EL
DOMINGO

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Día del Señor
-
Pascua semanal
-
Núcleo del Año Litúrgico
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Fiesta primordial de los cristianos
ÍNDICE:
Introducción
Redescubrir
y revitalizar el domingo como día consagrado a la alabanza del
Señor y al compartir festivamente en la fe y la solidaridad con
los hermanos es una de las preocupaciones pastorales en las que
con más ahínco viene insistiendo el magisterio la Iglesia en los
últimos años. El programa pastoral para los primeros años del
nuevo milenio, expresado en la Carta Apostólica de SS.Juan Pablo
II Novo Millennio Ineunte es la más reciente alusión que
se refiere directamente a este objetivo:
El mayor empeño
se ha de poner, pues, en la liturgia... dando un realce
particular a la eucaristía dominical y al domingo mismo,
sentido como día especial de la fe, día del Señor resucitado
y del don del Espíritu, verdadera Pascua de la semana (Dies
Domini 20)... el milenio que está comenzando...
permanecerá firmemente en las manos de Cristo... y
precisamente celebrando su Pascua, no sólo una vez al año
sino cada domingo, la Iglesia seguirá indicando a cada
generación
«lo
que constituye el eje central de la historia...».
(Dies Domini 2)
... La Eucaristía dominical, congregando semanalmente a los
cristianos como familia de Dios en torno a la mesa de la
Palabra y del Pan de vida, es también el antídoto más
natural contra la dispersión. Es lugar privilegiado donde la
comunión es anunciada y cultivada... A través de la
participación eucarística el día del Señor se convierte
también en el día de la Iglesia (Dies Domini 35), que
puede desempeñar así de manera eficaz su papel de sacramento
de unidad.
Pero el punto de arranque de esta solicitud
pastoral por el domingo y de las investigaciones y reflexiones
que numerosos estudiosos en todo el mundo han dedicado al día de
Señor hay que situarlo en el Concilio Vaticano II. Cierto es que
el domingo tiene muchas implicaciones antropológicas, sociales y
pastorales. Pero lo que más lo caracteriza y le confiere una
verdadera impronta sacramental es su dimensión
teológico-litúrgica que le reviste de un carácter pascual y
actualizador del Misterio salvador de Jesucristo. Por eso el
Concilio reflexiona sobre el mismo en su Constitución sobre la
Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, dentro del
capítulo que dedica al Año Litúrgico, del cual considera al
domingo fundamento y núcleo.
El número 106 de esta Constitución
conciliar puede ser en verdad considerada el punto de partida y
referencia ineludible de los modernos estudios y exhortaciones
sobre el domingo cristiano. Dice así:
La Iglesia, por
una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día
de la Resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual
cada ocho días, en el día que es llamado con razón
«día del Señor» o domingo. En
este día los fieles deben reunirse a fin de que, escuchando
la Palabra de Dios y participando en la Eucaristía,
recuerden la
Pasión, la Resurrección y la gloria del Señor Jesús y den
gracias a Dios, que los "hizo renacer a la viva esperanza
por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos"
(1Pe., 1,3). Por esto el domingo es la fiesta primordial,
que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles,
de modo que sea también día de alegría y de liberación del
trabajo. No se le antepongan otras solemnidades, a no ser
que sean de veras de suma importancia, puesto que el domingo
es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico.
La reflexión sobre el domingo, en
particular, participa desde entonces del proceder moderno de la
reflexión teológico-litúrgica, en general: retorno a las
fuentes, interdisciplinariedad teológica, consideración
celebrativa y consecuencias pastorales.
El domingo, según todo esto, se presenta
hoy a nuestros ojos con el rostro que lo contemplaron las
primeras comunidades cristianas. Es el día de Señor, la Pascua
semanal que tiene su origen en la Resurrección de Cristo y en la
praxis de la comunidad cristiana naciente. Es el día de la
Eucaristía y de la comunidad que celebra el memorial del
Misterio Pascual de Cristo reunida en asamblea litúrgica. Es el
día del descanso y de la fiesta que permite al creyente dedicar
su tiempo y su oración a Dios y a los hermanos.
Esta es también la contemplación que hace
del domingo cristiano la Carta Apostólica Dies Domini,
verdadero documento síntesis de los estudios y reflexiones
postconciliares sobre el tema, donde, tras recorrer
pormenorizadamente los diversos aspectos del mismo, Juan Pablo
II concluye:
Grande es
ciertamente la riqueza espiritual y pastoral del domingo,
tal como la tradición nos lo ha transmitido. El domingo,
considerando globalmente sus significados y sus
implicaciones, es como una síntesis de la vida cristiana y
una condición para vivirla bien. Se comprende, pues, por qué
la observancia del día del Señor signifique tanto para la
Iglesia y sea una verdadera y precisa obligación dentro de
la disciplina eclesial. Sin embargo, esta observancia, antes
que un precepto, debe sentirse como una exigencia inscrita
profundamente en la existencia cristiana. Es de importancia
capital que cada fiel esté convencido de que no puede vivir
su fe, con la participación plena en la vida de la comunidad
cristiana, sin tomar parte regularmente en la asamblea
eucarística dominical...[3]
Os exhorto,
pues, queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio
a actuar incansablemente, junto con los fieles, para que el
valor de este día sacro sea reconocido y vivido cada vez
mejor. Esto producirá sus frutos en las comunidades
cristianas y ejercerá benéficos influjos en toda la sociedad
civil.[4]
En nuestro acercamiento al domingo
procederemos abordando la triple perspectiva que configura la
totalidad del mismo: historia, teología y pastoral. En todas
ellas, como no puede ser de otro modo, la connotación litúrgico-celebrativa
que lo caracteriza estará siempre muy presente. Finalizaremos
aludiendo a una forma celebrativa dominical de plena actualidad:
las Asambleas dominicales y festivas en ausencia del presbítero.
I. El Domingo, Día del
Señor
Origen y desarrollo histórico del domingo cristiano
La celebración del misterio pascual está en el centro de la
memoria que la Iglesia hace de su Señor en las festividades del
año litúrgico. Esta memoria se celebra desde el principio
semanalmente en el día llamado domingo.
Las raíces más hondas que sustentan y nutren de contenido el
domingo cristiano son bíblicas y las encontramos en los relatos
evangélicos sobre las apariciones del Resucitado (Mt 28,1; Mc
16,2; Lc 24,1 y Jn 20,1.19) que mencionan tales acontecimientos
como acaecidos “el primer día de la semana” o “a los ocho días”
(Jn 20,26) y que son una referencia dominical clara, si bien
todavía en un plano no cultual. Además en algunos de estos
relatos la aparición se prolonga en el marco de una comida del
Resucitado con sus discípulos (Mc 16,14; Hch 1,4 y 10,41). En el
caso de los discípulos de Emaús, el encuentro de Jesús se
produce “aquel mismo día” de la Resurrección (Lc 24,13) y tras
referirle ellos los acontecimientos de la muerte en cruz y del
sepulcro vacío (Cf. Lc 24,20-24) reciben una explicación del
Maestro de las Escrituras (Cf. Lc 24,25-27) antes de compartir
juntos una comida (Cf. Lc 24,29-31).
Sin embargo, los testimonios más antiguos acerca de la
existencia del domingo, como día específico de culto cristiano,
los encontramos en tres pasajes del Nuevo Testamento:
·
1Cor 16, 2: es el texto más antiguo
aunque lo que nos refiere no se trata probablemente de una
reunión litúrgica sino sólo de una colecta privada en casa. El
versículo dice:
Cada
primer día de la semana, cada uno de vosotros reserve en
su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se
hagan las colectas cuando llegue yo.
·
Hch 20, 7-11: este texto sí que nos
narra una celebración estrictamente cultual, pues se refiere a
una reunión en una casa privada con la proclamación de la
Palabra y la celebración eucarística. El pasaje dice así:
El primer
día de la semana, estando nosotros reunidos para la
fracción del pan, Pablo, que debía marchar al día
siguiente, conversaba con ellos y alargó la charla hasta
la media noche. Había abundantes lámparas en la estancia
superior donde estábamos reunidos. Un joven, llamado
Eutico, estaba sentado en el borde de la ventana; un
profundo sueño le iba dominando a medida que Pablo
alargaba su discurso. Vencido por el sueño se cayó del
piso tercero abajo. Lo levantaron ya cadáver. Bajó Pablo,
se echó sobre él y tomándole en sus brazos dijo: «No os
inquietéis, pues su alma está en él.» Subió luego; partió
el pan y comió; después platicó largo tiempo, hasta el
amanecer. Entonces se marchó.
