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"La Última Esperanza". David Miguel Combarros Méndez

"LA ÚLTIMA ESPERANZA"

La noche estaba oscura, hacia frío, quizá no más que las veces anteriores. Notaba una extraña sensación en mi interior que me  apretaba el alma. El verano tocaba  a su fin, debía aprovecharlo antes de que el tiempo empeorara.

Aquella noche éramos muchos, aún más que en las otras ocasiones. Había de todo: hombres, mujeres, algunas embarazadas, incluso niños. Nadie se movía, todos estábamos agazapados entre las rocas  mirando aquella inmensa mancha oscura detrás de la que estaban nuestros sueños. Y aunque para mí ya  era la tercera vez, sabía que era la última que lo podía intentar. Mi tiempo se acababa, era mi última oportunidad. Lo iba a conseguir, iba a dejar atrás aquel árido terreno lleno de miseria y sin esperanza alguna. Tanto dolor, tanta hambre, tantos sueños rotos...  Al otro lado, una nueva vida: comida, trabajo, libertad; La TIERRA PROMETIDA

Una luz brillaba a lo lejos, el mar sigue en calma, pero un pequeño hormigueo en el estómago delataba mi inquietud. ¡ Ya está aquí! Susurros, empujones, miradas desconfiadas hacia los lados... debo correr, he de conseguir un buen sitio, con algo a lo que amarrarme, la travesía será dura, yo lo sé.

Ya hemos subido a bordo, somos  veinte, cinco niños, cinco mujeres, tres están embarazadas, y diez hombres. Aquellos dos hombres del fondo no creo que lo consigan, se ven tan agotados. Me doy cuenta de que el pequeño que se acurruca entre mis brazos, me mira lleno de esperanza y con voz cansada, pero llena de ilusión, me dice: “Lo conseguimos Rashid”. Le contesto: “Sí  Alí, lo conseguimos”. Le miro, como para decirle que esto no ha hecho más que empezar, que todo el cansancio provocado por la larga marcha, el hambre, el frió, son sólo el comienzo de este terrible viaje; Que este mar, ahora tranquilo, dentro de poco, se agitará y moverá convirtiéndonos en un frágil cascarón de nuez. Me cuenta que su padre lo está esperando, que se fue de la aldea hace dos años y ya ha podido enviarle dinero para el pasaje; no cabe duda, es un hombre con suerte, Alá le protege.

Llevamos ya varias horas de travesía, y no sé cómo pero nos hemos separado de las otras pateras, estamos solos. El anciano del fondo empieza a desfallecer,  intentamos ayudarle, pero si esto no acaba pronto, no sé........

Hace tanto frió, abrazo más fuerte a Alí, estamos completamente empapados, ya no habla, sólo me mira con sus grandes ojos negros y pregunta cuánto falta. Los demás  también me observan. En nuestro pequeño universo, yo soy para ellos como un guía y un gran peso a la vez; ya he hecho la travesía dos veces, eso me convierte en un experto, pero también me han enviado de vuelta las dos veces, eso no es bueno.

Estoy cansado, cierro los ojos y los recuerdos regresan a mí, mi lejana aldea del Atlas, mi gente, que sobrevive como puede; la imagen de mis padres llorando y gritando cuando les digo que me voy a ir, sus reproches, sus gritos “Tú no Rashid, tú no”. Ya  han perdido dos hijos en este intento,” yo lo conseguiré “les respondo.

El primer viaje fue terrible: primero la larga marcha a pie, el lóbrego sótano donde estuvimos encerrados hasta que llegó el día de salir, la espera en la playa, y luego las interminables horas en aquel mar. Los dos hombres que cayeron al mar sin que nosotros pudiéramos hacer nada. Y cuando ya tocamos la playa agotados,  febriles, empapados de agua y miedo, y de repente todas aquellas luces que se encienden, los gritos de alto, no podemos ni correr. Nos recogen, fue agradable el tacto de las mantas. Nunca podré olvidar la mirada de aquel guardia, reflejaba tanta pena, como si realmente entendiera por lo que estaba pasando yo. Luego, el centro de acogida, la cama y la comida calientes, la desesperación me invadía, me mandaban de vuelta a mi país.

En el segundo  viaje tuve más “ suerte”. Las patrulleras nos encontraron casi nada más salir, perdimos nuestros pasajes, una fortuna, pero no hubo bajas.

Abro los ojos y miro al frente, es el miedo quien  me trae esos recuerdos, he de alejarlos, lo voy a conseguir.  Voy a cruzar este estrecho, que realmente es un abismo, la diferencia entre la vida y la muerte.

A lo lejos, se ven ya las luces, gritos, agitación, todos preparados. Nos queda el último esfuerzo, tomo a Alí de la mano y saltamos al agua, dos metros nos separan de la orilla; lo conseguimos.....

Ahora corremos, debemos alejarnos rápidamente, no miramos atrás. Seguimos corriendo, pero ahora siento que nada puede fallar, esta vez lograré alcanzar mi sueño.............

..................................

Debemos estar ya lejos de la costa, hace rato que ya no se oye el ruido del mar, debemos hacer un alto, ya no podemos más. En el silencio que nos rodea, miro a  Alí y  en sus ojos leo que esta vez lo conseguimos.

