La pregunta
más trascendental e importante que podamos plantearnos los seres humanos
es ésta: ¿Hay otra vida más allá de la muerte? ¿ Con la muerte nos
moriremos del todo? O, por el contrario ¿No será la muerte la puerta
de entrada para otra vida indeciblemente más hermosa que nos durará
ya para toda la eternidad?
Hay
una respuesta segura a esta pregunta:
Nadie
puede asegurarnos que no exista otra vida más allá de la muerte. Tampoco
puede asegurarnos nadie lo contrario. Ninguna de estas dos cosas se
puede probar. Por tanto, cuando hablemos sobre este tema, debemos
ser muy honrados y dejar a un lado las irresponsables ligerezas, las
tontas fobias y las malsanas vanidades...
Ahora
voy a añadir esto: existen algunos seres humanos, (muy tristes ellos,
muy llenos de vanidad) que se autoproclaman “sabios”, “librepensadores”,
“filósofos”, “científicos eminentes”... y que afirman con toda solemnidad
que no hay más vida que ésta , que el creer en la “otra vida” es cosa
de necios, de pobres gentes sin cultura, de mentes débiles... ...
Tampoco, según ellos, hay lugar para Dios. ¿Qué sería del hombre?
– se preguntan -. Se vería rebajado, humillado, esclavizado, sometido
a ese Dios ... ... Dios no puede existir. No hay nadie más grande,
más poderoso, más sabio... que el hombre. Es el ser supremo del universo.
Por otro lado está el Universo al que esos pobres sabios creen tener
ya sometido a sus leyes. Ellos realmente se sienten inmensamente satisfechos
con sus conquistas. Han logrado ya descifrar no sé cuántos secretos
en sus laboratorios... ...
Ahora
voy afirmar rotundamente esto: el hombre más sabio entre todos los
sabios es como un niñito que balbucea sus primeras palabras, como
el niño que acaba de aprender por primera vez la letra inicial del
alfabeto. No sabe nada más. Nada de casi nada ¿Qué sabe el hombre
sobre el portentoso Universo? Nada. El hombre simplemente se ha asomado
a la puerta de su casa y ha visto los pocos árboles y los pocos campos
y algún humilde pájaro y algún camino y unos cuantos objetos, los
que sus ojos alcanzan a ver... Y los ha visto confusamente. Ni siquiera
conoce en profundidad a esos seres tan cercanos ¿De qué presume? ¿De
qué se enorgullece? El hombre más sabio entre todos los sabios es
como un niñito que da hoy por primera vez dos pasos vacilantes ¿Podrá
acaso presumir de que ya ha recorrido caminando todo el mundo? Y si
no comprenden el mundo ¿cómo va a caber en su cabeza Dios, que es
infinito? ¿Qué argumentos podrán darnos, qué pruebas, para demostrar
que no es posible otra vida más allá de la muerte?... ...
¿Sabéis
que tiene gracia? Al final de todo, estas gentes que nos dicen que
no hay Dios , que no es posible la otra vida, son también creyentes.
Tan creyentes como nosotros, pero en sentido contrario: nosotros creemos
que sí existe Dios y que sí existe una vida más allá
de la
muerte y ellos creen que no existen. Como ya he dejado dicho ni ellos
ni nosotros podemos demostrar nuestras creencias.
Os voy
a adelantar algunos acontecimientos. Quiero dejar constancia ahora
de esto: en el Evangelio se nos cuenta algo muy curioso: el Niño Dios
no se mostró a los sabios. A los primeros que anunció solemnemente
su llegada fue a unos humildes pastores rudos, pobres y analfabetos.
Realmente el Niño Dios Jesús y su Padre Celestial tuvieron un modo
muy extraño de comportarse. No enviaron sus ángeles a los palacios,
ni a los letrados, ni a los hacendados, ni siquiera a los jefes de
los sacerdotes...
Resulta
igualmente chocante que después Jesús, en su vida pública, tampoco
eligiera a los grandes letrados para que fueran sus discípulos, sus
apóstoles... Eran casi todos pescadores.
Pues
bien, pidamos a los sabios que nos dejen en paz, que nos dejen respirar
el aire libre de los sueños, que nos dejen creer, si Dios nos ha dado
la gracia de creer. Que no pretendan enturbiarnos los milagros que
nos vaya regalando la vida. Que no pretendan prohibir a nuestro amigo
Jesús, el Hijo único de Dios, hacer sus maravillosos prodigios con
el pretexto de que no se puede trabajar un sábado. Realmente me parece
que esos engreídos científicos son como los murciélagos: les molesta
la luz.
Ahora,
mientras escribía lo que precede, me he acordado de aquel hombre griego
llamado Sócrates que hizo famosa esta frase: “Sólo sé que no sé nada”.
Seguramente el filósofo Sócrates estaba mucho más cerca de la sabiduría
que esta comparsa de necios. Seguramente que el filósofo griego era
mucho más honrado que todos ellos.
Pero,
volvamos al principio ¿Qué contestamos nosotros a esa pregunta inicial?