·
Ap 1, 9-10: La importancia de este
texto radica en el hecho de ser el único pasaje del Nuevo
Testamento en el que el primer día de la semana es llamado “día
del Señor” (en griego hemera kyriaké), expresión de la
que resultará más adelante en nombre cristiano de domingo (en
latín dominica dies). El adjetivo kyriakós hace
referencia al Kyrios o Señor Resucitado, exaltado como
Mesías e Hijo de Dios. El texto dice así:
Yo,
Juan,… me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa
de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en
éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz,
como de trompeta, que decía: «Lo que veas escríbelo en un
libro y envíalo a las siete Iglesias...
Llegados a este punto conviene decir algo acerca de la relación
entre el sábado judío y el domingo cristiano, pues se declara
fundamental para entender los orígenes y primera evolución del
día cultual de los cristianos.
Para
los primeros cristianos provenientes del judaísmo no fue un
problema conciliar la práctica del primero (Hch 13,14. 44; 17,2;
18,4) con el segundo, porque el domingo nace, según hemos visto,
como día de culto y no es contemplado primigeniamente como día
de reposo, característica ésta más propia del Sabaht
judío. Será en las comunidades provenientes de la gentilidad
donde se producirá con más rotundidad el abandono del sábado
para observar un cumplimiento exclusivo del domingo, tanto como
día de culto como de descanso de los trabajos para poder
reunirse. Esta práctica con el tiempo influirá mucho en los
judeocristianos. La idea teológica que sustenta el cambio es que
Cristo “Señor del sábado” (Mc 2,28) cumple las expectativas
mesiánicas y escatológicas que expresaba la celebración del
sábado judío y las sublima con su Resurrección, por lo que es
necesaria una celebración nueva que supere los tiempos
mesiánicos e introduzca a los creyentes en los nuevos tiempos
escatológicos inaugurados con la Muerte y Resurrección de
Cristo..
En la primitiva tradición patrística
correspondiente a Siria, Asia Menor, África del Norte,
Alejandría y Roma
emerge durante los tres primeros siglos un cuadro variado y rico
respecto a la celebración y significado del domingo en las
primeras comunidades cristianas:
-
• Es el día en el que se reúne la
asamblea cristiana
(Ignacio,
Justino, Tertuliano).
-
•
Para que esta asamblea pueda reunirse, es un día que tiene al
menos un poco de tiempo libre
(Tertuliano,
Didascalia).
-
•
Es un día para conmemorar el primer día de la creación
(Justino,
Clemente) y el primer día de la
nueva creación, es decir la Resurrección de Cristo
(Pseudo –Bernabé,
Justino, Tertuliano, Cipriano, Orígenes).
También en algún caso se alude a la conmemoración el día de
Pentecostés
(Tradición
Apostólica).
-
•
Es un día para la iniciación cristiana
(Justino,
Clemente, Tradición Apostólica).
-
•
Es un día para escuchar la Palabra de Dios
(Justino,
Orígenes, Didascalia) y para
celebrar la Eucaristía
(Didajé, Justino,
Plinio, Tradición Apostólica, Orígenes, Didascalia).
-
•
Es un día para la ordenación episcopal
(Tradición
Apostólica).
-
•
Es un día para la reconciliación
(Didajé,
Didascalia).
-
•
La consecuencia de todo ello es que el domingo es un día de
alegría para el fiel cristiano
(Pseudo-Bernabé,
Tertuliano, Didascalia).
Tanto de los textos bíblicos como de los testimonios de la
primitiva tradición cristiana podemos deducir que los elementos
más específicos, más característicos y repetidos de la naciente
fiesta del domingo son:
•
La celebración memorial de la Pascua.
• La celebración vespertina de
la Eucaristía como acontecimiento actualizador de la
Pascua.
•
La lectura de la Palabra de Dios.
•
La reunión de toda la comunidad cristiana.
Pero hay otros elementos que con el paso del tiempo se fueron
introduciendo en la práctica dominical. Algunos como la praxis
de la vigilia dominical (oficio dominical con salmos y oraciones
como, por ejemplo, el de Jerusalén que nos narra Egeria)
o la asamblea eucarística matutina junto a la oración de
vísperas por la tarde (impronta característica del las
celebraciones del domingo en las liturgias de Oriente y
Occidente a partir de los siglos III-IV) se integraron sin
muchos problemas en la celebración secular del día del Señor.
Otros, como el descanso dominical
y la obligación de asistir a Misa, siguen siendo cuestiones con
problemática pastoral de gran actualidad. A estos últimos nos
referiremos ofreciendo un pequeño bosquejo histórico.
·
El descanso dominical
Al comienzo del cristianismo el problema del descanso dominical
sencillamente no existe. En el
Imperio romano el domingo o dies solis (día del sol) era
un día laborable para todos (judíos, griegos y romanos). El
comienzo del descanso dominical, es decir, un día en el que se
suspendían los trabajos y negocios no urgentes, es una ley que
no procede de la autoridad religiosa sino de la autoridad civil,
en la época de la paz constantiniana (hacia el 321). Cuando el
cristianismo pasa a ser declarada y consolidarse religión
oficial del Imperio (hacia el 392) al descanso dominical se le
otorgará también un valor religioso como día de culto.
La decisión imperial fue, lógicamente, muy bien recibida por los
cristianos que vieron en ella una oportunidad para depositar en
este día exento de trabajos las crecientes necesidades del culto
por el aumento a ritmo intenso de la conversiones. Será, pues, a
partir del siglo IV cuando se produzcan por los Santos Padres y
los Concilios llamamientos y preceptos a la santificación del
domingo con el descanso, además de con el culto, y cuando se
siente la necesidad de crear una teología del descanso
dominical, atribuyendo al domingo la espiritualidad del sábado
madurada en los primeros tiempos cristianos.
En la Edad Media, con una mentalidad todavía reflejo de la
Antigua, se distinguirán entre trabajos serviles y liberales
para aquilatar la obligación del precepto y se completa la
trasposición legalista del sábado al domingo. Moralistas y
canonistas estudiarán las condiciones mínimas para cumplir el
precepto, desgraciadamente sin ninguna alusión al día del Señor,
sino sólo al tercer mandamiento del decálogo, contribuyendo así
a hacer que se olvide el sentido original pascual, eclesial y
eucarístico del domingo y del descanso que le acompaña.
Esta línea juridicista-moralista se mantendrá prácticamente
hasta el Concilio Vaticano II, pues también el Código de Derecho
Canónico de 1917 se expresa en semejantes términos. El CIC
actual de 1983 ya no distingue entre trabajos serviles y
liberales, como hacía el anterior, y, aunque trata la cuestión
del descanso dominical relacionándola con la obligatoriedad del
precepto de la Misa, lo centra en los motivos teológicos
fundamentales, anticipados someramente en la Constitución
conciliar sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium
(1963),
y que son: encontrar el tiempo material para participar en la
Eucaristía y favorecer con ello su condición de día del Señor,
celebrado desde la alegría, tributando sin que otras cosas lo
impidan el debido culto a Dios. El canon 1247 que trata este
asunto dice así:
El domingo
y las demás fiestas de precepto los fieles tienen
obligación de participar en la Misa; y se abstendrán
además de aquellos trabajos y actividades que
impidan dar culto a Dios, gozar de la alegría propia del
día del Señor, o disfrutar del debido descanso de la
mente y del cuerpo.
El Catecismo de la Iglesia Católica (1992) remarca estas ideas y
añade la idea de la plenitud del domingo cristiano sobre el
sábado judío y la perspectiva escatológica del descanso. El
número 2175 lo expresa así:
El domingo
se distingue expresamente del sábado, al que sucede
cronológicamente cada semana, y cuya prescripción
litúrgica reemplaza para los cristianos. Realiza
plenamente, en la Pascua de Cristo, la verdad espiritual
del sábado judío y anuncia el descanso eterno del hombre
en Dios. Porque el culto de la ley preparaba el misterio
de Cristo, y lo que se practicaba en ella prefiguraba
algún rasgo relativo a Cristo.
