

Urgir a la observancia de todas las leyes eclesiásticas.

Establecer las indicaciones y normas generales para toda la Iglesia en orden a su recto y unánime desarrollo universal referidas a:

- Asamblea dominical

          - Celebraciones de la Palabra

          - Suplencias de religiosos o laicos

          - Competencia del Obispo

          - Competencia del párroco

          - Otros medios para santificar el  Domingo

                                                                         

Las Conferencias Episcopales han de determinar las normas y adaptaciones particulares en sus territorios referidas a las ADAP.

Establecer las condiciones que legitiman las ADAP en las diócesis.

4. Aspectos pastorales

Constatación de la imposibilidad de que muchos fieles puedan participar el domingo en la celebración eucarística por ausencia del ministro ordenado u otras causas graves.

Posibilidad de que las comunidades puedan reunirse en una asamblea litúrgica dominical bajo la presidencia de un religioso o laico especialmente designado y previamente bien formado.

Colaboración  de los laicos en la vida y actividad de la Iglesia, especialmente en las acciones litúrgicas.

Canalización de los diversos carismas y funciones eclesiales en beneficio de la comunidad y de toda la Iglesia según su carácter específico.

Designación y permiso necesario del obispo y seguimiento litúrgico-pastoral del párroco.

Especial cuidado en evitar la confusión entre la ADAP y la celebración eucarística.

Posibilidad de suplencia en algunas funciones de los pastores a causa de la necesidad o de la utilidad de la Iglesia. Tales funciones se centran en::

- Catequesis

- Distribución de la comunión

- Presidencia por una especialísima causa grave en algunas celebraciones de sacramentos o sacramentales (Bautismo, Matrimonio, Exequias).

- Presidencia de las ADAP.

5. Aspectos litúrgicos

Centralidad y preeminencia de la Eucaristía en la asamblea dominical.

Elementos propios y específicos de la asamblea dominical:

- Reunión de fieles

- Lectura y explicación de la Palabra

- Sacrificio eucarístico celebrado por el sacerdote

Carácter de suplencia y referencia de las ADAP a la Eucaristía y al presidente de ésta, el sacerdote.

La celebración de la Palabra de Dios seguida de la distribución de la comunión como la forma más recomendable de celebración en caso de no poder celebrarse la Eucaristía.

Seguimiento cercano del obispo y el párroco en la formación de los guías y preparación litúrgica de las ADAP.

Esquema celebrativo de las ADAP:

- Ritos iniciales:

- Liturgia de la Palabra

- Acción de gracias (antes o después  de la distribución de la comunión)

- Ritos de la comunión

- Ritos de conclusión

Colaboración de los laicos, salvaguardando su identidad eclesial, en otros momentos litúrgicos de la comunidad:

- El ministerio de la Palabra: catequesis, no homilías, salvo en caso de suplencia por necesidad (por ejemplo las ADAP).

- Celebraciones litúrgicas sin interferir en las funciones propias de los ministros ordenados.

- Asambleas dominicales en ausencia del sacerdote (ADAP)

                        - Ministros extraordinarios de la comunión.

- Apostolado de los enfermos

- Asistencia a la celebración del Matrimonio.

- Ministro del bautismo por causa excepcionalmente grave.

- Animación de las celebraciones exequiales.

El esquema de la celebración de las ADAP que ofrece el Directorio[60] merece, por la utilidad que puede prestar a la hora de llevarlas a cabo, un comentario[61] un poco más amplio:

  Ritos iniciales

  Tienen la misma finalidad descrita en la Ordenación General del Misal Romano [= OGMR] n. 24, es decir, constituir la asamblea santa y preparar para la celebración. Se puede, por tanto, seguir el orden de los ritos iniciales de la Misa, incluyendo la oración colecta. Merecen especial atención el canto de entrada y el acto penitencial, sobre todo pensando en una ulterior participación en la comunión.