Si contestamos
que no hay una vida más allá de la muerte, resulta entonces que sobra
Dios, que sobran todas las iglesias del mundo, todas las catedrales,
todas las mezquitas, sinagogas, santuarios... todos los templos...
de cualquier religión que sean. Resulta también que están equivocados
todos los creyentes... Todos... Los de cualquier religión. Los de
cualquier tiempo. Y estuvieron equivocados, por ejemplo también, todos
los mártires que murieron por culpa de su fe. No importa cómo. Estaban
equivocados. Si no hay una vida más allá, de nada nos va a servir
Jesucristo. Nos va a dar igual que haya existido o no, que haya sido
Hijo de Dios o no, que haya resucitado, que haya hecho milagros, que
se haya compadecido de los pobres, de los humildes, de los ciegos...
y que nos haya dejado dichas palabras muy hermosas... ¿Qué más cosas
os parece que sobran? ¿Para qué los cementerios? ¿Para qué el visitarlos
cada año? ¿Para qué las lápidas, las portentosas sepulturas? ¿Para
qué las rosas a los muertos? Si no tenemos alma, si no hay una vida
más allá, los muertos no son más que muertos, huesos, tierra, restos
malolientes, basura incómoda.... ¿A qué viene tanta estupidez, tanta
hipocresía, tanto inútil derroche?
Por
supuesto, si no hay otra vida podemos marcharnos ya a nuestras casas
y dejar de perder nuestro tiempo ¿Qué sentido va a tener entonces
que hablemos de algo que se llama confirmación o bautismo o eucaristía.
¿Qué sentido va a tener que hablemos de Jesús, de resurrección, de
cruz?... ... ¿Qué sentido va a tener hablar de Navidad, de Semana
Santa, de domingo?... Y de caridad. Y de amor al prójimo. Y de solidaridad...
...
Es muy
importante también esta última cuestión. Puede ser que os resulte,
tal vez, algo difícil de entender, pero os la voy a plantear de todos
modos: Si Dios no existe ¿por qué voy a tener que portarme bien? ¿Por
qué voy a tener que ser honrado, generoso, caritativo, solidario?...
... Un gran novelista ruso que se llamaba Dostoyevski hizo esta rotunda
afirmación: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Estoy totalmente
de acuerdo : “Si Dios no existe, todo está permitido”. Si Dios no
existe ¿por qué tendríamos que portarnos bien? ¿Por qué tendrían que
aceptar los pobres su pobreza, los oprimidos su opresión, los esclavos
sus cadenas?... ... ¿En nombre de qué? ¿Por qué no matar a los ricos
y repartir sus injustos bienes? ¿ Sabéis, menos de 300 individuos
poseen ellos solos tanta riqueza como el 74% de la humanidad. Si no
hay Dios, ¿por qué no matarlos y repartir sus insultantes riquezas
entre los que no tienen nada?
Si Dios
no existe no habría otra vida. No existiría la eternidad. Seríamos
simplemente unos pobres animales desamparados, tristísimos, grotescamente
ilusos... Soñaríamos inútilmente que un imposible mundo nos estaría
esperando al otro lado de la barrera de la muerte y esa torpe esperanza
no sería más que una ciega mentira, la más inútil y macabra de las
mentiras.
Bien,
nos queda la segunda de las posibilidades. Podemos soñar. Podemos
creer que existe una vida muy hermosa más allá de la muerte. Digo
que podemos soñar y creer; porque no podremos demostrarlo. Es nuestra
apuesta. Apostamos por el caballo blanco de la vida. Apostamos que
va a ganarle al caballo negro de la muerte. Apostamos por la luz al
final del túnel. Conviene que penséis adónde nos lleva nuestra apuesta.
Yo os
voy a decir la cosa más importante: nuestra apuesta nos conduce hasta
Dios. Sin él sí que no es posible la vida más allá de la muerte. Y
os quiero adelantar esto: la vida eterna es un regalo infinitamente
hermoso que Dios nos entrega gratuitamente ¿Sabéis? Porque Dios es
el Amor. Nadie puede querernos como él nos quiere; nos quiso tanto,
que nos entregó a Jesús, su Hijo único, para que muriera por nosotros
y nos rescatara del infierno del pecado.
Claro,
ahora ya podemos hablar de Jesús; porque él es el Hijo de Dios y fue
él quien, por medio de su muerte, hizo posible que esa vida eterna,
en la que creemos, sea inmensamente feliz
Os quiero
contar una historia muy extraña que sucedió una vez en un lugar llamado
Tierra. Allí, en una cárcel terrible, había unos prisioneros condenados
a muerte. Pero sucedió que un día el jefe de la prisión los convocó
a todos y les dijo estas sorprendentes palabras:
Os vengo
a comunicar una maravillosa noticia: Ya no vais a morir. Alguien extraordinariamente
poderoso que asegura que es vuestro amigo ha venido a liberaros.
Dicen
que es un rey que procede de un reino muy lejano. Pero lo más sorprendente,
lo más asombroso de esta historia es que él se ha ofrecido a morir
en vuestro lugar; él ha venido a morir por vosotros... ...
Ya no
tenéis ningún motivo para estar angustiados. Ya es absolutamente seguro
que no vais a morir. Su muerte ha sido aceptada por nuestras autoridades
en lugar de la vuestra. Más aún, una vez que él muera ya podréis salir
de la cárcel. Ya sé que no parece posible y, sin embargo, todo lo
que os acabo de decir es totalmente cierto y seguro. Y aún hay más.
Aún no se acaba aquí esta increíble y admirable historia. Resulta
que ese personaje que dice que es vuestro amigo, ese gran rey sumamente
rico y poderoso, os deja en herencia su reino. Cuando él se muera,
su reino pasará a ser vuestro para siempre.