El Papa Juan Pablo II en la Carta Apostólica sobre la
santificación del domingo Dies Domini (1998), documento
de referencia más reciente sobre el tema, trata la cuestión del
descanso dominical situándola en el Capítulo IV titulado: «Dies
hominis.
El domingo es día de alegría, descanso y solidaridad»,
poniendo así de relieve su perspectiva antropológica. El Papa
destaca la necesidad individual y social de la alternancia entre
trabajo y descanso, imitación de la acción de Dios en la obra
creadora en la que el hombre es colaborador.
También alude al valor espiritual del descanso y las
posibilidades que ofrece de enriquecimiento espiritual, mayor
libertad, contemplación y comunión fraterna.
·
El precepto dominical
La costumbre de reunirse en asamblea eucarística el día del
Señor ya hemos visto que es una costumbre que se remonta a los
tiempos de la Iglesia naciente. El domingo se posiciona
rápidamente como día de culto y hasta el siglo IV se encuentran
diversos llamamientos a no dejar de celebrar la Eucaristía en
este día.
Esta recomendación empieza a tomar cuerpo normativo a partir del
siglo IV en algunos sínodos provinciales, como por ejemplo el
concilio de Elvira (306-313), aunque con bastante margen de
tolerancia.
Como en el caso del descanso dominical a partir del siglo VI la
legislación sobre el tema del precepto se hace mucho más
concreta.
Numerosos concilios locales e incluso decretos imperiales, como
el de Carlomagno, establecen jurídicamente la obligación de
asistir a la Misa dominical para todos los fieles.
Estas leyes locales irán adquiriendo progresivo reconocimiento
para toda la Iglesia universal, no sin ciertas dificultades,
durante la Edad Media.
Pero la posibilidad de que la autoridad eclesiástica pudiera
dispensar a algunos de tal obligación y el distanciamiento
evidente entre jerarquía y pueblo, entre el cura que “dice” la
Misa” y el fiel que la “escucha” o simplemente “asiste” a ella,
convierten poco a poco el precepto dominical en algo individual
cada vez más desconectado de la vida comunitaria y del sustrato
teológico que originalmente motivaba la asamblea eucarística del
domingo, que era la celebración de la Resurrección del Señor.
En el siglo XV los teólogos empiezan a presentar la asistencia
la Misa dominical como un precepto que obliga bajo pena de
pecado mortal. Esta obligación individual, que hasta entonces
los fieles debían cumplir en la propia parroquia, la oficializa
el Papa León X en el siglo XVI como norma a seguir por todos los
fieles de la Iglesia, aunque desde ahora podrán ya cumplirla en
cualquier parroquia.
El CIC de 1917 refrenda esta norma en su canon 1248 y el actual
CIC de 1983 habla, como ya vimos, en el canon 1247 de “la
obligación de participar en la Misa el domingo y los demás días
festivos de precepto”. La Constitución Sacrosanctum Concilium
recupera como razonamiento el sentido pascual de la celebración
dominical y por eso en este día, dice, “los fieles deben
reunirse”.
El Catecismo de la Iglesia Católica confirma la obligación del
precepto, señala las condiciones para su dispensa y reitera su
incumplimiento injustificado como falta grave. Lo vemos en el n.
2181:
La Eucaristía
del domingo fundamenta y confirma toda la práctica cristiana.
Por eso los fieles están obligados a participar en la Eucaristía
los días de precepto, a no ser que estén excusados por una razón
seria (por ejemplo, enfermedad, el cuidado de niños pequeños) o
dispensados por su pastor propio. Los que deliberadamente faltan
a esta obligación cometen un pecado grave.
La justificación al precepto que da el Catecismo la
expone así en el n. 2182:
La participación
en la celebración común de la Eucaristía dominical es un
testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo y a su
Iglesia. Los fieles proclaman así su comunión en la fe y la
caridad. Testimonian a la vez la santidad de Dios y su esperanza
de la salvación. Se reconfortan mutuamente, guiados por el
Espíritu Santo.
La Carta Apostólica Dies Domini trata la cuestión el
Capítulo IV titulado «Dies
Ecclesiae.
La asamblea eucarística, centro del domingo», resaltando
su dimensión eclesial. Lo justifica apoyándose en el carácter
originario del domingo como día para la reunión de la comunidad
en asamblea eucarística,
en la importancia que el domingo tiene para la vida cristiana
para celebrar y renovar el recuerdo actualizado del Misterio
Pascual y como celebración distintiva de los cristianos
que ofrece la oportunidad de dar testimonio de su fe en un
ambiente secularizado.
·
Conclusiones respecto a la
consideración histórica del domingo:
– Confrontando los textos
neotestamentarios que nos dan referencias cultuales del domingo
con los primeros textos patrísticos al respecto, tenemos
elementos suficientemente fundados, aunque no del todo seguros,
para establecer el origen apostólico del domingo como día de
culto.
– El domingo nace en el clima eucarístico y espiritual (pneumático
y escatológico) de las manifestaciones del Resucitado en
Jerusalén y de ahí se va extendiendo a las nacientes comunidades
cristianas, como, por ejemplo, las paulinas. Esto nos indica su
profunda conexión con los acontecimientos salvíficos más
decisivos de vida de Jesús,. Se puede decir, por tanto, que el
origen del domingo como día de culto está estrechamente
vinculado, como la Eucaristía o el Sacerdocio, al núcleo mismo
de la fe cristiana, el Misterio Pascual de Cristo con
estrechísima proximidad histórica y teológica.
– Con el paso del tiempo, en las comunidades del cristianismo
primitivo de los diferentes lugares los nombres que designan al
domingo –con rico sustrato teológico– y las actividades
cultuales que en él se realizan –sobre todo sacramentales– , se
diversifican mucho enriqueciendo el significado teológico y
litúrgico de este día, convirtiéndose para la vivencia de la fe
y actividad secular de los cristianos en una referencia
temporal, teológica y celebrativa de primera magnitud que ha
llegado hasta nuestros días.
– El domingo, como día de culto al Señor y de descanso semanal,
según todo lo anterior, está sólidamente enraizado en la
Escritura y en la Tradición, erigiéndose como una celebración
específicamente cristiana que se desmarca del
Sabath judío y llena de contenido de fe el día del sol
pagano. Es, pues, una fiesta semanal que identifica a los
cristianos y su culto frente a otros usos y creencias.
–
La Iglesia a lo largo de los siglos ha mantenido con fidelidad
más o menos explícita los elementos originarios y tradicionales
de la praxis dominical, que son: la memoria de la Pascua de
Cristo, la celebración de la Eucaristía, la lectura de la
Palabra de Dios y la reunión de toda la comunidad cristiana. En
base a ellos, para garantizar su específica identidad cristiana
y su debido cumplimiento, ha ido estableciendo normas que
regularan la adhesión individual y comunitaria de los fieles a
los mismos y así pudieran manifestaran externamente un
testimonio cristiano ante el mundo.
2. El Domingo, Pascua
Semanal
Teología del domingo y su dimensión
sacramental
El domingo es el núcleo primitivo de todo el año litúrgico. La
tradición de la Iglesia lo ha ido llenando de múltiples
significados teológicos que hacen que en cada domingo del año
puedan destacarse matices diferentes, que a su vez forman todos
juntos el rostro distintivo de un día muy especial y
significativo para los que profesan la fe cristiana.
El domingo es ante todo una fiesta, y una
fiesta cristiana, que nace como tal al mismo tiempo que el
propio cristianismo y éste lo ha ido colmando de referencias
divino-humanas que lo convierten en un verdadero sacramento de
la salvación que Dios ofrece a los hombres. Esta salvación nos
es ofrecida en Cristo Jesús, verdadero origen y centro de la
fiesta dominical, que con su muerte y Resurrección (su Misterio
Pascual)
y el don de su Espíritu Santo inaugura un nuevo tiempo para la
humanidad (el tiempo de la gracia y la alegría), un nuevo pueblo
(la Iglesia), una nueva alianza (significada en la Eucaristía).
El domingo resume en sí toda la economía
salvífica pasada, presente y futura.
Su celebración es
–
Memoria del pasado, pues es punto de
llegada de la economía veterotestamentaria que recuerda la
primera creación, la antigua alianza de Dios con su pueblo y la
nueva alianza inaugurada en Cristo.
–
Actualización del presente: el
domingo se presenta, ante todo, como una anámnesis del “Kyrios”,
el día de la presencia actual y actuante del Misterio Pascual de
Cristo por el que Padre a través del Espíritu renueva y otorga
la salvación en la Iglesia.