Liturgia de la Palabra

  Es, como en cualquier celebración sacramental, el diálogo entre Dios y su pueblo. Es conveniente utilizar el Leccionario de la Misa, pero se ha de cuidar en todo caso el orden de lecturas propio de la liturgia de la Palabra con el canto del aleluya en su momento. Se puede omitir alguna lectura –circunstancia ésta que no se puede hacer nunca en la Misa dominical– pero nunca el Evangelio.

Se recomienda una explicación de las lecturas (lo cual exige una meditación y cuidada preparación previa en el que habla) o un sagrado silencio para meditar lo que se ha escuchado. Una buena solución puede ser que, cuando presida un diácono, sea él quien diga la homilía, y cuando presida un laico lea la homilía transmitida por el párroco o al menos tenga en cuenta un esquema previo preparado por aquel.

La oración de los fieles se hará según la serie de intenciones establecida para la Misa (OGMR 46), es decir, por la Iglesia, los gobernantes y el mundo, los oprimidos, la comunidad local y otras intenciones referidas a la diócesis y sus pastores y necesidades. En esto último la intención es vincular la asamblea a la Iglesia particular y local. Aunque el Directorio no menciona explícitamente la recitación del Símbolo de la fe o Credo, esta es una parte de la liturgia de la Palabra que no debiera faltar normalmente.

El directorio no dice nada de la colecta de dinero, común en la eucaristía dominical tras la liturgia de la Palabra y precedente a la presentación de los dones, por lo que corresponde al párroco y al equipo responsable de la ADAP ver la oportunidad de hacerla o no.

Acción de gracias

  Este parte de la celebración pone de relieve los sentimientos de gratitud de los fieles mediante los cuales Dios es bendecido por su gloria inmensa. La acción de gracia de la ADAP no es una plegaria eucarística, por lo que hay que poner especial cuidado en que los fieles no la confundan con ella. La razón de ser de esta parte es la de responder de manera comunitaria a la Palabra de Dios y elevar al Padre la ofrenda de la oración (no de los dones) de sus hijos. El paralelo con la plegaria eucarística, al menos con el prefacio, es evidente, pero esto no debe llevar a omitir este elemento, muy sugestivo y pedagógico para los fieles.

El Directorio propone dos modos para realizar la acción de gracias que :

El primero es una acción de gracias en sentido estricto y puede hacerse, a su vez, en uno de estos dos momentos: después de la oración de los fieles o después de la comunión. En ambos casos se pueden usar salmos de alabanza y acción de gracias o se puede cantar un himno o un cántico como el Gloria, el Magnificat, el Benedictus, etc., e incluso se puede hacer una plegaria litánica dirigida por el moderador de la celebración vuelto con los demás al altar estando todos de pie.

El segundo modelo es propiamente un momento de adoración previa a la recepción de la comunión. Se prescribe el gesto de colocar el Sacramento sobre el altar antes del Padrenuestro y arrodillarse el moderador junto con toda la asamblea para cantar o recitar la acción de gracias. En este caso, el cántico elegido, la plegaria o las preces litánicas han de tener preferentemente temática eucarística, con contenido dirigido al Señor presente en las especies eucarísticas reservadas.

Ritos de la comunión

  Estos ritos expresan y realizan la unión con Cristo y con los hermanos, sobre todo con aquellos que en el mismo día participan en el sacrificio eucarístico. Esta vinculación se pone de manifiesto de una forma más plena a través de algunos signos, como el uso del Pan eucarístico consagrado ese mismo domingo en la Misa celebrada en otro lugar y traído por el diácono o por un laico y depositado en el sagrario antes de la celebración. Si no hay posibilidad de hacer esto, mucho más significativo, se puede usar el Pan consagrado en la última eucaristía celebrada en la iglesia.