¿No
os parece que algo así es lo que hizo Jesús por todos nosotros?
Bien,
pues vamos a hablar de Jesús, el Hijo Único de Dios, de ese maravilloso
amigo nuestro que nos rescató de la muerte. A él sí lo conocemos un
poco. A su Padre Dios nadie lo ha visto jamás.
Llegados
aquí y, después de todo lo expuesto, ya podemos bajar a nuestra realidad,
a nuestra vida de cada día, y decirnos a nosotros mismos y decirle
a la gente... que somos cristianos, seguidores de Cristo, de ese formidable
amigo nuestro. Por eso queremos prepararnos para recibir el sacramento
de la Confirmación. Porque cuando recibamos ese sacramento
, el Espíritu Santo bajará a nosotros y nos dará fuerza para corresponder
un poquito mejor a esa gran amistad que Jesús nos ha ofrecido tan
generosamente
Ahora
os voy a hacer una pregunta : ¿Cuál os parece a vosotros que es el
elemento esencial de nuestra fe cristiana, lo primero, lo más importante,
aquello que nos define como cristianos? ¿Es nuestra creencia en Dios
el fundamento de nuestra fe cristiana? ¿Os parece que es el hecho
de creer en Dios? ¿O tal vez el hecho de que creamos en una vida futura?
¿Quizá el haber sido bautizados y entrar así a formar parte de la
Iglesia? ¿El hecho de acudir a misa los domingos y fiestas de guardar?
¿Por qué nos llamamos cristianos? ¿Qué es aquello que nos define ante
el mundo y ante nosotros mismos? ¿Por qué nos llamamos cristianos?
Yo creo
que lo que nos define a los cristianos es el hecho de ser y reconocernos
discípulos de Jesucristo. Cristo es quien nos define. Él es nuestro
centro y nuestra luz. Nuestro símbolo, nuestra bandera, nuestra señal.
Somos cristianos porque creemos en él. Porque apostamos por él. Porque
nos fiamos de su palabra, de su vida toda, de su muerte salvadora
y de su resurrección gloriosa. Nos proclamamos seguidores suyos, sus
testigos, sus amigos ... y contamos con que él va a estar con nosotros
protegiéndonos, ayudándonos, perdonándonos, vistiéndonos con su inmenso
amor por los siglos de los siglos. Nos fiamos de sus palabras maravillosas
que nos prometen el paraíso, una vida más allá de la muerte, una eternidad
indeciblemente hermosa y feliz. Pero ¿por qué nos fiamos de Jesucristo?
¿Por qué creemos en él? ¿Somos unos tontos que creemos en él sin más,
sin ninguna razón?
Si leemos
los evangelios podemos conocer algunos de los asombrosos prodigios
que hizo Jesús. Os voy a poner el ejemplo de la resurrección de su
amigo Lázaro. Ya llevaba cuatro días enterrado. Ya olía mal. Fue su
propia hermana Marta la que se lo dijo así a Jesús:
-“Señor,
ya huele mal, lleva cuatro días”.
No podía
caber la menor duda de que estaba bien muerto. Pero Jesús mandó que
quitaran la losa que tapaba el sepulcro y le dio esta orden: “Lázaro,
sal fuera”. Y Lázaro recobró la vida Jn. 11, 1- 44
Si leemos
el evangelio, podremos escuchar algunas de las más hermosas palabras
que pronunció Jesús, algunas de sus divinas enseñanzas... ...impropias
de alguien que fuera solamente un hombre: “Os han enseñado que se
mandó: ojo por ojo, diente por diente”... ... “amarás a tu prójimo
y odiarás a tu enemigo”... ... “Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos,
haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen,
rezad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale
la otra; al que te quite la capa, dale también la túnica”... (
Lc. 6, 27 - 38) ( Mat. 5, 38 - 48)
¿Creemos
en Jesús por eso? ¿Creemos en Jesús porque hizo tan portentosos milagros?
¿Creemos en Jesús porque de su boca salieron tan divinas palabras?
Rotundamente no.
Creemos
en Jesucristo porque resucitó. Porque venció a la muerte.
Quiero
terminar estas pequeñas reflexiones añadiendo algo muy importante:
nuestra fe es un don gratuito. Nadie se gana a pulso su fe. Nos la
regala Dios a todos. También a los sabios engreídos. Lo que sucede
es que a ellos les ciega su suficiencia. A ellos la fe se les muere
de hastío en el pozo de su monocorde vanidad. La fe es como la semilla
de una muy bella flor; debemos querer tenerla en nuestra casa y prestarle
todo nuestro cariño y atención; necesita tierra fértil, y agua, y
luz, y cuidados muy especiales... para crecer.
Una
última pregunta por ahora ¿Por qué creemos que Jesucristo resucitó?
¿Creemos porque sí, sin más? ¿Nuestra fe es ciega? ¿Podemos aportar
razones convincentes, testimonios creíbles, hechos, actuaciones que
nos lo corroboren?
Iremos
contestando, poco a poco, a todos estos interrogantes
Jesús
se hizo hombre para venir a encontrarse con nosotros y mostrarnos
el camino hacia el Padre. San Juan nos cuenta que Jesús, en su discurso
de despedida, les dijo estas palabras:
“Salí
del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre”...