Hemos encontrado un desvencijado cobertizo, aunque son sólo  unas paredes derruidas, a nosotros nos parece el mejor palacio, aquí podremos descansar un poco y quitarnos estas ropas mojadas. Nuestros corazones golpean en el pecho como caballos desbocados, y no creo que sea sólo por la carrera. Alí me enseña un sobre que lleva escondido entre sus ropas. En su interior está escrito en un papel, el lugar en que su padre le espera, y un billete de 100 euros; el niño debe llegar a Toledo, allí le esperan y hacia allí nos dirigiremos.

......................................

Ya han pasado dos meses desde que desembarcamos en las costas de Almería y después de una semana de viaje, pudimos llegar a Toledo y reunirnos con el padre de Alí; creo que nunca podré olvidar la escena del reencuentro entre padre e hijo, aquel abrazo me hizo olvidar todo el agotamiento, miedo y hambre acumulados, y añorar, más si cabe, a mi familia. Por él supimos que en aquella noche tuvimos la suerte de perdernos en el mar y separarnos de las otras pateras. Éstas fueron apresadas y sus ocupantes devueltos a Marruecos.

 

He podido encontrar trabajo cuidando un rebaño de ovejas; pero en estos últimos días  estoy  notando una inquietud en mi interior, como si una sombra me acechara. He sabido de algunos compatriotas a los que han detenido en estos días, por no tener la documentación en regla. Creo que es hora de emprender viaje de nuevo, recogeré   algunas cosas y lo intentaré esta noche.

El área de servicio de la autopista está muy iluminada, sopla un aire frío que te traspasa el alma, y el cielo está cubierto de estrellas. Los camiones están aparcados juntos, unos junto a otros, no sé cuál escoger...... Mis ojos descubren el camión rojo, no es muy grande si lo comparamos con los frigoríficos que le flanquean, no sé cuál será su carga; pero algo en mi interior me dice que ha de ser ese el que me lleve a mi destino.

Olivos. El camión está lleno de olivos. Olivos centenarios arrancados de sus tierras de origen, para ser conducidos a lugares lejanos, me siento unido a ellos, yo también he abandonado mis tierras para ir quién sabe dónde. No queda duda. Debo acomodarme entre sus raíces centenarias y junto con ellos ir donde el destino me lleve.

He dormido casi toda la noche, acunado entre los ruidos del motor y el ruido del aire entre las ramas de los árboles que me arropan. El amanecer está tiñendo de rojo el alba, creo que esto debe ser un buen presagio. El paisaje ha cambiado completamente. A los lados de esta carretera se ven montañas, no queda rastro de las inmensas llanuras que rodeaban Toledo, y qué diferentes de mi tierra natal.

Parece que nos detenemos, debo esconderme. El conductor del camión, está discutiendo con el acompañante Por lo que dicen sé que me quedan dos horas hasta  que lleguen los que han de bajar los olivos. El camionero no parece muy contento, pero a mi me beneficia. En cuanto marchen me bajaré y rápidamente me alejaré de aquí.

El vivero está  al lado de una carretera. A los lados, veo fincas llenas de árboles. Si miro más lejos, aparecen colinas cubiertas de viñedos y al fondo altas montañas. Todo parece tan vivo, tan fértil. Qué grande se ve este mar de árboles.

Según ese cartel estoy cerca de una ciudad llamada Ponferada, ¿será este el final de mi camino?  Ojalá sea así, me gustan los olores que desprende esta tierra.

....................................................

El destino ha sido bueno conmigo, esta tierra generosa me ha acogido con  los brazos abiertos. Pude encontrar trabajo primero en la vendimia y luego recogiendo castañas.

Don  Manuel  me ha dicho que no me preocupe, durante el invierno seguiré teniendo trabajo con él, hay que atender el ganado y hacer arreglos en el granero y los cobertizos, y después, antes de la primavera, preparar los campos para la siembra.

Soy un hombre muy afortunado. Tuve mucha suerte de que este hombre me viese cuando salía a hurtadillas del vivero aquella mañana. Él se dirigía  a inspeccionar sus viñas. Se detuvo a mi lado y, mirándome a los ojos, me dijo: “Si buscas trabajo, yo te puedo ayudar”. No pude contestarle, sólo me fui con él. Ahora, después de tantos días  hablando, le puedo entender. Me contó que siendo muy niño él también abandonó El Bierzo. Tuvo que emigrar a tierras extrañas, cómo se sintió asustado y solo y con miedo a ser descubierto y le enviasen de vuelta a casa, y también me dijo cómo alguien le ayudó sin pedir nada. Él me ha dado una nueva vida, me está gestionando el permiso de residencia, de momento ya tengo un contrato de trabajo. Va naciendo en mi la esperanza de reunirme con mis padres algún día en estas tierras que me han acogido, para que conozcan a estas gentes que nunca me han mirado como un extraño.

Qué lejos queda aquella noche que agazapado en las costas de Marruecos, estaba esperando la patera que era mi última esperanza.

 Autor: David Miguel Combarros Méndez

 

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