–
Profecía del futuro: el domingo
tiene una clara dimensión escatológica, ya que anuncia y en
cierto modo anticipa la vuelta gloriosa del Resucitado cuando
venga a celebrar con los elegidos la pascua eterna. La liturgia
terrena es siempre anticipo de la liturgia celestial de la Nueva
Jerusalén, adonde nos dirigimos como peregrinos guiados por la
fe
y a la cual esperamos llegar para celebrar allí “el domingo sin
ocaso” en el que la humanidad entera contemplará el rostro de
Dios y alabará por siempre su misericordia.
En la celebración del domingo confluyen
todos los elementos citados que le erigen en el día más
significativo e identificador de los cristianos, tal y como
hemos visto que sucede desde los albores del cristianismo: en el
día del Señor se reúne la comunidad cristiana en
la alegría y el descanso para conmemorar y
celebrar la Resurrección de Jesucristo con la
Eucaristía.
Los nombres con los que desde los primeros
siglos se ha ido designando al domingo ponen de relieve las
diversas dimensiones del Misterio Pascual del cual el domingo
hace memoria semanal. A través de un recorrido por los mismos
podemos descubrir los diversos aspectos teológicos que llenan de
razón de ser y contenido a este día
y que le dan un verdadero carácter sacramental, pues en él
intervienen los tres protagonistas típicos de todo sacramento:
Cristo, la Iglesia y el hombre.
Día de Cristo

·
Primer día después del
sábado – Primer día de la semana
Es la denominación
más antigua que se dio al domingo, con una clara conexión con la
terminología judía. Aparte de su evocación al primer día de la
creación, cuando Dios crea la luz (Cf. Gn 1,3-5) es, sobre todo,
una clara referencia cristiana a la Resurrección de Jesucristo,
que aconteció, tal y como nos relatan los evangelios, “el primer
día después del sábado” (Cf. Mc 16,2 y paralelos). El
paralelismo creación – nueva creación, luz –Resurrección es una
constante de interpretación del domingo en los escritos de los
Padres.
En conclusión, la expresión «primer día de
la semana» referida el domingo pone de relieve el tema de la
Pascua (semanal) como paso de las tinieblas a la luz en la
creación del mundo, como paso de la muerte a la vida en la
Resurrección de Jesucristo.
·
Día del Señor
La
expresión «día del Señor» la encontramos, como vimos, en el
libro del Apocalipsis (1,10). Tiene varios significados. Evoca
el día en que actuó el Señor (Sal 117), el día de la
manifestación del Señor para juzgar a los hombres (Is 2, 12), el
día de la Pascua de Resurrección en la que Jesús se ha
constituido como Señor de vivos y muertos (Kyrios)
sentado a la derecha del Padre en la gloria celeste.
El día del Señor remite, por tanto,
a Cristo glorificado, exaltado a la derecha del padre, Mesías e
Hijo de Dios en el sentido que estas expresiones tienen para la
fe cristiana. El domingo es el día que celebra al Señor como el
único que puede salvar. No es sólo, según esto, un mero recuerdo
de la Resurrección, sino el día en el que se hace presente el
Resucitado y su gracia en medio de los suyos reunidos en su
nombre mediante la Eucaristía, día en el que Cristo se nos da a
nosotros más que nosotros a Él. De esta concepción surgiría, por
ejemplo, la prohibición de ayunar y orar de rodillas en el
domingo, pues el ayuno y la genuflexión se entendían como signos
de la ausencia del Señor.
·
Octavo día
Se trata de una expresión que parece
fundarse en el Nuevo Testamento, pues puede derivarse del relato
de la apariciones del Resucitado en Jn 20, 26: “ocho días
después estaban los discípulos...”. La literatura cristiana de
los primeros siglos llama así al domingo en varias ocasiones.
Con este nombre se quiere subrayar su
dimensión profética y escatológica, poniendo de relieve no sólo
su condición de un recuerdo del pasado de la Resurrección de
Cristo, sino el presente de la misma (Cristo resucitado presente
entre los suyos) y el futuro como anuncio de la segunda venida
del Señor y como prenda y anticipo de la vida eterna y de
nuestra propia Resurrección.
·
Día de la Trinidad
Esta denominación es respecto a las
anteriores bastante reciente, pues se empieza a utilizar a
partir del siglo IX, porque en esta época figura en los libros
litúrgicos de las oraciones para la Misa el formulario para la
Misa de la Santísima Trinidad colocado siempre en domingo.
No cabe duda que el domingo es también el
día de la Trinidad, porque la obra de la salvación es común a
las tres personas divinas. Dios nos salva por medio de Cristo en
el Espíritu. Todo viene del Padre por medio del Hijo encarnado,
con la presencia en nosotros del Espíritu, el mismo Espíritu que
“resucitó a Jesús de entre los muertos”
Partiendo de los tres nombre principales
que hemos visto antes referidos al domingo y recordando su
significado, podemos advertir la dimensión trinitaria de la
celebración dominical: el primer día de la semana
recuerda la obra creadora de Dios Padre; el día del Señor
ilumina la obra salvadora realizada por Cristo; el octavo día
recuerda la renovación del Espíritu insuflado sobre los
apóstoles.
Día de
la Iglesia
·
Día de la Eucaristía
El domingo ha sido, desde la época
apostólica, el día en el que la comunidad cristiana se reunía en
asamblea litúrgica para celebrar la Eucaristía. Esta praxis, que
la Iglesia ha querido y quiere a toda costa, tiene una
motivación teológica: la razón de ser del domingo es celebrar la
Pascua del Señor, su Resurrección gloriosa, centro de la nueva
economía de la salvación, cuya memoria ininterrumpida desde el
comienzo de la Iglesia se ha hecho en este día de la semana. Y
esta memoria siempre se realiza celebrando la Eucaristía, por lo
que «día del Señor» y «misterio eucarístico» son dos realidades
inseparables en las que se produce una clara identidad
teológica.
Por la Eucaristía, los cristianos se
encuentran semana tras semana con el Resucitado, escuchan su
Palabra y reciben de sus manos el pan de su Cuerpo para
participar realmente de su misma vida y ser fieles testigos
suyos entre los hombres.
La Eucaristía es algo fundamental para la
vida cristiana. Su celebración en domingo pone aún más de
manifiesto su estrechísima vinculación con el Misterio Pascual y
especialmente con la Resurrección de Jesús. Renunciar a ella
sería traicionar el propio designio salvífico de Dios, que quiso
quedarse entre nosotros para conducirnos a Dios.
El precepto dominical, visto desde esta
perspectiva, ayuda todos los cristianos a no renunciar a
este don maravilloso que Dios hace de sí mismo y a expresar con
toda la comunidad la fe en la Resurrección de Cristo, sin la
cual “vana sería nuestra fe”.
·
Día de la comunidad
cristiana
La presencia del Cuerpo glorioso de Cristo
en la Eucaristía dominical exige y reclama la presencia del
Cuerpo Místico, es decir, la Iglesia unida a su Cabeza. Los dos
Cuerpos, el eucarístico y el Místico, han “nacido” de la Pascua
de Cristo y son, por ello, inseparables.
Por otra parte, la presencia eucarística
del Resucitado para compartir con sus discípulos la mesa del Pan
y de la Palabra, comporta una llamada a la que es preciso
responder con la gratitud de la presencia.
El domingo, desde el comienzo de la
Iglesia, ha sido el día de la asamblea litúrgica,
el día en el que los salvados, dejando momentáneamente sus
trabajos y quehaceres cotidianos, se reúnen en comunidad para
compartir juntos su fe celebrando la Eucaristía y escuchando la
Palabra.
Domingo y reunión comunitaria son también
realidades inseparables, pues ambas actuando conjuntamente
manifiestan visiblemente lo más central del cristianismo la fe
en la Resurrección y son un testimonio semanal de los creyentes
unidos y reunidos para un mundo tan secularizado e
individualista como el nuestro.
·
Fiesta primordial de los
cristianos y núcleo del año litúrgico
El domingo es la principal fiesta cristiana
desde el punto de vista histórico y teológico.