... “En la casa de mi Padre hay lugar para todos...; ahora voy a prepararos
ese lugar. Una vez que me haya ido y os haya preparado ese lugar,
volveré y os llevaré conmigo, para que podáis estar donde voy a estar
yo. Vosotros ya sabéis el camino para ir a donde yo voy... ... Yo
soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre si
no es por mí” Jn. 14, 2 -7 -
Ya que
nos declaramos cristianos, es decir, seguidores de Cristo,
tenemos que ser conscientes y estar muy convencidos de que nuestra
vida debe de ser un camino hacia el Padre. Ese debe ser nuestro final,
nuestra meta. Por encima de todas las demás metas que nos propongamos
alcanzar en este mundo.
También
tenemos que saber que nosotros no podríamos de ningún modo recorrer
solos ese camino. Lo haremos en compañía de Jesús y en el nombre de
Jesús. Guiados por su palabra, animados por su testimonio, impulsados
por la fuerza del Espíritu Santo.
Hay
un cuento sobre la Navidad muy bonito que se titula “Rastro de Dios”.
El protagonista es un ángel pequeñín y torpón que sólo sabe volar
en el rastro de luz que va dejando Dios a su paso. Flotando en esa
luz se siente ágil y ligero, totalmente feliz. Si se aleja de ese
rastro luminoso, le pesan las alas y no sabe volar. Por eso, tiene
que tener mucho cuidado y no despistarse y seguir a Dios o, de lo
contrario, quedaría perdido en el espacio infinito.
También
nosotros en nuestra difícil travesía por este mundo hacia la vida
eterna deberemos estar muy atentos, para no separarnos nunca de la
luz de Dios. La fe en el evangelio y el amor a Jesús y la oración
al Padre tenderán para nosotros un hermoso rastro de luz y de esperanza
que hará ligeras nuestras torpes alas y vestirá de felicidad nuestro
corazón.
Si somos
verdaderos seguidores de Jesús, iremos descubriendo poco a poco quién
es el Padre. Porque quien conoce a Jesús conoce también al Padre.
Esta
es la emocionante tarea que vamos a intentar realizar este año: Conocer
un poco más a fondo a Jesús: Su vida. Sus obras. Sus enseñanzas. Durante
este curso de preparación para vuestra Confirmación vamos a intentar
responder entre todos a esta pregunta:
¿Quién
esJesús?
Según
nos cuenta San Marcos en su evangelio, un día Jesús preguntó a sus
discípulos: “¿Quién dicen los hombres que soy yo? Y ellos le contaron
lo que la gente comentaba sobre él. Jesús les escuchó y, a continuación,
les hizo una segunda pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Vamos
a comenzar viendo brevemente lo que la gente dice de Jesús.
Antes
que ninguna otra cosa os quiero decir que Jesús fue un personaje que
existió realmente y que vivió hace veinte siglos aproximadamente.
Para poder afirmar esto me voy a apoyar en varios testimonios que
son fiables.
a)
La historia romana
Flavio Josefo, Tácito, Suetonio, y Plinio, historiadores
romanos de los siglos I y II, hablan en sus escritos de un nuevo movimiento
religioso nacido en el judaísmo y que, según ellos, fue fundado por
un tal Jesús que murió ejecutado cuando era procurador de Judea Poncio
Pilato.
La Literatura judía contemporánea.
Los escritos de los rabinos judíos del siglo I nos
permiten reconstruir la cultura, las costumbres, y, sobre todo, la
religión de la época de Jesús
c) Los descubrimientos arqueológicos.
Las excavaciones que se han realizado, especialmente
en este siglo, nos permiten conocer muy de cerca algunos lugares relacionados
con la vida de Jesús. Son especialmente importantes los descubrimientos
de Nazaret, Cafarnaún y Jerusalén.
d) Los escritos del Nuevo Testamento
. La Iglesia afirma que “los cuatro evangelios son
de origen apostólico, pues lo que los apóstoles predicaron, por mandato
de Jesucristo, lo escribieron después ellos mismos con otros de su
generación, por inspiración del Espíritu Santo, y nos lo entregaron
como fundamento de la fe”
Los evangelios se escribieron entre veinte y sesenta
años después de la muerte de Cristo. Esto es lógico. Durante los primeros
tiempos del cristianismo no eran, obviamente, necesarios. Al principio
fueron los apóstoles y los demás discípulos que convivieron con Jesús
los que trasmitieron, de viva voz, sus hechos y sus enseñanzas. Será
pues, bastantes años más tarde, cuando esa tradición oral y popular
sea recogida por los evangelistas
San Mateo fue el que escribió el primer relato evangélico.
Lo publicó en torno al año 55. Lo redactó en arameo, que era la lengua
que se hablaba entonces en Palestina. Según la tradición, San Mateo
fue uno de los doce apóstoles. Sería aquel Leví de Alfeo del que nos
cuentan los evangelistas “que estaba sentado al mostrador de los impuestos”
y al que Jesús le dijo:
- “Sígueme.
Y él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió”
Mateo era un buen conocedor de las escrituras, tradiciones
e historia del pueblo judío y, apoyándose en ellas, a lo largo de
su evangelio, intenta demostrar que Jesús es el Mesías anunciado por
los profetas, el Hijo de David, que había de venir a salvar a todos
los hombres.
San Marcos fue un joven discípulo de San Pedro. Escribió
su evangelio en Roma, hacia el año 61. En él recoge, sin duda, la
predicación y los testimonios de su maestro. Lo compuso en griego,
para los cristianos no judíos. Su estilo es vivo, simple y directo,
parecido, sin duda, al modo de predicar del apóstol.