Para los ritos de la comunión se procede así: el moderador se acerca al sagrario, lo deposita sobre el altar e inicia el canto o recitación de la Oración Dominical o Padrenuestro, que se hace siempre (a no ser que en este momento se haga la acción de gracias tal y como se indica en el segundo modo). Después se hace el rito de la paz, aunque éste es facultativo. A continuación se procede a la distribución de la comunión. Concluida ésta, se puede hacer una momento de silencio sagrado o la acción de gracias (si se escoge este momento para hacer la acción de gracia según el primer modo).

Ritos de conclusión

  Expresan la unión de la liturgia con la vida cristiana. Estos ritos comprenden el saludo y la bendición sólo cuando preside un diácono, o la invitación a bendecir al Señor y la despedida cuando la celebración ha estado moderada por un laico. Antes de estos ritos se darán los avisos oportunos y las noticias relativas a la vida parroquial y diocesana, nuevo detalle de vinculación con la Iglesia particular y local.

Tanto en los diversos aspectos a los que nos referíamos antes como en el esquema celebrativos que acabamos de comentar, se nota la positiva influencia de varios años de experiencia de las ADAP en varios y diversos lugares. En su estudio y disposición ha sido muy importante aportación madurada de teólogos, liturgistas y pastores. La consideración de este tipo de celebraciones dominicales y festivas en los documentos muestra un tono indicativo e iluminador más que impositivo, lo que manifiesta una preocupación seria por contribuir a solucionar el serio problema pastoral que suponen las comunidades que no pueden celebrar la Eucaristía en el domingo.

 

V. Conclusión

 

El día del Señor siempre será en la Iglesia un elemento irrenunciable, algo que siempre estará de actualidad como actual y permanente es la presencia salvífica del Señor en ella. El Misterio Pascual de Cristo alcanza una especial significación en la celebración dominical, operante en la comunidad reunida para ofrecer el sacrifico eucarístico memoria suya. La conmemoración del Señor Muerto y Resucitado es fuente de salvación individual y comunitaria y expresión de la identidad cristiana en una sociedad como la nuestra que pone ante nuestros ojos mil ofertas arrinconadoras de la fe.

Ante nosotros se presenta el desafío de revitalizar el domingo y su vivencia cristiana. No es un reto fácil, pero afrontarlo supone conectarnos a la tradición de la Iglesia y se convierte un gesto de valentía y autenticidad creyente. 

Resulta oportuno finalizar haciendo nuestro el ruego esperanzado con el que el Santo Padre finaliza la Carta Apostólica Dies Domini, documento de referencia para entender el sentido del domingo y reanimar su importancia en la vida cristiana:

Que los hombres y las mujeres del tercer Milenio, encontrándose con la Iglesia que cada domingo celebra gozosamente el misterio del que fluye toda su vida, puedan encontrar también al mismo Cristo resucitado. Y que sus discípulos, renovándose constantemente en el memorial semanal de la Pascua, sean anunciadores cada vez más creíbles del Evangelio y constructores activos de la civilización del amor.

 

BIBLIOGRAFÍA SOBRE EL DOMINGO

DOCUMENTOS DEL MAGISTERIO

Constitución conciliar

Concilio Vaticano II,. Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium (4-XII-1963) n. 106

Documentos pontificios

Juan Pablo II, Carta Apostólica Vicesimus quintus annus, en el XXV aniversario de la Constitución «Sacrosanctum Concilium» (4-XII-1988).

Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini sobre la santificación del domingo (31-V-1998).

Santa Sede

Catecismo de la Iglesia Católica (1992). Segunda parte: La celebración del Misterio cristiano ns. 1166-1167

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Directorio «Crhisti Ecclesia» para las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero (2-VI-1988). El texto en castellano puede verse en Phase 168 (1988) 469-498 y también en Pastoral Litúrgica 183-184 (1989) 17-31

Conferencia Episcopal Española

Instrucción Pastoral Sentido evangelizador del Domingo y de las Fiestas (22-V-1992) Edice (Madrid 1992); y también en la revista Pastoral Litúrgica 211 (1992) 3-35

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Comisión Episcopal de Liturgia