En efecto, hasta bien entrado el
siglo II, lo que hoy llamamos año litúrgico no era otra cosa que
la conmemoración semanal del domingo. Cuando a la pascua
dominical se añadió la celebración solemne de la pascua anual,
ésta no fue sino una derivación del domingo, pues celebraba el
mismo misterio y contenía los mismos elementos celebrativos: la
reunión de la comunidad, la Palabra de Dios y la Eucaristía.
Asimismo, los diferentes tiempos litúrgicos
que con el tiempo se fueron añadiendo al año cristiano no son
sino explicitaciones y desarrollos de la síntesis que encierra
el domingo: el Misterio salvador de Cristo, cuyo núcleo es su
Misterio Pascual, es decir, su Pasión, Muerte y Resurrección.
Desde el punto de vista teológico, el año
litúrgico es un domingo continuamente actualizado, puesto que la
Eucaristía, que es su elemento más característico, resume y
contiene todos los méritos de la Redención.
El domingo es bien llamado, por tanto,
«fiesta primordial»
de los cristianos, ya que por historia, identidad cristiana y
contenidos de fe es un resumen perfecto de todas las fiestas que
un cristiano pueda celebrar a lo largo del año y que, en su
caso, tiene la virtud de la fidelidad de hacerse todas las
semanas.
Esta primacía comporta que el domingo
prevalezca sobre cualquier otra fiesta, aunque pueden existir
razones pastorales muy graves que permitan excepciones.
Día del
hombre
·
Día del descanso y la
santificación
Ya hemos visto que el descanso no pertenece
como tal a la esencia del domingo, puesto que éste fue un día
laboral hasta los tiempos de la paz constantiniana. Pero es
innegable que el descanso dominical crea un ambiente que
favorece lo cultual y lo humano. Así el descanso beneficia a la
comunidad y al individuo porque aprovecha para :
-
- la participación en la Eucaristía. alma del domingo cristiano.
-
- la participación en otras acciones cultuales, caritativas y
apostólicas,
-
- la ayuda a reparar fuerzas físicas y psíquicas
-
- el testimonio del señorío y la dignidad del hombre respecto al
trabajo y al tiempo.
-
- la atención a los valores
espirituales para el propio enriquecimiento personal, dejando
momentáneamente la preocupación y el enriquecimiento de las
cosas temporales.
Desde el punto de
vista teológico, el descanso es una consecuencia lógica de la
participación del hombre en la vida de Dios. Si el trabajo es
una participación en la obra creadora de Dios, el descanso es
una participación en el reposo que Dios mismo se otorga al final
de la creación para ver que definitivamente que “cuanto había
hecho todo estaba muy bien”.
Ese último día que Dios santifica con el descanso el hombre
también lo santifica con su propio descanso. “La alternancia
entre trabajo y descanso, propia de la naturaleza humana, es
querida por Dios mismo, tal y como se deduce del pasaje bíblico
de la creación”.
De todos modos, la especificidad del
descanso cristiano reside, como no, en su carácter pascual: los
cristianos, liberándose del trabajo conmemoran y celebran el
nuevo descanso instaurado por la Resurrección de Jesucristo
–nueva y definitiva creación– y participan en primicia del
descanso definitivo del cielo. El descanso es sinónimo de
liberación de toda servidumbre temporal y esclavitud espiritual
que no dejan al ser humano acercarse a Dios y tratar sin prisas
con Él, dándole el culto debido.
·
Día de la alegría y la
solidaridad
La Constitución del Concilio Vaticano II
sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium y el
vigente Código de Derecho Canónico resaltan el aspecto festivo
del domingo cristiano denominándolo como el «día de la alegría».
Numerosos testimonios de la antigüedad cristiana aluden a esta
característica y resaltan algunas actitudes externas que deben
de manifestarlo como el no ayunar o el orar de pie como signo de
Resurrección.
Esta alegría es de tipo pascual, pues brota
del misterio de Cristo muerto y resucitado, es decir, del hecho
de sentirnos salvados y destinados a la alegría plena e
imperecedera de la gloria. La conciencia de que el Resucitado
está vivo, presente y actuante en la celebración eucarística y
en la entera existencia con su fuerza salvadora, llena de gozo a
quienes se sienten incorporados a Él por el Bautismo.
La alegría dominical es un signo profético
y escatológico. Manifiesta a los demás el reconocimiento de las
maravillas que Dios obra en cada uno, lo cual es motivo de gozo
y gratitud. Al mismo tiempo anuncia la alegría festiva del
Cielo, donde se celebra la liturgia celeste en la plena alegría
junto a Dios.
Pero esta alegría festiva del cristiano en
el domingo no es individualista, como si fuera sólo un simple
sentimiento personal e interior de contento. El domingo, como
dice la Dies Domini, “debe ofrecer también a los fieles
la ocasión de dedicarse a las actividades de misericordia,
de caridad y de apostolado. La participación interior en la
alegría de Cristo resucitado implica compartir plenamente el
amor que late en su corazón:¡no hay alegría sin amor! ”.
Desde el principio la reunión dominical fue
para los cristianos un momento oportuno para compartir con los
necesitados. En esta reunión se hacían una colecta para remediar
las necesidades de los más pobres y para expresar la igualdad y
la solidaridad de todos.
La Eucaristía dominical “es acontecimiento
y proyecto de fraternidad”,
escuela de caridad, de justicia y de paz, oportunidad propicia
para que el corazón de cada creyente se abra a toda la Iglesia,
para poner en práctica junto a la comunidad creyente la cultura
del compartir como signo del valor de la solidaridad con el que
el creyente ha de conducirse en el mundo. Esta idea la expresa
muy bien la Carta Apostólica Dies Domini en el n. 72:
Si éste es día
de alegría, es preciso que el cristiano manifieste con sus
actitudes concretas que no se puede ser feliz "solo". Él mira a
su alrededor para identificar a las personas que necesitan su
solidaridad. Puede suceder que en su vecindario o en su ámbito
de amistades haya enfermos, ancianos, niños e inmigrantes, que
precisamente en domingo sienten más duramente su soledad, sus
necesidades, su condición de sufrimiento. Ciertamente la
atención hacia ellos no puede limitarse a una iniciativa
dominical esporádica. Pero teniendo una actitud de entrega más
global, ¿por qué no dar al día del Señor un mayor clima en el
compartir, poniendo en juego toda la creatividad de que es capaz
la caridad cristiana? Invitar a comer consigo a alguna persona
sola, visitar enfermos, proporcionar comida a alguna familia
necesitada, dedicar alguna hora a iniciativas concretas de
voluntariado y de solidaridad, sería ciertamente una manera de
llevar en la vida la caridad de Cristo recibida en la Mesa
eucarística.
3.
El Domingo, Fiesta primordial de los cristianos
La celebración y vivencia del domingo hoy:
aspectos antropológicos, celebrativos y perspectivas pastorales
El
domingo, ante todo, es un día de fiesta. Los contenidos
teológicos que el cristianismo le ha ido atribuyendo a lo largo
de los siglos no oscurecen el alcance antropológico y expresión
cultural que supone la fiesta en la vida de los hombres.
El domingo
cristiano, pues, participa de las experiencias individuales y
sociales que presenta toda fiesta humana:
–
Es una
celebración extraordinaria, que se
distingue de lo ordinario y representa una alternativa a la vida
cotidiana e incluso expresa cierta ruptura con ella. Su
característica es la diversidad de lo normal, pero no lo rechaza
sino que trata de regenerarlo para hacerlo cada vez más
eficiente.
–
Es
recuerdo y presencia, y así cuando
una comunidad celebra una fiesta recuerda con alegría un
acontecimiento significativo para su vida y se conecta a él
ritualmente para presencializarlo.
–
Es
rito tradicional y fantasía creadora,
su celebración aparece normatizada e institucionalizada, pero
siempre hay un espacio para la creatividad y la espontaneidad
individual y para expresar los sentimientos del momento concreto
por el que pasa la comunidad.
–
Es
alegría y seriedad, hay espacio para
el festejo, para el optimismo, para la afirmación del gozo de la
existencia, pero al mismo tiempo se entremezcla la melancolía,
los recuerdos de los seres queridos y la ansias cotidianas que
angustian. La fiesta no suprime la tragedia de la vida sino que
trata de asumirla y ordenarla.
Todos estos
elementos humanos de la fiesta están presentes en la fiesta
cristiana, pero toda ella está transida del acontecimiento
salvador de Cristo, que es lo que le da sentido y condiciona su
desarrollo ritual.