El evangelio de san Lucas nos transmite lo que San
Pablo sabía de Jesús; aunque también se sirvió de otras fuentes y
otros testigos. Es posible, incluso, que entre estos testigos estuviera
María, la Madre de Jesús. Era médico de profesión y es el más culto
de los cuatro evangelistas. Era natural de Antioquía y pertenecía
a una rica familia pagana. Acompañó a San Pablo mientras éste vivió.
No se sabe con seguridad qué caminos siguió después.
Escribe su evangelio en torno al año 63, posiblemente
también en Roma. Dirige su relato a los gentiles, a los “griegos”,
pues quiere destacar que todos los hombres fueron llamados a la salvación.
Todos, no sólo los judíos.
A estos tres evangelios se les conoce con el nombre
de “sinópticos”. Ésta es una palabra griega que significa “visión
de conjunto”; y, a decir verdad, eso es lo que pretenden estos tres
evangelios: darnos una visión panorámica de la vida de Jesús. Por
esta razón tienen tantas coincidencias entre ellos, ya que narran
prácticamente los mismos hechos.
Si quisiéramos añadir alguna nota característica de
cada uno a las ya señaladas, diríamos que san Mateo es el evangelista
de las parábolas y las Bienaventuranzas.
San Marcos es el evangelista que más importancia concede
a los milagros; apoyándose en ellos quiere probar la divinidad de
Jesús.
San Lucas es el evangelista que nos habla, sobre todo,
de la humanidad de Jesús, de su ternura... de sus sentimientos como
hombre. Es el evangelista de la caridad del hombre y el perdón de
Dios, del “Hijo pródigo” y del “Buen Samaritano”... ...
El evangelio de San Juan es bastante diferente de los
otros tres. Su autor lo escribió con el fin de demostrar la naturaleza
divina de Jesucristo. Esto no quiere decir que prescinda de la humanidad
de Jesús. San Juan no se olvida en absoluto de aquel Jesús profundamente
humano que fue su gran amigo. Cronológicamente es el último de los
cuatro evangelios. Se escribió a finales del siglo primero.
No cabe ninguna duda de que los evangelios son la fuente
más amplia y fiable para conocer la vida de Jesús.
En el credo afirmamos que estamos convencidos de que
a Jesús le sucedieron estas cosas:
“Nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder
de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, resucitó al
tercer día...” Pues bien, todas esas afirmaciones son de tipo histórico
y las hacemos basándonos en las distintas fuentes que han quedado
señaladas. Gracias a ellas podemos reconstruir y conocer, en parte,
la vida de Jesús.
¿Dónde vivió Jesús?
Jesús fue un judío que nació, vivió, y murió en el
territorio que los romanos llamaban “Palestina” y que coincide
casi totalmente con el actual estado de Israel. Palestina dependía
políticamente de Roma y pertenecía a la provincia romana de Siria
pues había sido conquistada por las legiones de Pompeyo en el año
63 a. de C. Pero Palestina, a pesar de pertenecer al Imperio romano
siguió conservando su religión y sus costumbres, e incluso, sus gobernantes,
si se declaraban aliados de Roma.
Durante su vida pública Jesús vivió bajo la jurisdicción
de Herodes Antipas, mientras estaba en Galilea; y bajo la jurisdicción
de Poncio Pilato, cuando bajaba a Jerusalén, la capital.
Ya sabéis muy bien que Jesús no nació en Nazaret,
donde vivían sus padres, sino en Belén, de dondeeraoriundo José. ¿Por qué? Porque el emperador Augusto mandó hacer
un censo y José tuvo que ir a censarse a Belén, su pueblo de
origen, y le acompañó María que estaba embarazada y a la que ya le
faltaba muy poco para dar a luz. Gracias a esta circunstancia se cumplió
lo que había anunciado un profeta llamado Miqueas que había dicho
que el Mesías nacería en la misma patria de David.
La madre de Jesús se llamaba María (Miriam en arameo)
y era una adolescente, tendría unos 15 o 16 años cuando dio a luz
al Niño Dios. Esa era la costumbre de entonces entre los judíos: que
las mujeres se casaran y tuvieran su primer hijo en torno a esa edad.
José era de la estirpe del rey David y cuando se casó
debería tener entre 18 y 25 años y era artesano de profesión.
Durante la mayor parte de su vida Jesús vivió con sus
padres en Nazaret y trabajó en el mismo oficio que José.
Cuando cumplió los treinta años y, tras ser bautizado
por Juan el Bautista, comenzó su vida pública.
Leer el Nacimiento:Mt. 1, 18 - 25 (Magos... huida a Egipto 2...)
Lc. 2, 1 - 21 (Anunciación,
etc... 1, 26 - 39)
¿Cómo era Jesús?
Fue un hombre libre que antepuso la voluntad de su
Padre Dios a cualquier otra ley, a cualquier otro mandato, a cualquier
moda, a cualquier costumbre, a cualquier convección ... Libre frente
al poder político; libre frente al poder religioso lleno de ritos,
formulismos y prescripciones banales... y, bastantes veces, absurdas.
Fue precisamente esta libertad la que irritó a todos los poderes constituidos,
que decidieron acabar con Él.