El Domingo, fiesta primordial de los cristianos (22-XI-1981) en Pastoral Litúrgica 121-122 (1982) 5-13

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Tratados, estudios Y ARTÍCULOS SOBRE EL DOMINGO

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Carrizo Villadangos S., La Misa del Domingo, Edita el propio autor y El Adelanto Bañezano (La Bañeza 2002)

Equiza J., El domingo, hoy. ¿Vacaciones o/y fiesta? (Pamplona 1986)

González Galindo A., Día del Señor y celebración del Misterio eucarístico, Ed. Eset (Vitoria 1974)

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López Martín J., El domingo, día del Señor, Cuadernos BAC (Madrid 1985)

López Martín J., El origen del domingo: estado actual de la cuestión en Salmanticenses 38 (1991) 269-297

Martimort A.G., El domingo en Phase 125 (1981) 359-380

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Velado Graña B., Vivamos la Santa Misa [= BAC Popular 75] (Madrid 1986)


[1]  Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte ns. 35-36

[2] Juan Pablo II, Carta Apostólica Dies Domini sobre la santificación del domingo [= Dies Domini] (31-V-1998)

[3] Ibid. n. 81

[4] Ibid. n. 87

[5] Cf. Augé M., El domingo, fiesta primordial de los cristianos, Ed. San Pablo (Madrid 1996) 29-33; Llabrés P.J., La celebración del domingo a lo largo de la historia de la Iglesia en Aa.Vv., El Domingo, fiesta primordial de los cristianos (Jornadas Nacionales de Liturgia), Secretariado Nacional de Liturgia, Edice (Madrid 1992) 38-40.

[6] Cf. Dies Domini ns. 11-18 y 59-63; Augé M., El domingo, fiesta primordial... o.c. 37-41; Llabrés P.J., La celebración del domingo... o.c. 42-46

[7] El testimonio más antiguo de la celebración del domingo en Roma con una reunión de la asamblea con liturgia de la Palabra y Eucaristía nos lo ofrece San Justino en su Apología I, 67, de la segunda mitad del siglo II. Medio siglo más tarde, la Traditio Apostolica, atribuida a Hipólito, nos refiere las mismas circunstancias celebrativas dominicales aunque en el contexto de una ordenación sacerdotal. Cf. Augé M., Liturgia. Historia, celebración teología, espiritualidad [= Biblioteca Litúrgica 4] (Barcelona 1995) 214

[8] Cf. Rooney M., La domenica en Aa. Vv. Anàmnesis 6. L’anno liturgico, Ed. Marietti (Genova 19892) 78-79; Abad Ibáñez J.A., La celebración del Misterio cristiano, Ed. Eunsa (Pamplona 20002) 521-522

[9] Cf. Egeria, Itinerarium ns. 24-25 en Arce A., Itinerario de la Virgen Egeria [= BAC 416] (Madrid 1980) 257-267

[10] Cf. Dies Domini ns. 64-68; Augé M., El domingo, fiesta primordial... o.c. 44-48; Llabrés P.J., La celebración del domingo... o.c. 57-60

[11] Eusebio de Cesarea, Vita Constantini IV, 18

[12] “El domingo es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo” SC n. 106.

[13] Cf. Dies Domini ns. 66-67

[14] Cf. Ibid. n. 68

[15] Cesáreo de Arlés recomienda incluso sanciones contra los transgresores. Cf. Cesáreo de Arles, Sermo 13, 3 y 5, CCL 103, 66 y 67-68.

[16] El concilio de Elvira indica que “sea visto como corrupto”, es decir, se le excluyese temporalmente de la comunidad, quien “estando en la ciudad no fuera a la iglesia durante tres domingos”. Cf. Righetti M., Historia de la Liturgia I [= BAC 132] (Madrid 1955) 658; Kunzler M., La liturgia de la Iglesia, Edicep (Valencia 1999) 590.

[17] El primer concilio que prescribió expresamente la obligación de asistir a la eucaristía dominical («missas totas») fue el concilio de Agde (506). Cf. Llabrés P.J., La celebración del domingo... o.c. 61.

