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D.
César Gavela.
Nací en Ponferrada en 1953. Mis padres eran asturianos: mi
padre vivía en Ponferrada desde los ocho años, en la plaza
de Fernando Miranda, y mi madre vino a la ciudad cuando se
casó. Estudié en San Ignacio desde el primer curso
–preingreso, con ocho años- hasta terminar cuarto de
bachiller, con catorce recién cumplidos; concretamente entre
1961 y 1967.
Estudié el bachiller superior en el seminario de La Bañeza,
pasé año y medio en el seminario de Astorga, hice el
preuniversitario en Ponferrada y luego me licencié en
derecho en la Universidad Complutense de Madrid, en 1976.
Para mí el colegio de San Ignacio es, hoy, un camino seguro
para volver a la niñez, de la que nunca me quise ir. Niñez
en la que, de algún modo, todavía vivo. Pienso que uno nunca
debe dejar de ser ese niño que fue, ese adolescente.
También el colegio fue el arranque de la adolescencia, tan
tumultuoso, tan lleno de extrañezas. Y el inicio de viejas
aficiones, de intereses que siempre tuve: la política, la
historia, el arte, la literatura.
Me gusta mucho una frase de Alberto Moravia, que comparto:
“El hombre no ha venido a este mundo a ser feliz,
sino a expresarse”.
¿Cómo era el Colegio Diocesano San Ignacio en el que usted
pasó una parte de
su adolescencia?
Cuando estudié los dos primeros cursos, previos al bachiller,
el colegio era sólo el edificio grande que da a la avenida, y
estaban construyendo, terminando ya, el llamado pabellón,
edificio perpendicular, que se adentraba en las vecinas
Huertas. El pabellón, lo recuerdo bien, se inauguró en 1963.
Allí empecé yo en ese año el primer curso de bachiller. En
aquel tiempo también se pavimentó el patio grande de recreo,
que yo recuerdo ya cerrado por un pequeño muro, pero todavía
sin el frontón y con el patio aún de tierra. Cuando yo entré
en el colegio creo que éramos unos trescientos alumnos, y
aunque ya no estaban los jesuitas allí, se notaba mucho su
impronta, un tanto rigurosa: eso claro, lo razoné mucho tiempo
después.
¿Qué es lo que más resaltaría del colegio en aquella época?
Me acuerdo de casi todo y tal vez por ello me es difícil
resaltar algo concreto. Pero diré que a mí me impresionaban
mucho aquellas visitas del obispo don Marcelo, que siempre
nos regalaba un día de vacaciones. También me acuerdo del
rector de entonces, don Tirso Otero, un hombre brillante
y afectuoso. Citaré asimismo la fiesta del día del colegio,
en pleno franquismo, con aquellas tablas gimnásticas adornadas
de música militar, que provocaban el llanto d e
las madres y la curiosidad y el aplauso, siempre conveniente,
de las hermanas de los compañeros. Tampoco olvido que yo
empecé a ir al colegio el año en que llegó la televisión
a Ponferrada. Como casi nadie la tenía en su casa, nos íbamos
al salón de actos a verla. Me impresionaron mucho aquellas
escenas, las primeras que vi en un televisor, y que todavía
recuerdo. También me resultaban prodigiosas las actuaciones
de aquellos magos y malabaristas modestos que iban ofreciendo
sus funciones por los colegios.
A un nivel más personal, debo recordar que aparecían de
cuando en cuando por el colegio misioneros diversos, con
la intención, legítima claro, de tantear vocaciones. Y por
ahí vino la causa de que yo me fuera del centro. Un día
de 1967 visitó el colegio un clérigo argentino radicado
en Navarra que pronunció un gran discurso de captación,
y nada menos que cinco alumnos fuimos convencidos por sus
argumentos. Tanto es así que en el curso siguiente mi hermano
y yo ingresamos en el seminario de La Bañeza y los otros
tres se fueron a otro internado religioso en Pamplona.
¿Cómo era la relación con los profesores?
Había de todo, pero yo creo que predominaba el rigor. Los
profesores eran muy entregados; se volcaban con nosotros.