Tiene total confianza en Dios a quien llama “Abba”
(“papá”). Lo que alimentaba su vida y daba sentido a sus actos era
hacer la voluntad del Padre con quien dialogaba constantemente. Y
ésta fue la imagen que de él se nos trasmitió : un Dios cercano, amigo
de los hombres, que se preocupa de los más pobres y humildes, que
perdona siempre... ... y que nos llama a todos a la fiesta inacabable
de su Reino.
Fue un hombre de una profunda sensibilidad; manifestó
siempre un gran interés y una gran ternura por los más necesitados,
y los más débiles: por las mujeres, por los niños, por los enfermos,
por los marginados, por las gentes de mala reputación... ... Lloró,
como cualquier hombre, por la muerte de sus amigos; se indignó ante
las injusticias, ante la hipocresía, ante la adulteración que de la
religión hacían muchos de los dirigentes religiosos de su tiempo.
Sufrió también, como cualquier hombre, ante la idea de morir. Siente
un profunda angustia ante su muerte en cruz y pide al Padre que, si
es posible, aparte de él ese terrible destino.
Dijo que “no había venido para ser servido, sino para
servir”. Y así fue. Nunca buscó su propio interés, ni la fama, ni
el dinero, ni las comodidades, ni el poder... Se dio del todo a todos
y llegó hasta el extremo de entregar su propia vida para redimirnos
del pecado.
Y este Hombre resucitó tres días después de muerto.
Y lo podemos afirmar porque tenemos múltiples y muy seguros testimonios
acerca de su vida y de su muerte y de su resurrección gloriosa. Tenemos
testigos del todo fiables. Los cristianos no somos unos tontos, no
creemos porque sí, sin más. Creemos porque Dios nos regaló la fe,
y nuestra fe consiste en creer en las múltiples razones y en los múltiples
testimonios que nos afirman que una vez, ya hace mucho tiempo, hubo
un hombre llamado Jesús que pasó por el mundo haciendo el bien y que
era Hijo de Dios y que había descendido de los cielos para salvarnos...
...
¿Cómo explicar todo eso? ¿Cómo explicar que, siendo
Dios, se hizo niño; que, siendo Dios, nació en un portal, que vivió
con su familia durante treinta años una vida “normal”?...
A mí no me resulta en absoluto sorprendente. Es bien
fácil. Dios tiene un infinito poder. No veo que tuviera ninguna dificultad
para convertirse en un niño y nacer en un establo. Otra cosa bien
distinta es que me parezca una hecho tan prodigioso, tan extraordinariamente
insólito, que me quede pasmado sin saber qué decir.
A partir de ahora voy a intentar contaros, del modo
más sencillo que me sea posible, una pequeña parte de los milagros
y de las enseñanzas de Jesús. Voy a servirme para ello de la más segura
de las fuentes históricas: los cuatro evangelios y los “Hechos de
los Apóstoles”
Todos los años esperamos ilusionados la Navidad y luego
la solemos celebrar, si podemos, muy unidos a nuestra familia. Son
unos días muy íntimos y bonitos. Conocemos desde niños la historia
del nacimiento del Niño en un portal de Belén y la visita de los pastores
a quienes un ángel les anuncia que les ha nacido el Salvador. También
celebramos el día de los Reyes Magos y el día de los Santos Inocentes,
que son los niños que mandó matar aquel sangriento rey Herodes...
...
Luego, un buen día, según nos cuenta San Lucas, ocurrió
un episodio sorprendente: Sucedió que el niño Jesús, cuando tenía
doce años, se quedó en Jerusalén sin que lo supieran sus padres. Fue
durante la celebración de la Pascua. María y José estaban convencidos
de que el niño regresaba con unos parientes. Pero, al terminar la
primera jornada de regreso, cuando se reunieron con sus familiares
y amigos descubrieron que el niño no estaba con ninguno de ellos.
Podéis imaginar qué angustia. Sus padres regresaron en su busca y
no lo encontraron hasta tres días más tarde. Lo hallaron en el templo
sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Y Jesús les explicó a María y José que había actuado así porque tenía
que ocuparse de las cosas de su Padre Dios. Pero María y José no comprendieron
lo que quería decirles.
Y Jesús regresó con ellos a casa y siguió “creciendo
en estatura, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”
Comienza su vida pública
Los evangelistas nos cuentan que antes de iniciar su
vida pública, Jesús acudió al río Jordán para hacerse bautizar Por
Juan el Bautista y que el Espíritu Santo bajó sobre Él y que una voz
desde lo alto dijo estas palabras: “Este es mi hijo muy amado en quien
me complazco”
Los evangelistas nos narran también que se preparó
para su vida pública rezando y haciendo penitencia por espacio de
cuarenta días y cuarenta noches. Y tanto San Mateo como san Lucas
nos dicen que durante esos cuarenta días no comió nada. Y que al final
sintió hambre. Entonces acudió el diablo a tentarlo:
- Si eres hijo de Dios –le dijo el diablo- di a estas
piedras que se conviertan en pan.
Y Jesús le contestó:
- Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino
de toda palabra que sale de la
boca de Dios”.
Luego el diablo lo trasladó a una alta montaña desde
donde se veía el mundo todo y se lo ofreció a Jesús a cambio de que
se pusiera de rodillas y lo adorara. Pero Jesús le dijo:
- Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás.
Y el diablo marchó humillado.