[18] En la época medieval varios concilios locales que introducen cánones en este sentido como los de Trullo (692), Rousen (650), Tolosa (1129), Rouen (1235) y Valence (1261). Cf. Idem.

[19] Jungmann J.A., El Sacrificio de la Misa [= BAC 68] (Madrid 19632) 282

[20] Cf. Kunzler M., La Liturgia... o.c. 587

[21] Concilio Vaticano II, Constitución sobre la sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium [=SC] (4-XII-1963) n. 106

[22] Cf. Dies Domini n. 46

[23] Cf. Ibid. ns. 47-48

[24] “La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón «día del Señor» o domingo” SC n. 106

[25] “El carácter festivo de la Eucaristía dominical expresa la alegría que Cristo transmite a su Iglesia por medio del don del Espíritu. La alegría es, precisamente, uno de los frutos del Espíritu Santo”. Dies Domini n. 56

[26] Cf. Brandolini L., Domingo en Sartore D.- Triacca A.M.- Canals J.M. (eds.), Nuevo Diccionario de Liturgia, Ed. San Pablo (Madrid 1987) 604-605

[27] Cf. SC n. 8

[28] Cf. Misal Romano. Prefacio X Dominical del Tiempo Ordinario.

[29] Desde el Concilio Vaticano II es frecuente entre los autores que reflexionan sobre el domingo cristiano comentar los aspectos teológicos del mismo sirviéndose de los distintos nombres que se le han dado a lo largo de la historia y otros con los que se les ha comenzado a designar actualmente. La propia Carta Apostólica Dies Domini procede de principio a fin desde la nomenclatura del domingo. Otros documentos y autores que comentan la teología dominical así y que son inspiradores de una buena parte de los comentarios que siguen son, entre otros: Conferencia Episcopal Española, Instrucción Pastoral Sentido evangelizador del Domingo y de las Fiestas (22-V-1992) Edice (Madrid 1992) ns. 12-23; Augé M., El domingo, fiesta...o.c. 54-71; Augé M., Liturgia. Historia... o.c. 215-216; Abad Ibáñez J.A., La celebración del Misterio... o.c. 529-534

[30] Rm 8, 11

[31] Cf. SC n. 10; PO n. 6

[32] 1 Cor 15, 17

[33] Cf. Abad Ibáñez J.A., La celebración del Misterio... o.c. 531

[34] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1177

[35] Abad Ibáñez J.A., La celebración del Misterio... o.c. 532

[36] Cf. SC ns. 102 y 106

[37] SC n. 106

[38] Gn 1, 31

[39] Dies Domini n. 65

[40] SC n. 106; CIC c. 1246

[41] Dies Domini n. 69

[42] Dies Domini n. 72

[43] Cf. Augé M., El domingo, fiesta primordial... o.c. 9-17

[44] Cf. Conferencia Episcopal Española, Instruc. Pastoral Sentido evangelizador del Domingo... o.c. n. 9

[45] Es lo que los obispos españoles denominan y analizan como “vacío espiritual del domingo”. Cf. Conferencia Episcopal Española, Instruc. Pastoral Sentido evangelizador del Domingo... o.c. n. 8

[46] Cf. Carmona García M., Celebrar y vivir el domingo en Aa.Vv., El Domingo, fiesta primordial de los cristianos (Jornadas Nacionales de Liturgia), Secretariado Nacional de Liturgia, Edice (Madrid 1992) 131-134

[47] Cf. Christus Dominus n. 11

[48] Es ésta una de las motivaciones fundamentales que se manifiestan para la publicación de los últimos documentos eclesiales sobre el domingo. Cf. Dies Domini ns. 81-87; Conferencia Episcopal Española, Instruc. Pastoral Sentido evangelizador del Domingo... o.c. ns 1 y 6; Comisión Episcopal de Liturgia, El Domingo, fiesta primordial de los cristianos (22-XI-1981) en Pastoral Litúrgica 121-122 (1982) 5-13