Daban todo lo que tenían. El que era simpático, daba simpatía,
y el que no lo era, procuraba serlo, aunque no siempre lo
conseguía. Yo procuraba tratar a todos los profesores con
respeto, cosa lógica en un niño tímido y observador. Me
gustaba pasar desapercibido. Con todo, hice grandes amistades
entre los profesores. Tan duraderas que, casi cuarenta años
después, se mantienen. Es el caso de don Lauro Rodríguez
–como un hermano para mí-, de don José Antonio Carro Celada,
de don Julio Morán o de don Felipe Martínez. Siempre les
estaré agradecido. También guardo el mejor de los recuerdos
de don Carlos Monroy.
Debo rememorar por último, a un profesor extraño, un sacerdote
que se llamaba don Agustín, creo, ya mayor, que vino a España
después de pasar muchos años en Chile, y que andaba muy
descontextualizado por las aulas. Nosotros nos dábamos cuenta
y, sin duda, más de una vez abusábamos de su bondad y de
su despiste.
¿Cómo pasaba los recreos?
Jugando al fútbol casi siempre. En los dos primeros años,
en el minúsculo patio que hay junto al salón de actos, y
en los otros cuatro en el patio de las baldosas. Allí demostré
una y otra vez mi gran afición por este deporte y mis escasas
cualidades para practicarlo. Jugaba de delantero, esperando
al fallo del portero o de la defensa porque allí no regía
la norma del fuera de juego. Cuando no nos dedicábamos al
fútbol, cambiábamos cromos de futbolistas: éramos muy monotemáticos.
También cromos de las películas “El Cid” y “Ben Hur”. Ya
de más mayor, con trece o catorce años, me dedicaba al baloncesto.
O a charlar con los amigos.
Cuando usted entra en el colegio todavía no era un centro
mixto. Eso le daba
otra forma de vida a los colegios de la época que hoy se
les haría extraña a
los alumnos. ¿Cómo se vivía esa situación y qué opinión
le merece esa
separación?
La vivíamos con gran normalidad: era lo que había entonces.
Evidentemente, es un criterio pedagógico inadecuado y mucho
me alegro de que las cosas hayan cambiado, desde hace muchos
años ya. Esta separación de las chicas tenía un componente
“positivo”, dicho entre comillas y entre paréntesis: favorecía
su mitificación. Quienes no teníamos hermanas de parecida
edad, ni primas o vecinas, vivíamos en un gran limbo en
lo atañente a las chicas. Pasaban por la calle, claro, pero
estaban al otro lado de una frontera invisible e invencible.
Muchos romanticismos se fundaron ahí, en ese desconocimiento.
Y muchos descalabros amorosos.
¿Recuerda alguna rivalidad con algún otro colegio o instituto?
Vagamente con el Instituto Gil y Carrasco, único en la ciudad
entonces, pero estaba muy lejos. Con todo, a nivel deportivo,
sí que hubo alguna rivalidad. También, acaso, con lo que
entonces se llamaba la Sindical. En estos lances es donde,
en mi tiempo quedaba de relieve un cierto clasismo, que
no era del colegio, sino de algunos alumnos. Debe recordarse
que en aquellos tiempos el colegio era de pago.
¿Y con los colegios de monjas?
Yo creo que ninguna rivalidad. Ya dije que las chicas estaban
muy lejos. Los más osados, eso sí, se atrevían a levantarle
las faldas de su uniforme azul a las alumnas que iban al
colegio de las Alemanas. Se apostaban detrás del pequeño
muro de granito que hay junto a la fachada, y las sorprendían
más o menos delante de la puerta de la iglesia. Por mi parte,
y como tantos otros, cuando había nevadas, lanzaba bolas
a las chicas de las Alemanas, cuyo colegio entonces estaba
solo, lejano, rodeado de eucaliptus y descampados.
Muchas personas ya tienen claro lo que quieren ser de
mayores. ¿Es éste su
caso?
Ya dije que fui al seminario, convenientemente adoctrinado
por aquel misionero austral, que se llamaba Agustín-Elso
Ponzo. Antes de esa historia, de más niño, nunca supe lo
que quería ser.Y algunos años después, abandonado el seminario,
tampoco. Hasta que dejé fluir mi vocación de escritor, que
por otra parte, siempre ha sido una actividad que he compaginado
con otras. Como la inmensa mayoría de quienes escribimos.
¿Qué nos podría resaltar sobre su trabajo actual?