Si leéis este pasaje, comprobaréis que los relatos
de San Mateo y San Lucas son muy parecidos:
Mt 4, 1 - 11 y Lc. 4 , 1 - 13
Los primeros discípulos
Los primeros discípulos de Jesús fueron dos pescadores
que eran hermanos y se llamaban Simón Pedro y Andrés. Los vio mientras
paseaba a orillas del lago de Galilea y les dijo:
- “Veníos detrás de mí y os haré pescadores de hombres”
Y ellos lo dejaron todo y le siguieron inmediatamente.
Después de éstos llamó a otros dos hermanos, Santiago
y Juan, que eran hijos del Zebedeo y estaban en la barca con su padre
reparando las redes. Y ellos, igual que habían hecho Pedro y Andrés,
lo dejaron todo inmediatamente y le siguieron. Detrás de Simón y Andrés
y Juan y Santiago... vinieron otros y otros... ... Luego, un buen
día ,de entre todos ellos eligió a los doce que conocemos con el nombre
de los doce apóstoles.
San Lucas nos lo cuenta así:
Jesús “pasó la noche orando a Dios y, al hacerse de
día, reunió a sus discípulos y eligió entre ellos a doce a quienes
dio el nombre de apóstoles”.
Estos eran sus nombres:
Simón Pedro y su hermano Andrés, Santiago y Juan, Felipe
y Bartolomé, Mateo, Tomás y Santiago (el hijo de Alfeo), Simón Zelota,
Judas (el hijo de Santiago) y Judas Iscariote, que fue el traidor.
Algunos milagros
El primer milagro lo hizo Jesús en Caná. Fue durante
la celebración de una boda a la que estaban invitados él y sus discípulos.
También asistió María, su madre, que jugó un papel muy importante
pues fue ella la que se dio cuenta de que a los novios se les había
terminado el vino y se lo dijo a Jesús:
- No les queda vino.
Pero, aunque Jesús le contestó que aún no había llegado
su hora y que ellos eran unos simples invitados y no les correspondía
solucionar aquel problema, ella, sin tener en cuenta sus excusas,
dijo a los que servían:
- Haced lo que él os diga.
Y Jesús, atendiendo a los ruegos de su madre María,
les ordenó que llenaran de agua unas tinajas grandes y convirtió el
agua en un vino exquisito.
“Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron
en él” – nos dice San Juan, que es quien relata este milagro. (Jn.
2, 1 – 12)
A lo largo de su vida pública, Jesús realizó numerosos
milagros.
Jesús les dice estas palabras a los discípulos de Juan
el Bautista cuando ellos acuden a verlo para preguntarle si es el
Mesías:
“Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo:
los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios
y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia
la Buena Noticia.” (Lc 7, 22)
Los milagros formaban parte de su predicación. Anuncia
el Reino de Dios a los pobres no sólo con palabras sino también con
hechos: “Si yo expulso los demonios por el dedo de Dios, es que el
Reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 11, 20)
Cuando uno lee los distintos milagros se da cuenta
inmediatamente de que con ellos Jesús no busca nunca notoriedad ni
prestigio. En muchas ocasiones les ordena a los que se han beneficiado
con el prodigio que no digan nada a nadie.
Otra cosa que llama poderosamente la atención es que
los milagros siempre vienen acompañados de una gran fe. El que recibe
el don tiene total confianza en que Jesús puede socorrerle.
Una vez, un leproso “al ver a Jesús se echó rostro
en tierra y le rogó:
- Señor, si quieres puedes limpiarme.
Jesús extendió la mano y lo tocó diciendo:
- Quiero, queda limpio.
Y en seguida se le quitó la lepra. Jesús le mandó que
no se lo dijera a nadie”.
(Lc 5, 12 – 14)
Os cuento la curación del siervo de un capitán romano.
Sucedió en Cafarnaún. Se le acercó un capitán romano:
- Señor, mi criado está echado en cama con parálisis
y sufre terriblemente.
Jesús le contestó:
- Voy a curarlo.
Pero el capitán le dijo:
- Señor, yo no soy digno de que vengas a mi casa; es
suficiente con que tú ordenes que mi criado se cure y se curará.
Al oírle, Jesús se admiró de la gran fe que tenía el
capitán y les dijo a sus discípulos:
- Os aseguro que en ningún israelita he encontrado
una fe tan grande.
Y al capitán le dijo:
- Vete y que se cumplan tus deseos.
Y su criado recobró la salud. (Mt 8, 5 – 13)
Dos ciegos le pedían a gritos:
- “Ten compasión de nosotros, Hijo de David”
Jesús les preguntó:
- “¿Tenéis fe en que puedo hacer eso?
Contestaron:
- Sí, Señor.
Entonces les tocó los ojos diciendo:
- Según la fe que tenéis que se cumpla.
Y se les abrieron los ojos. Jesús les avisó muy en
serio:
- Que nadie se entere. (Mt 9, 27 – 31)
Si os habéis fijado, os habréis dado cuenta de que
los milagros que os he relatado son producto de la fe. También nos
conducen a la fe, pero eso no ocurre siempre. Aunque nos resulte difícil
de comprender. ¿Cómo es eso posible? ¿Cómo no creer en Jesús después
de ver con tus propios ojos la resurrección de Lázaro, por ejemplo?
La mayoría de los milagros realizados por Jesús fueron conocidos por
los sacerdotes, por los escribas, por los letrados... y por el mismo
pueblo que más tarde iba a pedir que lo crucificaran... ¿Cómo es posible
que no creyeran en Jesús?
