| "LA
ÚLTIMA ESPERANZA"
La noche estaba
oscura, hacia frío, quizá no más que las veces anteriores. Notaba
una extraña sensación en mi interior que me apretaba el alma.
El verano tocaba a su fin, debía aprovecharlo antes de que el
tiempo empeorara.
Aquella noche éramos muchos, aún más que en las otras
ocasiones. Había de todo: hombres, mujeres, algunas embarazadas, incluso
niños. Nadie se movía, todos estábamos agazapados entre las rocas
mirando aquella inmensa mancha oscura detrás de la que estaban nuestros
sueños. Y aunque para mí ya era la tercera vez, sabía que era
la última que lo podía intentar. Mi tiempo se acababa, era mi última
oportunidad. Lo iba a conseguir, iba a dejar atrás aquel árido terreno
lleno de miseria y sin esperanza alguna. Tanto dolor, tanta hambre,
tantos sueños rotos... Al otro lado, una nueva vida: comida,
trabajo, libertad; La TIERRA PROMETIDA
Una luz brillaba a lo lejos, el mar sigue en calma,
pero un pequeño hormigueo en el estómago delataba mi inquietud. ¡
Ya está aquí! Susurros, empujones, miradas desconfiadas hacia los
lados... debo correr, he de conseguir un buen sitio, con algo a lo
que amarrarme, la travesía será dura, yo lo sé.
Ya hemos subido a bordo, somos veinte, cinco
niños, cinco mujeres, tres están embarazadas, y diez hombres. Aquellos
dos hombres del fondo no creo que lo consigan, se ven tan agotados.
Me doy cuenta de que el pequeño que se acurruca entre mis brazos,
me mira lleno de esperanza y con voz cansada, pero llena de ilusión,
me dice: “Lo conseguimos Rashid”. Le contesto: “Sí Alí, lo conseguimos”.
Le miro, como para decirle que esto no ha hecho más que empezar, que
todo el cansancio provocado por la larga marcha, el hambre, el frió,
son sólo el comienzo de este terrible viaje; Que este mar, ahora tranquilo,
dentro de poco, se agitará y moverá convirtiéndonos en un frágil cascarón
de nuez. Me cuenta que su padre lo está esperando, que se fue de la
aldea hace dos años y ya ha podido enviarle dinero para el pasaje;
no cabe duda, es un hombre con suerte, Alá le protege.
Llevamos ya varias horas de travesía, y no sé cómo
pero nos hemos separado de las otras pateras, estamos solos. El anciano
del fondo empieza a desfallecer, intentamos ayudarle, pero si
esto no acaba pronto, no sé........
Hace tanto frió, abrazo más fuerte a Alí, estamos
completamente empapados, ya no habla, sólo me mira con sus grandes
ojos negros y pregunta cuánto falta. Los demás también me observan.
En nuestro pequeño universo, yo soy para ellos como un guía y un gran
peso a la vez; ya he hecho la travesía dos veces, eso me convierte
en un experto, pero también me han enviado de vuelta las dos veces,
eso no es bueno.
Estoy cansado, cierro los ojos y los recuerdos regresan
a mí, mi lejana aldea del Atlas, mi gente, que sobrevive como puede;
la imagen de mis padres llorando y gritando cuando les digo que me
voy a ir, sus reproches, sus gritos “Tú no Rashid, tú no”. Ya
han perdido dos hijos en este intento,” yo lo conseguiré “les respondo.
El primer viaje fue terrible: primero la larga marcha
a pie, el lóbrego sótano donde estuvimos encerrados hasta que llegó
el día de salir, la espera en la playa, y luego las interminables
horas en aquel mar. Los dos hombres que cayeron al mar sin que nosotros
pudiéramos hacer nada. Y cuando ya tocamos la playa agotados,
febriles, empapados de agua y miedo, y de repente todas aquellas luces
que se encienden, los gritos de alto, no podemos ni correr. Nos recogen,
fue agradable el tacto de las mantas. Nunca podré olvidar la mirada
de aquel guardia, reflejaba tanta pena, como si realmente entendiera
por lo que estaba pasando yo. Luego, el centro de acogida, la cama
y la comida calientes, la desesperación me invadía, me mandaban de
vuelta a mi país.
En el segundo viaje tuve más “ suerte”. Las
patrulleras nos encontraron casi nada más salir, perdimos nuestros
pasajes, una fortuna, pero no hubo bajas.
Abro los ojos y miro al frente, es el miedo quien
me trae esos recuerdos, he de alejarlos, lo voy a conseguir.
Voy a cruzar este estrecho, que realmente es un abismo, la diferencia
entre la vida y la muerte.
A lo lejos, se ven ya las luces, gritos, agitación,
todos preparados. Nos queda el último esfuerzo, tomo a Alí de la mano
y saltamos al agua, dos metros nos separan de la orilla; lo conseguimos.....
Ahora corremos, debemos alejarnos rápidamente, no
miramos atrás. Seguimos corriendo, pero ahora siento que nada puede
fallar, esta vez lograré alcanzar mi sueño.............
..................................
Debemos estar ya lejos de la costa, hace rato que
ya no se oye el ruido del mar, debemos hacer un alto, ya no podemos
más. En el silencio que nos rodea, miro a Alí y en sus
ojos leo que esta vez lo conseguimos.