Pero el domingo
cristiano rompe el esquema más tradicional de las fiestas
humanas: no es una fiesta estacional o anual, sino semanal,
asociada a la continuidad de los días en el breve y repetido
ritmo semanal. Esto la hace original, pero también vulnerable en
el momento socio-laboral presente, en el que lo religioso ya no
tiene tanta importancia ni mucho menos goza de privilegios en
orden económico-político.
En este sentido hoy
comprobamos que una sociedad que da prioridad a resultado
económico las fiestas han dejado de estar al servicio del hombre
a favor de la producción. El hombre así minusvalora en su vida
su vocación transcendente y su autonomía personal. El espacio
que le deja libre el negocio lo ocupa en el ocio personal y
familiar, concebido también hoy por la cultura dominante como
una industria de diversión.
Lo más grave, no
obstante, se centra no tanto en los fenómenos del cambio social
en sí y la complejidad de la vida de hoy, sino la progresiva
secularización de las costumbres y la pérdida de los valores
morales y religiosos.
Hoy no es muy
difícil constatar deficiencia en la vivencia del domingo.
Algunas causas parecen claras:
•
La reducción de la fe y su celebración al ámbito personal
Esto viene
motivado por el debilitamiento de la conciencia eclesial y la
poca predisposición a la celebración religiosa comunitaria ante
la preferencia de una piedad individual de tipo devocional-tradicional.
•
La reducción del Misterio y su celebración al interés particular
de los grupos
Éste es un
viejo problema en la Iglesia, ya la Didascalia habla de
él en el siglo III. Y no cabe duda de que las épocas de mayor
decadencia litúrgica han coincidido con los individuos y grupos
que han individualizado la celebración. La asamblea dominical es
disminuida no sólo por quienes no acuden, sino también por
quienes, rehuyendo la celebración común, reivindican la propia
autonomía en celebraciones cerradas de grupo. El domingo es un
día para experimentar la Iglesia en su celebración, y es en la
Iglesia local donde subsiste la Iglesia una, santa y católica.
•
La reducción «secular» de la fe cristiana
La
secularización de la sociedad moderna ha hecho mucho daño a la
vivencia cristiana del domingo. Algunos factores que han
relegado a la religión, a la liturgia y, por extensión, al
domingo, a un segundo plano entre las prioridades de muchos
cristianos son:
-
-
La suficiencia material que prescinde de lo espiritual.
-
-
El fin de semana y la múltiple oferta de entretenimiento que lo
acompaña, en forma sobre todo de deporte y ocio.
-
-
El relativismo religioso-celebrativo.
-
-
La concepción de los sacramentos como algo desfasado u
ocasional.
-
-
La catequesis orientada sólo al plano antropológico y moral.
Además muchos
confiesan buscar en la celebración un sintonía de sentimientos
casi al modo de un espectáculo. El resultado es que se buscan a
sí mismos y no el encuentro con el Misterio, con el Señor. Es
difícil que se perciba el Misterio si no se he enseñado,
catequizado a percibirlo. Cuando no encuentran su “diversión”,
su satisfacción personal, entonces se suelen escuchar frases
como que “la Misa no me dice nada”, “lo importante no es ir a
Misa sino ser buenos cristianos”, “este cura es muy pesado”,
etc.
Ante este panorama a los cristianos
nos surgen muchos interrogantes: ¿tiene hoy sentido seguir
celebrando del domingo? El alejamiento efectivo de vivencia
eclesial de la fe, que hoy constatamos, y la propia pérdida de
la identidad cristiana ¿tienen alguna solución?
No cabe duda que hoy resulta muy
necesaria una revalorización del domingo.
Para reacreditarlo es preciso antes redescubrirlo y amarlo como
la Iglesia hacía en sus orígenes. Se pueden ofrecer algunas
propuestas que ayuden en esta tarea revalorizadora:
•
Recuperar la importancia central del domingo y su liturgia en la
pastoral
El domingo y su celebración cristiana han
de colocarse en la pastoral como una de las opciones
prioritarias en la misma. Si la Liturgia es fuente y culmen de
toda la actividad de la Iglesia,
la liturgia dominical ha de ser fuente y culmen de la vida
diocesana.
Todos sabemos que hay un cierto número de
sacerdotes y fieles que no consideran la Liturgia como una
acción prioritaria en sus planes y actividades pastorales. En
ello influye sin duda un conocimiento equivocado y lleno de
prejuicios sobre la misma, al contemplarla con una visión
juridicista (rúbricas), exteriorista (pura ceremonialidad),
tradicionalista (sacramentalismo) o “desencarnada” (pastoral de
sacristía). Sin embargo, de forma paradójica, celebran y
participan constantemente en las acciones litúrgicas de la
Iglesia, sin caer, tal vez, en la cuenta de que toda esta
actividad celebrativa, que reúne semanal u ocasionalmente a gran
cantidad de fieles, merece ser considerada y trabajada como un
campo magnífico de evangelización.
Evangelizar y formar a los fieles con la
Liturgia, sobre todo la que se celebra en la asamblea dominical,
es un reto que en los momentos actuales es de capital
importancia para la revitalización de la vivencia cristiana del
domingo. Esto exige una paciente y continua labor catequética y
formativa en los fieles, sobre todo en los niños y adolescentes,
privilegiando el proceso catecumenal junto al sacramental en la
Iniciación cristiana. Aprovechar la homilía
como medio de evangelización de la vida a la luz de la Palabra
proclamada es otra realidad que en nuestras celebraciones es
necesario potenciar. También se precisa hoy una seria labor de
formación litúrgica de los fieles, ayudándoles a descubrir la
presencia del Misterio en las diversas partes y signos de la
celebración y a poner de manifiesto la conexión de ésta con los
aconteceres de su existencia humana.
•
Mejorar el estilo de la celebración
Las
celebraciones deberían ser decididamente más pascuales y
festivas, mucho más desclericalizadas y no centradas en un
discurso ético-moral. La celebración dominical no debe reducirse
a acentuar intereses más o menos sentimentales o
propagandísticos. No se debe caer en la pura formalidad de que
el pueblo pueda cumplir el precepto y el sacerdote con su
obligación de atender esa comunidad.
Tal es vez se hace necesario reorganizar la
pastoral del domingo. Los pastores han de atender a la calidad
de su función presidencial,
debidamente preparada y explicitada con los elementos propios
del día, sin prisas por las múltiples Misas que hay que
celebrar. Su preocupación ha de ser la de tener celebraciones
verdaderamente evangelizadoras, no multiplicadas. Esto no
significa que por sistema las Misas han de ser más largas sino
más participativas y precisas, centradas en la relación y
vivencia del Misterio que se celebra.
Aquí tienen un inmenso campo de
posibilidades los Equipos de Animación Litúrgica
en las parroquias, con religiosos y laicos bien formados y
preparados a los que se le cancha en este campo. El Equipo
litúrgico no tiene como función “secularizar” la liturgia, sino
darle el carácter festivo que le es propio, insuflándole al
mismo tiempo frescura a las celebraciones para que no caigan en
la rutina y el encorsetamiento.
•
Concienciar a los fieles sobre el verdadero significado del
domingo y el sentido del precepto
Es importantísimo hacer entender a los
fieles que ambos, domingo y precepto, tienen una dimensión
pascual, eclesial y escatológica. El protagonismo es de Cristo
resucitado que actúa unido a su Cuerpo que es la Iglesia. Cristo
nos da infinitamente más de lo que nosotros le podemos dar a Él
con nuestro culto dominical.
A la celebración del domingo vamos a
recibir más que a dar. Y lo que recibimos lo necesitamos para
poder seguir adelante en nuestra vida cristiana y en nuestro
seguimiento del evangelio. Quien percibe que recibe de Dios se
mostrará contento y revitalizará su fe. Quien, por el contrario,
vaya a buscar en la Misa dominical lo que le puedan dar los
hombres, saldrá la mayor parte de las veces decepcionado y
desencantado y, posiblemente se buscará otros “espectáculos” y
actividades que sacien sus necesidades interiores.
Hemos de hacer un esfuerzo todos, pastores
y laicos, para acentuar la conciencia de que el domingo es la
fiesta de los cristianos, una de nuestras más importantes señas
de identidad, la celebración primordial en la que nuestras vidas
recuerdan y actualizan el Misterio Pascual de Cristo, que es
centro de nuestra fe.