Lázaro, Marta y María eran tres hermanos muy amigos
de Jesús. Y ocurrió que Lázaro se puso enfermo y las hermanas le mandaron
este aviso a Jesús :
- “Señor, mira que tu amigo está enfermo”
Pero Jesús aparentemente no hizo demasiado caso del
mensaje y permaneció aún dos días más en el lugar en que se encontraba.
Al tercer día les dijo a los discípulos que iban a ir a despertar
a Lázaro pues estaba dormido. Ellos le contestaron:
- Señor, si duerme, se curará.
Pero Jesús hablaba del sueño de la muerte y se lo dijo
claramente:
- “Lázaro ha muerto. Me alegro por vosotros de no haber
estado allí para que tengáis fe.”
Tan pronto como Marta se enteró de que Jesús estaba
cerca salió a su encuentro y le dijo:
- “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto
mi hermano. Pero, así y todo, sé que Dios te dará lo que pidas.
Jesús le dijo:
- Tu hermano resucitará.
Marta respondió:
- Ya sé que resucitará en la resurrección del último
día.
Jesús le dijo:
- Yo soy la resurrección y la vida; el que tiene fe
en mí , aunque muera, vivirá... ¿Crees esto?
Ella contestó:
- Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo
de Dios que tenía que venir al mundo.”
Y Marta se fue corriendo a decir a su hermana María
que el Maestro había llegado. Y María fue a encontrarse con Jesús
y le repitió las mismas palabras que le había dicho Marta:
- “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto
mi hermano.”
Y, al ver llorar a María y a todos los amigos que la
acompañaban, Jesús también lloró. Y los judíos, al verle, dijeron:
- “Mirad cuánto lo quería!”
Luego se encaminaron al sepulcro y Jesús mandó quitar
la piedra que lo cubría. Pero Marta le dijo:
-“Señor, ya huele mal, lleva cuatro días.
Y Jesús le contestó:
- ¿No te he dicho que si tienes fe verás el poder de
Dios? “
Entonces rezó al Padre y le dio gracias por haberle
escuchado:
- “Yo sé que siempre me escuchas ; lo digo por la gente
que me rodea, para que crean que tú me has enviado.”
Luego gritó con fuerza:
- Lázaro, sal fuera
Y Lázaro salió. “Llevaba los brazos y las piernas atadas
con vendas y la cara envuelta en un sudario” ( Jn 11, 1 – 44)
¿Sabéis qué sucedió después?
Sucedió que muchos judíos de los que estaban presentes
creyeron en Jesús. Pero otros fueron a ver a los fariseos y a los
sumos sacerdotes y les contaron lo ocurrido para que impidieran a
Jesús seguir haciendo prodigios. Y los fariseos y los sumos sacerdotes
se reunieron en consejo y se dijeron:
- “¿Qué hacemos? Ese hombre realiza muchos milagros;
si dejamos que siga, todos van a creer en él y vendrán los romanos
y nos destruirán el lugar santo y la nación”
Y “desde aquel día estuvieron decididos a matarlo”
A través de milagros descubrimos a un Jesús profundamente
humano, profundamente compasivo, atento siempre a los más necesitados,
a los que sufren, a los que lloran... ...
Evidentemente Jesús no vino a liberarnos del mal físico
ni de la muerte. Aquellos a quienes curó es posible que volvieran
a tener enfermedades; aquellos a quienes resucitó volvieron a morir,
con toda seguridad. Pero seguramente comprendieron que la enfermedad
y la muerte forman parte de la vida, y que tanto la muerte como el
sufrimiento son las cruces con las que tenemos que cargar, siguiéndolo
a él, camino de la verdadera Vida. El mismo Jesús lo dijo refiriéndose
a su muerte “Si el grano de trigo no muere, no podrá germinar y dar
fruto”
Mediante los milagros nos transmite Jesús otras muchas
enseñanzas. Por ejemplo, que tiene poder sobre la vida y sobre la
muerte. Que es más importante el hombre que el “sábado”. Que todo
lo que pidamos al Padre en su nombre se nos concederá. Que si tenemos
fe, si confiamos en él, él nunca nos defraudará. Que el Reino de Dios
es para todos los hombres, pues, como hemos visto, hace milagros también
para los no judíos. Que la esclavitud más grave es la del pecado;
pero que la enfermedad física no depende del pecado, como creían los
judíos. También nos enseña que tiene poder para perdonar los pecados
. ¿Qué es más fácil curar a un paralítico o perdonar los pecados?
Calma la tempestad ¿”Quién es éste, que hasta el viento
y el agua le obedecen?” Convierte el agua en vino. Multiplica los
panes y los peces. Resucita a los muertos... ... ¿Por qué lo hace?
¿Con qué poder? ¿Para qué? Porque quiere que sepamos que él es el
Señor de la vida y el creador del mundo, y que todo está sometido
a su infinito poder.
¿Todas estas cosas y muchas otras nos quiere enseñar
Jesús a través de sus milagros.
Voy a terminar este pequeño apartado haciéndome eco
de estas palabra que escribió san Juan:
“Jesús realizó en presencia de sus discípulos otros
muchos milagros que no están en este libro. Hemos escrito éstos para
que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios y, para que creyéndolo,
tengáis vida en su nombre” ( Jn 20, 30 – 31 )
Continuará.....
Autor: JLA
SENTENCIAS
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