Como tantos muchachos de Ponferrada entonces, no sé si también
ahora, una de nuestras ilusiones principales era irnos del
Bierzo, conocer mundo, vivir en una ciudad grande. Yo pasé
por esos estadios, y no me arrepiento. Estudié derecho en
Madrid, y desde 1976 soy funcionario del Estado, después
de la Generalitat. Mi trabajo es técnico. Hubo un tiempo
en que ejercí la abogacía, pero a partir de 1983 decidí
hacer realidad la brumosa ensoñación juvenil de ser escritor.
Dejé los juzgados y reingresé como funcionario. Desde entonces
dedico mis mañanas a hacer informes jurídicos y por las
tardes y en los fines de semana escribo.
¿Qué aconsejaría a los actuales alumnos del cole que
están es esa disyuntiva
de elegir una carrera, profesión…?
Que elijan, exclusivamente, en función de sus gustos, al
margen de lo que quieran sus padres y consejeros varios.
He visto a mucha gente devaluar la proyección de su vida
por dedicarse a tareas que nada les importan. Sé que no
siempre es fácil vivir haciendo lo que a uno le interesa,
pero es nuestra obligación intentarlo.
¿Cómo se ve ahora, en el siglo XXI con las nuevas tecnologías,
los medios
con los que se contaba en el colegio en aquellos años?
Yo soy de letras y no tengo muchos elementos de juicio para
responder a esta pregunta. Pero el colegio de San Ignacio
de mi tiempo, y el de ahora supongo que también, era innovador
en la medida de sus posibilidades. Creo que teníamos lo
que correspondía tener. En cualquier caso, ningún ordenador,
ningún elemento tecnológico pueden sustituir a un profesor
cualificado.
¿Cómo se divertía en aquella época?
De niño, jugando en casa, y, sobre todo, en el parque de
la MSP. Luego me iba en bicicleta por el Camino Negro, por
los chalets, por entre los eucaliptus, hasta la fuente de
la Cigarra o a Compostilla. En particular me gustaba mucho
ver entrar y salir los trenes de vapor y el gentío que se
formaba en la vieja estación de Villablino, hoy museo. También
jugaba al fútbol en un campo de piedras cuyo uso cedió la
MSP al colegio. Estaba cerca de donde hoy está el cuartel
de la Guardia Civil. También iba al cine, aunque no mucho,
y algunas veces -porque no me dejaban en casa-, a los futbolines.
Añadiré que guardo un recuerdo vívido, solar, de algunas
niñas que conocí jugando en el parque de la MSP. Ellas fueron
las indiscutibles reinas de mi infancia. Sé sus nombres,
pero no los diré.
¿Nota mucho el cambio generacional?
A medida que uno va cumpliendo años, estos cambios parece
que se diluyen. Yo me veo, en lo esencial, en lo profundo,
cada vez más parecido a mis padres, por desgracia ya fallecidos.
También me veo muy parecido a mi hijo, que va a cumplir
veinte años. Lo noto muy próximo en ilusiones, en carácter,
en objetivos, en aficiones. Con los amigos me sucede lo
mismo: tengo amigos nonagenarios, octogenarios; también
veinteañeros… y me trato con todos ellos con la mayor naturalidad.
Debo añadir que los jóvenes de hoy han tenido la gran suerte
de vivir en libertad y en democracia desde su nacimiento.
Esa suerte nosotros, cierto, no la tuvimos.
¿Mantiene relación con muchos antiguos alumnos? ¿Alguno
en especial?
Con algunos, sí, aunque es difícil hacerlo, pues hace ya
muchos años que me marché de Ponferrada. En concreto, tengo
dos amigos de aquel tiempo, dos grandes amigos, a los que
veo con cierta frecuencia, y con quienes mantengo un trato
habitual. Por teléfono casi siempre, pero también encontrándonos
por ahí tres o cuatro veces al año. Es una relación muy
hermosa, fruto de la infancia. Se forjan en ella unos afectos
muy especiales, muy sinceros y desinteresados que raramente
se pueden lograr en la edad adulta. Los amigos del colegio
son algo muy especial por muchos años que hayan pasado desde
que les conocimos, allí, en las aulas. Aparte de esos amigos
que frecuento, hay más que, si les viera, seguro que también
enseguida nos llevaríamos muy bien. Pero cada uno anda por
ahí y la gran mayoría no sé dónde.
¿Y con alguno de sus antiguos profesores?