Para redescubrir y revalorizar el domingo,
en conclusión, hemos también de nosotros los cristianos de hacer
una pascua en la vivencia de este día, un paso de las realidades
que lo están cercenando y ahogando a otras que le puedan dar el
esplendor y la importancia que le corresponde. Así hemos de
pasar en el domingo:
-
• De la rutina celebrativa a la
imaginación pastoral.
-
• De una visión cuantitativa (número
de misas) a un enfoque cualitativo.
-
• De la mera evasión del trabajo a
la necesidad de hacer fiesta para recuperar las fuerzas y la
esperanza.
-
• De las apetencias individualistas
y consumistas al gozo de compartir la fe en comunidad.
-
• Del sentido moral al sentido
pascual.
-
• Del precepto como carga al
precepto como alimento de la fe.
-
• De la asistencia distante a la
participación activa.
-
• De la conciencia de grupo a la
conciencia de Iglesia.
4. Las asambleas dominicales en ausencia del sacerdote
A l
igual que sucede con el domingo, el apunte que hace el Concilio
Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium
sobre la conveniencia de que se fomenten en las diócesis las
Asambleas Dominicales y festivas en Ausencia del Presbítero [=
ADAP]
marcan el punto de partida de una nueva comprensión
teológico-pastoral de la vivencia y celebración dominical.
Los factores que últimamente han
contribuido a mantener vivo el interés pastoral por este tipo de
celebraciones son bien conocidos, de forma especial en las
diócesis con un mayor número de parroquias rurales: escasez
creciente de sacerdotes, por un lado, e imposibilidad para los
mismos de llegar los domingos a todas las comunidades que tienen
encomendadas para celebrar la eucaristía sin transgredir la
normativa canónica,
por otro.
Pero estas celebraciones no son nuevas en
la historia de la Iglesia. En años anteriores al Vaticano II se
realizaban ya a modo experimental en lugares de misión o con
problemas de libertad religiosa, y la cuestión había sido
abordada en varios Congresos internacionales. Anteriormente, en
los siglos XVIII y XIX tenemos noticias de celebraciones de este
tipo en países como Alemania, Francia y Hungría en momentos
pastorales especialmente dificultosos para la Iglesia.
Tras la celebración del Concilio se aborda nuevamente el tema en
la Instrucción Pastoral Inter Oecumenici de 1964
que, hablando de las celebraciones de la Palabra, precisa
mucho más que el número 35.4 de la SC el contenido de las ADAP.
Aunque los inicios
de este tipo de celebraciones fueron vacilantes y aislados con
el tiempo, debido a la agudización de los factores antes
citados, se van haciendo cada vez más numerosas y recurridas.
Esto motiva la aparición de un documento definitivo y universal
que regulara las ADAP y unificara su práctica pastoral. Así, en
1988, sale a la luz el Directorio para las
celebraciones dominicales en ausencia del presbítero.
Unos años más tarde en 1997 la
Instrucción Algunas cuestiones acerca de la colaboración de
los fieles laicos en el sagrado ministerio de los sacerdotes
firmada por diversas Congregaciones de Roma
sale al paso de algunos abusos detectados en la práctica y
recuerda las condiciones especiales de esta celebración para los
fieles.
Juan Pablo II, por último, se refiere a
las ADAP en el n. 53 de la Carta Apostólica Dies Domini
de 1998 refrendando su conveniencia pastoral y manifestando su
referencia y orientación a la Eucaristía dominical.
Teniendo en cuenta las aportaciones de todos estos documentos
postconciliares, especialmente las del Directorio de 1988,
podemos hacer una síntesis de los diversos aspectos de las ADAP
que en ellos se nos indican:
1. Aspectos teológicos
-
• Importancia y necesidad de la
asamblea dominical en la vida cristiana.
-
• Prioridad de la Eucaristía sobre
cualquier otro tipo de celebración dominical.
-
•
Participación del sacerdocio común de los
fieles y del sacerdocio ministerial en el único Sacerdocio de
Cristo, aunque en diferente modo y autoridad.
-
• Vinculación del ministerio
sacerdotal a la Eucaristía y a la presidencia de toda acción
litúrgica.
-
• Insustituibilidad del ministerio
ordenado en su unidad y diversidad de funciones.
-
• Posibilidad de colaborar y, en
caso de necesidad, suplir de los laicos en puntuales funciones
del ministro ordenado.
-
• Carácter de suplencia y
eventualidad en todo tipo de funciones ministeriales
presidenciales confiadas a los laicos.
2. Aspectos
eclesiológicos
-
• La Iglesia como Pueblo de Dios que
se edifica en la comunión orgánica de sus miembros según los
diversos ministerios y carismas.
-
• La Iglesia como Cuerpo Místico en
el que han de participar activamente todos sus miembros.
-
• La
Iglesia como institución jerárquica en la que sus miembros
participan de diverso modo de la triple misión de evangelizar,
santificar y regir.
-
• Tradición apostólica
ininterrumpida de la Iglesia de reunirse en asamblea el Domingo,
día del Señor, para celebrar el misterio pascual.
-
• La
asamblea dominical como signo de la identidad cristiana y
elemento irrenunciable de la Iglesia.
-
• La
Palabra de Dios, la Eucaristía y el ministerio sacerdotal como
dones que el Señor ofrece a su esposa la Iglesia, sobre todo en
la asamblea dominical.
3. Aspectos jurídico-normativos
-
• Salvaguardar la identidad eclesial
de cada uno de los miembros.
-
• Poner de relieve la vital comunión
jerárquica.
-
• Promover la disciplina y recto
desempeño de las funciones propias y específicas.
-
• Animar la colaboración laical y
denunciar y evitar los abusos.
-
• Urgir a la observancia de todas
las leyes eclesiásticas.
-
• Establecer las indicaciones y
normas generales para toda la Iglesia en orden a su recto y
unánime desarrollo universal referidas a:
-
- Asamblea dominical
-
- Celebraciones de la Palabra
-
- Suplencias de religiosos o laicos
-
- Competencia del Obispo
-
- Competencia del párroco
-
- Otros medios para santificar el
Domingo
-
• Las Conferencias Episcopales han
de determinar las normas y adaptaciones particulares en sus
territorios referidas a las ADAP.
-
• Establecer las condiciones que
legitiman las ADAP en las diócesis.
4. Aspectos pastorales
-
• Constatación de la imposibilidad
de que muchos fieles puedan participar el domingo en la
celebración eucarística por ausencia del ministro ordenado u
otras causas graves.
-
• Posibilidad de que las comunidades
puedan reunirse en una asamblea litúrgica dominical bajo la
presidencia de un religioso o laico especialmente designado y
previamente bien formado.
-
• Colaboración de los laicos
en la vida y actividad de la Iglesia, especialmente en las
acciones litúrgicas.
-
•
Canalización de los diversos carismas y funciones eclesiales en
beneficio de la comunidad y de toda la Iglesia según su carácter
específico.
-
• Designación y permiso necesario
del obispo y seguimiento litúrgico-pastoral del párroco.
-
•
Especial cuidado en evitar la confusión entre la ADAP y la
celebración eucarística.
-
• Posibilidad de suplencia en
algunas funciones de los pastores a causa de la necesidad o de
la utilidad de la Iglesia. Tales funciones se centran en::
-
- Catequesis
-
- Distribución de la comunión
-
- Presidencia por una especialísima
causa grave en algunas celebraciones de sacramentos o
sacramentales (Bautismo, Matrimonio, Exequias).
-
- Presidencia de las ADAP.
5. Aspectos litúrgicos
-
• Centralidad y preeminencia de la
Eucaristía en la asamblea dominical.
-
• Elementos propios y específicos de
la asamblea dominical:
-
- Reunión de fieles
-
- Lectura y explicación de la
Palabra
-
- Sacrificio eucarístico celebrado
por el sacerdote
-
• Carácter de suplencia y referencia
de las ADAP a la Eucaristía y al presidente de ésta, el
sacerdote.
-
• La celebración de la Palabra de
Dios seguida de la distribución de la comunión como la forma más
recomendable de celebración en caso de no poder celebrarse la
Eucaristía.
-
• Seguimiento cercano del obispo y
el párroco en la formación de los guías y preparación litúrgica
de las ADAP.