Hemos encontrado un desvencijado cobertizo, aunque
son sólo unas paredes derruidas, a nosotros nos parece el
mejor palacio, aquí podremos descansar un poco y quitarnos estas
ropas mojadas. Nuestros corazones golpean en el pecho como caballos
desbocados, y no creo que sea sólo por la carrera. Alí me enseña
un sobre que lleva escondido entre sus ropas. En su interior está
escrito en un papel, el lugar en que su padre le espera, y un billete
de 100 euros; el niño debe llegar a Toledo, allí le esperan y hacia
allí nos dirigiremos.
......................................
Ya han pasado dos meses desde que desembarcamos
en las costas de Almería y después de una semana de viaje, pudimos
llegar a Toledo y reunirnos con el padre de Alí; creo que nunca
podré olvidar la escena del reencuentro entre padre e hijo, aquel
abrazo me hizo olvidar todo el agotamiento, miedo y hambre acumulados,
y añorar, más si cabe, a mi familia. Por él supimos que en aquella
noche tuvimos la suerte de perdernos en el mar y separarnos de las
otras pateras. Éstas fueron apresadas y sus ocupantes devueltos
a Marruecos.
He podido encontrar trabajo cuidando un rebaño de
ovejas; pero en estos últimos días estoy notando una
inquietud en mi interior, como si una sombra me acechara. He sabido
de algunos compatriotas a los que han detenido en estos días, por
no tener la documentación en regla. Creo que es hora de emprender
viaje de nuevo, recogeré algunas cosas y lo intentaré
esta noche.
El área de servicio de la autopista está muy iluminada,
sopla un aire frío que te traspasa el alma, y el cielo está cubierto
de estrellas. Los camiones están aparcados juntos, unos junto a
otros, no sé cuál escoger...... Mis ojos descubren el camión rojo,
no es muy grande si lo comparamos con los frigoríficos que le flanquean,
no sé cuál será su carga; pero algo en mi interior me dice que ha
de ser ese el que me lleve a mi destino.
Olivos. El camión está lleno de olivos. Olivos centenarios
arrancados de sus tierras de origen, para ser conducidos a lugares
lejanos, me siento unido a ellos, yo también he abandonado mis tierras
para ir quién sabe dónde. No queda duda. Debo acomodarme entre sus
raíces centenarias y junto con ellos ir donde el destino me lleve.
He dormido casi toda la noche, acunado entre los
ruidos del motor y el ruido del aire entre las ramas de los árboles
que me arropan. El amanecer está tiñendo de rojo el alba, creo que
esto debe ser un buen presagio. El paisaje ha cambiado completamente.
A los lados de esta carretera se ven montañas, no queda rastro de
las inmensas llanuras que rodeaban Toledo, y qué diferentes de mi
tierra natal.
Parece que nos detenemos, debo esconderme. El conductor
del camión, está discutiendo con el acompañante Por lo que dicen
sé que me quedan dos horas hasta que lleguen los que han de
bajar los olivos. El camionero no parece muy contento, pero a mi
me beneficia. En cuanto marchen me bajaré y rápidamente me alejaré
de aquí.
El vivero está al lado de una carretera. A
los lados, veo fincas llenas de árboles. Si miro más lejos, aparecen
colinas cubiertas de viñedos y al fondo altas montañas. Todo parece
tan vivo, tan fértil. Qué grande se ve este mar de árboles.
Según ese cartel estoy cerca de una ciudad llamada
Ponferada, ¿será este el final de mi camino? Ojalá sea así,
me gustan los olores que desprende esta tierra.
....................................................
El destino ha sido bueno conmigo, esta tierra generosa
me ha acogido con los brazos abiertos. Pude encontrar trabajo
primero en la vendimia y luego recogiendo castañas.
Don Manuel me ha dicho que no me preocupe,
durante el invierno seguiré teniendo trabajo con él, hay que atender
el ganado y hacer arreglos en el granero y los cobertizos, y después,
antes de la primavera, preparar los campos para la siembra.
Soy un hombre muy afortunado. Tuve mucha suerte
de que este hombre me viese cuando salía a hurtadillas del vivero
aquella mañana. Él se dirigía a inspeccionar sus viñas. Se
detuvo a mi lado y, mirándome a los ojos, me dijo: “Si buscas trabajo,
yo te puedo ayudar”. No pude contestarle, sólo me fui con él. Ahora,
después de tantos días hablando, le puedo entender. Me contó
que siendo muy niño él también abandonó El Bierzo. Tuvo que emigrar
a tierras extrañas, cómo se sintió asustado y solo y con miedo a
ser descubierto y le enviasen de vuelta a casa, y también me dijo
cómo alguien le ayudó sin pedir nada. Él me ha dado una nueva vida,
me está gestionando el permiso de residencia, de momento ya tengo
un contrato de trabajo. Va naciendo en mi la esperanza de reunirme
con mis padres algún día en estas tierras que me han acogido, para
que conozcan a estas gentes que nunca me han mirado como un extraño.
Qué lejos queda aquella noche que agazapado en las
costas de Marruecos, estaba esperando la patera que era mi última
esperanza.
Autor: David Miguel
Combarros Méndez
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