[49] Cf. Carmona García M., Celebrar y vivir el domingo... o.c. 134-137; Conferencia Episcopal Española, Instruc. Pastoral Sentido evangelizador del Domingo... o.c. ns 28-48

[50] Cf. SC n. 10

[51] Cf. Comisión Episcopal de Liturgia, Partir el pan de la Palabra. Orientaciones sobre el ministerio de la homilía (30-IX-1983) [= Colección Documentos y Estudios 109], Ed. PPC (Madrid 1985).

[52] Cf. Secretariado Nacional de Liturgia, El presidente de la celebración [= Colección Documentos y Estudios 132], Ed. PPC (Madrid 1988)

[53] Cf. Secretariado Nacional de Liturgia, El Equipo de Animación Litúrgica. Directorio litúrgico-pastoral. Plan de Formación [= Colección Documentos y Estudios 139], Ed. PPC (Madrid 1989)

[54] SC 35.4: “Foméntense las celebraciones sagradas dela Palabra de Dios en las vísperas de las fiestas más solemnes, en algunas ferias de Adviento y Cuaresma y los domingos y días festivos, sobre todo en los lugares donde no haya sacerdote, en cuyo caso debe dirigir la celebración un diácono u otro delegado por el Obispo”.

[55] Cf. Algunos documentos y estudios modernos sobre la Asamblea Dominical en Ausencia del Presbítero [= ADAP] son: Dies Domini 53; Conferencia Episcopal Española, Instruc. Pastoral Sentido evangelizador del Domingo... o.c. n. 38; Lopez Martín J., Las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero en Aa.Vv., El Domingo, fiesta primordial de los cristianos (Jornadas Nacionales de Liturgia), Secretariado Nacional de Liturgia, Edice (Madrid 1992) 153-163; Sartore D., Asambleas sin presbítero en Sartore D.- Triacca A.M.- Canals J.M. (eds.), Nuevo Diccionario de Liturgia, Ed. San Pablo (Madrid 1987) 181-188.

[56] CIC c. 905 § 2: “Si hay escasez de sacerdotes, el ordinario del lugar puede conceder que, con causa justa, celebren dos veces al día, e incluso, cuando lo exige una necesidad pastoral, tres veces los domingos y fiestas de precepto”.

[57] Sagrada Congregación de Ritos y Consilium, Instrucción general (primera) Inter. Oecumenici, para aplicar debidamente la Constitución Sacrosanctum Concilium (26-IX-1964) n. 37

[58] Congregación para el Culto Divino, Directorio «Crhisti Ecclesia» para las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero (2-VI-1988). El texto en castellano –con un comentario de P. Tena– puede verse en Phase 168 (1988) 469-498 y también en Pastoral Litúrgica 183-184 (1989) 17-31

[59] Diversas Congregaciones Romanas, Instrucción «Ecclesiae de mysterio» acerca de Algunas cuestiones acerca de la colaboración de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes (15-VIII-1997)

[60] Congregación para el Culto Divino, Directorio «Crhisti Ecclesia» para las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero (2-VI-1988) n 41-49. En España el Secretariado Nacional de Liturgia sacó a la luz hace algunos años un subsidio litúrgico, que no tiene rango de libro litúrgico oficial, con materiales para las celebraciones de ADAP, renovados más tarde a raíz de la publicación del Directorio: Secretariado Nacional de Liturgia, Celebraciones dominicales y festivas en ausencia de sacerdote [= Subsidia Liturgica 39] (Madrid 1981)

[61] Seguimos sustancialmente el comentario que se encuentra en: Lopez Martín J., Las celebraciones dominicales en ausencia del presbítero en Aa.Vv., El Domingo, fiesta primordial de los cristianos (Jornadas Nacionales de Liturgia), Secretariado Nacional de Liturgia, Edice (Madrid 1992) 160-163

 

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