Como anticipé más arriba, mantengo una relación muy cordial
con tres profesores. Dos de ellos viven en Madrid y uno
en Ponferrada.
¿Qué le parece la idea de hacer una Asociación de antiguos
alumnos?
¿Participaría de ella? Si es que sí, ¿cuál sería para usted
el objetivo
fundamental que dicha asociación debería tener?
Me parece una idea excelente y necesaria. Aunque vivo muy
lejos, estaría dispuesto a participar, con sumo gusto. Pienso
que se podría hacer, al menos, una reunión anual, y luego
irnos todos a comer, o a cenar. También sería bonito tener
alguna relación con los alumnos actuales, ya en la fiesta
del colegio o yendo a charlar con ellos; participarles la
experiencia de cada uno. Contar como fue la vida a partir
de aquellas aulas, que nunca se olvidan.
El fotomatón

Lo
esencial:CÉSAR
GAVELA (César Rodríguez-Gavela López) nació en Ponferrada
en 1953. Se licenció en derecho en Madrid (Universidad Complutense)
y desde 1976 vive en Valencia. Es funcionario de la Generalitat
Valenciana, donde ha desempeñado tanto
tareas de gestión cultural (teatro, cine, música) como jurídicas.
Ejerce el periodismo de opinión desde 1972. En la actualidad
mantiene una
columna semanal en el Diario de León y otra en el la edición
valenciana del diario El País.
Ha publicado los siguientes libros:
“Pobres del Sil”. Cuentos. Libros de la Calle del Pez.
Madrid, 1989.
“Ramón Carnicer” Ensayo. Diputación de León, 1993.
“La raya seca” Novela. Premio Ciudad de Irún 1995. Diputación
de Guipúzcoa.
San Sebastián, 1996.
“El puente de hierro” Novela, Premio José María de Pereda
del Gobierno de
Cantabria 1998. Editorial Pre-Textos. Valencia, 1998.
“El obispo de Cuando” Novela. Premio Torrente Ballester
2001. Diputación de
La Coruña. El Taller de Mario Muchnik. Madrid, 2002.
Próximamente saldrá su nuevo libro, “La sagrada familia”, de
la que es
coautor junto con el escritor valenciano Alberto Gimeno, y que
ha obtenido
el premio “Ciudad de Valencia” en diciembre de 2003. Será
publicada por
Algar Ediciones.
Estuve San Ignacio: Desde octubre de 1961 a junio de
1967.
Mi mejor recuerdo: De clase: que era muy bueno en
geografía. Desde entonces siempre he vivido rodeado de mapas.
El profesor del que mejor recuerdo guardo: Don Felipe
Martínez.
Y del que no quiero acordarme: Don Ceferino y el padre
Cabello, que a veces nos daban con el cinto, aunque sus
acometidas eran más bien teatrales. Añadiré que mi insolvencia
con las matemáticas hizo que casi todos los profesores de esa
disciplina me resultaran poco simpáticos.
Mi equipo de fútbol: La Ponferradina y también,
después, el Valencia.
Disfruto viendo este deporte: El baloncesto de la NBA.
Para practicar prefiero: Correr. Corro dos o tres veces
a la semana por el cauce viejo del Turia.
Mi canción es: ¡Tantas! Pongamos que Woman, de John
Lennon.
Mi película favorita: Amarcord.
El libro del que nunca prescindiría: El Quijote, que es
casi un milagro. Y toda la obra de Borges.
Un programa de televisión: El telediario. Y es que la
veo poco.
Disfruto como un niño con: Los fines de semana en Les
Platgetes de Bellver (Oropesa), junto al mar. También me gusta
mucho viajar por el Bierzo, Galicia, Asturias y Portugal.
Una desilusión confesable: Más que desilusiones, he
incurrido alguna vez en albergar falsas ilusiones.
Mi mayor ilusión: Seguir escribiendo, publicar, leer.
Una manía: Me ducho más veces de las razonables, pero
no pienso cambiar.
En las personas, lo que más valoro es: La bondad,
siempre.
No me gusta de las personas: La brutalidad y el
gregarismo.
En una cena para dos pediría: Cualquier menú sencillo.
Nunca me interesó la gastronomía.
Un vino: Ahora ya se puede pedir un vino del Bierzo.
Un deseo: Que no se destruya la España democrática,
plural y solidaria.
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