-
• Esquema celebrativo de las ADAP:
-
- Ritos iniciales:
-
- Liturgia de la Palabra
-
- Acción de gracias (antes o
después de la distribución de la comunión)
-
- Ritos de la comunión
-
- Ritos de conclusión
-
• Colaboración de los laicos,
salvaguardando su identidad eclesial, en otros momentos
litúrgicos de la comunidad:
-
- El ministerio de la Palabra:
catequesis, no homilías, salvo en caso de suplencia por
necesidad (por ejemplo las ADAP).
-
- Celebraciones litúrgicas sin
interferir en las funciones propias de los ministros ordenados.
-
- Asambleas dominicales en ausencia
del sacerdote (ADAP)
-
- Ministros extraordinarios de la comunión.
-
- Apostolado de los enfermos
-
- Asistencia a la celebración del
Matrimonio.
-
- Ministro del bautismo por causa
excepcionalmente grave.
-
-
Animación de las celebraciones exequiales.
El esquema de la celebración de las ADAP
que ofrece el Directorio
merece, por la utilidad que puede prestar a la hora de llevarlas
a cabo, un comentario
un poco más amplio:
•
Ritos iniciales
Tienen la misma finalidad descrita
en la
Ordenación General del Misal Romano [= OGMR] n. 24, es
decir, constituir la asamblea santa y preparar para la
celebración. Se puede, por tanto, seguir el orden de los ritos
iniciales de la Misa, incluyendo la oración colecta. Merecen
especial atención el canto de entrada y el acto penitencial,
sobre todo pensando en una ulterior participación en la
comunión.
•
Liturgia de la Palabra
Es, como en cualquier celebración
sacramental, el diálogo entre Dios y su pueblo. Es conveniente
utilizar el Leccionario de la Misa, pero se ha de cuidar en todo
caso el orden de lecturas propio de la liturgia de la Palabra
con el canto del aleluya en su momento. Se puede omitir alguna
lectura –circunstancia ésta que no se puede hacer nunca en la
Misa dominical– pero nunca el Evangelio.
Se recomienda una explicación de las
lecturas (lo cual exige una meditación y cuidada preparación
previa en el que habla) o un sagrado silencio para meditar lo
que se ha escuchado. Una buena solución puede ser que, cuando
presida un diácono, sea él quien diga la homilía, y cuando
presida un laico lea la homilía transmitida por el párroco o al
menos tenga en cuenta un esquema previo preparado por aquel.
La oración de los fieles se hará según la
serie de intenciones establecida para la Misa (OGMR 46), es
decir, por la Iglesia, los gobernantes y el mundo, los
oprimidos, la comunidad local y otras intenciones referidas a la
diócesis y sus pastores y necesidades. En esto último la
intención es vincular la asamblea a la Iglesia particular y
local. Aunque el Directorio no menciona explícitamente la
recitación del Símbolo de la fe o Credo, esta es una parte de la
liturgia de la Palabra que no debiera faltar normalmente.
El directorio no dice nada de la colecta de
dinero, común en la eucaristía dominical tras la liturgia de la
Palabra y precedente a la presentación de los dones, por lo que
corresponde al párroco y al equipo responsable de la ADAP ver la
oportunidad de hacerla o no.
•
Acción de
gracias
Este parte de la celebración pone de
relieve los sentimientos de gratitud de los fieles mediante los
cuales Dios es bendecido por su gloria inmensa. La acción de
gracia de la ADAP no es una plegaria eucarística, por lo que hay
que poner especial cuidado en que los fieles no la confundan con
ella.
La
razón de ser de esta parte es la de responder de manera
comunitaria a la Palabra de Dios y elevar al Padre la ofrenda de
la oración (no de los dones) de sus hijos. El paralelo con la
plegaria eucarística, al menos con el prefacio, es evidente,
pero esto no debe llevar a omitir este elemento, muy sugestivo y
pedagógico para los fieles.
El Directorio propone dos modos para
realizar la acción de gracias que :
El primero es una acción de gracias en
sentido estricto y puede hacerse, a su vez, en uno de estos dos
momentos: después de la oración de los fieles o después de la
comunión. En ambos casos se pueden usar salmos de alabanza y
acción de gracias o se puede cantar un himno o un cántico como
el Gloria, el Magnificat, el Benedictus,
etc., e incluso se puede hacer una plegaria litánica dirigida
por el moderador de la celebración vuelto con los demás al altar
estando todos de pie.
El segundo modelo es propiamente un momento
de adoración previa a la recepción de la comunión. Se prescribe
el gesto de colocar el Sacramento sobre el altar antes del
Padrenuestro y arrodillarse el moderador junto con toda la
asamblea para cantar o recitar la acción de gracias. En este
caso, el cántico elegido, la plegaria o las preces litánicas han
de tener preferentemente temática eucarística, con contenido
dirigido al Señor presente en las especies eucarísticas
reservadas.
•
Ritos de
la comunión
Estos ritos expresan y realizan la
unión con Cristo y con los hermanos, sobre todo con aquellos que
en el mismo día participan en el sacrificio eucarístico. Esta
vinculación se pone de manifiesto de una forma más plena a
través de algunos signos, como el uso del Pan eucarístico
consagrado ese mismo domingo en la Misa celebrada en otro lugar
y traído por el diácono o por un laico y depositado en el
sagrario antes de la celebración. Si no hay posibilidad de hacer
esto, mucho más significativo, se puede usar el Pan consagrado
en la última eucaristía celebrada en la iglesia.
Para los ritos de la comunión se procede
así: el moderador se acerca al sagrario, lo deposita sobre el
altar e inicia el canto o recitación de la Oración Dominical o
Padrenuestro, que se hace siempre (a no ser que en este momento
se haga la acción de gracias tal y como se indica en el segundo
modo). Después se hace el rito de la paz, aunque éste es
facultativo. A continuación se procede a la distribución de la
comunión. Concluida ésta, se puede hacer una momento de silencio
sagrado o la acción de gracias (si se escoge este momento para
hacer la acción de gracia según el primer modo).
•
Ritos de conclusión
Expresan la unión de la liturgia con
la vida cristiana. Estos ritos comprenden el saludo y la
bendición sólo cuando preside un diácono, o la invitación a
bendecir al Señor y la despedida cuando la celebración ha estado
moderada por un laico. Antes de estos ritos se darán los avisos
oportunos y las noticias relativas a la vida parroquial y
diocesana, nuevo detalle de vinculación con la Iglesia
particular y local.
Tanto en los diversos aspectos a los que
nos referíamos antes como en el esquema celebrativos que
acabamos de comentar, se nota la positiva influencia de varios
años de experiencia de las ADAP en varios y diversos lugares. En
su estudio y disposición ha sido muy importante aportación
madurada de teólogos, liturgistas y pastores. La consideración
de este tipo de celebraciones dominicales y festivas en los
documentos muestra un tono indicativo e iluminador más que
impositivo, lo que manifiesta una preocupación seria por
contribuir a solucionar el serio problema pastoral que suponen
las comunidades que no pueden celebrar la Eucaristía en el
domingo.
V. Conclusión
El día del Señor siempre será en la Iglesia
un elemento irrenunciable, algo que siempre estará de actualidad
como actual y permanente es la presencia salvífica del Señor en
ella. El Misterio Pascual de Cristo alcanza una especial
significación en la celebración dominical, operante en la
comunidad reunida para ofrecer el sacrifico eucarístico memoria
suya. La conmemoración del Señor Muerto y Resucitado es fuente
de salvación individual y comunitaria y expresión de la
identidad cristiana en una sociedad como la nuestra que pone
ante nuestros ojos mil ofertas arrinconadoras de la fe.
Ante nosotros se presenta el desafío de
revitalizar el domingo y su vivencia cristiana. No es un reto
fácil, pero afrontarlo supone conectarnos a la tradición de la
Iglesia y se convierte un gesto de valentía y autenticidad
creyente.
Resulta oportuno finalizar haciendo nuestro
el ruego esperanzado con el que el Santo Padre finaliza la Carta
Apostólica Dies Domini, documento de referencia para
entender el sentido del domingo y reanimar su importancia en la
vida cristiana:
Que los hombres
y las mujeres del tercer Milenio, encontrándose con la Iglesia
que cada domingo celebra gozosamente el misterio del que fluye
toda su vida, puedan encontrar también al mismo Cristo
resucitado. Y que sus discípulos, renovándose constantemente en
el memorial semanal de la Pascua, sean anunciadores cada vez más
creíbles del Evangelio y constructores activos de la
civilización del amor.
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